El Nueve

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Joselo 04/07/2014 00:00
El Nueve

Recuerdo perfectamente la primera vez que fui al disco bar Nueve, allá en la calle de Londres, en la Zona Rosa. Llegamos demasiado temprano, apenas abrieron las puertas subimos las escaleras a un lugar completamente vacío, que olía a pinol, o a uno de esos productos de limpieza. Acababan de trapear los pisos y los barmans se alistaban para atendernos detrás de la barra. Vimos a los músicos de Maldita Vecindad que estaban terminando de hacer su prueba de sonido, pues eran el grupo que se presentaba esa noche. Era un jueves.

Iba con Quique, mi hermano, y Betito Silva, quien fue el primer tecladista de Café Tacvba. Seguramente iba más gente con nosotros, pero no recuerdo bien quiénes. No sé por qué llegamos tan temprano, seguramente por inexpertos, por ingenuos: sentíamos que debíamos estar antes que los demás para no perdernos nada. Era la época en que todo sucedía antes de las 12 de la noche en la ciudad, al menos para nosotros. Vimos cómo el antro se iba llenando. Aunque El Nueve era un lugar gay, los jueves no lo parecía tanto. Ya había estado yo en otros lugares gays gracias a que mis hermanas mayores me llevaron; decían que la música era mucho mejor en esta clase de bares y discotecas. Tenían razón.  Alrededor de la medianoche los Malditos subieron al escenario a tocar, vestidos como una mezcla de los Specials, Tin Tán y El jaibo, de Los olvidados. Aún no tenían disco y sonaban muy primitivos. Me encantaron.

Desde entonces nos volvimos adictos al Nueve, íbamos los martes y los jueves, días en que grupos de rock se presentaban ahí.Así que después del debut de Café Tacvba en El hijo del cuervo, cuando nos invitaron a tocar, lo percibimos como uno de nuestros grandes logros. Tocamos un martes, el mismo día que presentaban la revista Moho, editada por Guillermo Fadanelli y Naief Yehya. Ese mismo día, Rogelio Villareal nos propuso una entrevista para su revista La pusmoderna. Esa fue nuestra entrada por la puerta grande al mundo cultural subterráneo, donde estaban pasando cosas muy interesantes.También tocamos en Metal, que era de los mismos dueños unos días después de la inauguración, un 15 de septiembre. Ese día dobleteamos, primero tocamos en el Rockstock, de donde nos bajaron a hielazos, y luego en un salón semivacío del nuevo antro. El Metal era inmenso, con varios ambientes. Auguraba grandes fiestas igual que en El Nueve, pero no duró más de un fin de semana abierto. El Nueve siempre estuvo lleno de mitología, de historias que se contaban a sotto voce. No por nada el primer disco de Café Tacvba tiene una canción cuya inspiración le debe mucho a este lugar: La zonaja, que escribí como un homenaje a la Zona Rosa. A veces, cuando se publica un libro en que se cuenta la historia bien documentada de un evento o un lugar, los mitos van desapareciendo para dar lugar a la dura realidad. Suele suceder que prefieres quedarte con la idea que tenías antes, pues  la verdad aparece desnuda, no tan atractiva.El libro de Guillermo Osorno, Tengo que morir todas las noches (Editorial Debate, 2014), cuenta la historia de El Nueve, y aunque expone los datos duros, la mitología que uno recuerda no desaparece; al contrario, da la impresión de crecer. Aunque leer y estar en un bar parecen estar en polos opuestos, cuando leí este libro me sentí transportado. ¡Con decirles que hasta me empezaron a picar los ojos acordándome de los limones que había en el mingitorio de El Nueve! Osorno nos cuenta también la historia de la cultura gay en el Distrito Federal y nos da un repaso de lo sucedido en México en las últimas décadas. Ojalá que todos los libros de historia fueran así. Los que lo frecuentábamos solamente tenemos una pregunta: ¿algún día volverá a existir un lugar tan interesante como El Nueve? Yo no pierdo la esperanza.

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