Yo Soy Constantinopla y Rockboy, dos novelas con rock

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Joselo 28/02/2014 00:03
Yo Soy Constantinopla y Rockboy, dos novelas con rock

Muchas veces me he quejado en silencio de que no hay tantos libros de ficción en el mercado mexicano que hablen o tengan como tema central la música que me gusta, el rock. Ya sea novelas traducidas o escritas en nuestro idioma, no hay tantas en las librerías como yo quisiera. No sólo me gusta escuchar y vivir el rock and roll, sino que a veces me dan ganas de leerlo. Ni modo, soy un obseso.

Recuerdo que hace ya más de una década Camilo Lara me regaló Powder (Ed. Lumen, 2001), en español. El título lo dejaron en inglés, pues supongo que no tenían una palabra que tradujera bien ese concepto y no quisieron que se les inculpara de traidores (traduttore, traditore). En el libro se cuenta la historia, ficticia, de una banda de rock luchando por ser famosa a finales de la década de los 90. El autor, Kevin Sampson, fue mánager de la banda inglesa The Farm, así que describe muy bien la relación de un grupo con su disquera, las giras, la prensa, la rivalidad entre bandas. Recuerdo que cuando leía esa novela me dieron ganas de leer una que describiera nuestro rockcito nacional (como le llaman sus detractores). Esa novela aún no llega, pero a finales de 2013 se publicaron dos con las que pude satisfacer mi apetito de leer literatura con sabor a rock.

Yo soy Constantinopla (Mondadori, 2013) es la primera novela de Julio Martínez Ríos, quien antes de ésta nos había mostrado un catálogo de las mal llamadas tribus urbanas que coexisten en nuestro país, en su libro Arde la calle (Grijalbo Mondadori, 2010)

Solía escuchar a Julio todas las mañanas en Reactor, cuando era parte de ese duo dinámico radiofónico que tanto me gustaba, cuyo otro integrante era Rulo.

En la novela de Martínez Ríos hay dos historias que parecen no juntarse jamás. Una describe la vida de un recién egresado alumno de la universidad y el viaje fantástico al que es arrastrado al asisitir a una fiesta de despedida de su escuela. Difícil tarea resumírselos; inténtenlo ustedes cuando terminen de leerlo. La otra historia en la novela es la de Xosé Ximénez, un joven que graba tres canciones con un roquero veterano medio transa, que al ser transmitidas por radio generan en el escucha una situación muy peculiar: que deje de hacer lo que estaba haciendo para tener sexo con la persona más cercana. Buena parte de la población del Distrito Federal cae en este hechizo, al que le llaman Fenómeno Rosa. Julio Martínez Ríos imagina la reacción de nuestro México querido si una cosa así llegara a suceder. Mientras lo cuenta, hace una crítica muy certera de nuestra sociedad.

La otra novela es Rockboy y la rebelión de las chicas (Ediciones B, 2013), de Armando Vega-Gil, bajista de la H.H. Botellita de Jerez, que ya conocemos bien como escritor. Este libro, desde la portada, nos quiere comunicar que es una novela juvenil, young adult como le llaman los gringos, género tan de moda lleno de vampiros, hombres lobo, y una que otra historia de ciencia ficción. Esta novela bien podría ser una novela gráfica de aventuras, de hecho inicia y termina como una, con los excelentes dibujos de Edgar Clement. Rockboy, el personaje principal, no es un superhéroe, pero se comporta como uno: da grandes saltos gracias a que practica parkour, tiene seis dedos en la mano izquierda con los que puede tocar mas rápido los solos en su guitarra Les Paul y compone una canción con su grupo Perro Con Rabia, que se convierte en el himno rebelde de una generación y, sobre todo, de las chicas, comandadas por La Reina de las Contusiones, el contrapunto de Rockboy en esta historia. Antes de cada capítulo Vega-Gil puso la letra de una canción de bandas nacionales, que tienen que ver con lo que pasa en esa parte de la historia; ahí se pueden ver rolas de El Haragán, La Lupita, Ruido Rosa, Hello Seahorse!, Santa Sabina, Jessy Bulbo, Sekta Core!, Carla Morrison, Caifanes, Zoé, Descartes a Kant y de Café Tacvba.

Lo más interesante de estas dos novelas que no se parecen en nada es que las dos utilizan como escenario un México distinto al que vivimos. En Yo soy Constantinopla es un México paralelo, uno en donde Colosio no fue asesinado y se quedó en el poder por muchos años, y el México de Rockboy está localizado en el futuro, donde no hay sólo un segundo piso del Periférico, sino hasta un cuarto.

Sospechosamente esos dos Méxicos ficticios se parecen demasiado al nuestro: son espantosamente corruptos.

Pero en las dos novelas algo nos salva, y es la idea de que las canciones pueden afectar de manera positiva el mundo en que vivimos por más cruel y vil que éste sea. Las canciones sirven para despertar a quien las escucha.

Tengo fe en que esa idea no se queda sólo en los libros de ficción.

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