Mínimo breviario para leer autobiografías

Escribir sobre uno mismo es un ejercicio que requiere de mucha valentía o de mucho cinismo.

COMPARTIR 
José Elías Romero Apis 29/08/2014 00:50
Mínimo breviario para leer autobiografías

Para Mario Luis Fuentes, en esta mala hora.

 

Cuando escriben los gobernantes, algunos producen obras de excelente factura y, otros, verdaderos bodrios ilegibles. Es que son políticos, no escritores. Saber hacer política no es lo mismo que saber escribirla. Y a ellos se les designa para hacerla, no para escribirla.

Dos presidentes de Estados Unidos, por ciertos rivales irreconciliables, fueron buenos escritores. John F. Kennedy ganó el Pulitzer por su obra Perfiles de valor, escrita en 1955 desde su cama de una convalecencia tan larga que le permitió escribir un libro. Sin embargo, la brevedad de su vida lo privó de ser más prolífico y quedó como el escritor de un solo libro.

Richard M. Nixon, por el contrario, fue más profuso en su obra literaria, también dotada de virtudes. Entre sus libros destacan La verdadera guerra y La verdadera paz. Pero yo recomiendo Líderes, que es uno de mis libros de cabecera ya que, desde hace 32 años, forma parte de mis 100 favoritos que integran el pequeño librero de mi alcoba. Además, me ha acompañado a casi todos mis viajes.

Pero aclaro que todos estos libros no son memorias presidenciales. Kennedy escribió antes de su presidencia y Nixon después de ella pero, tanto en Perfiles… como en Líderes, los protagonistas son otros grandes hombres, pero no son autorretratos. Ambos hubieran podido inventar extraordinarias novelas autobiográficas porque hubieran sido preclaros, pero no hubieran sido sinceros. Qué bueno que no las escribieron.

Otro Presidente estadounidense escritor fue James Madison, coautor del El federalista, obra obligatoria para los abogados y los políticos. Pero, de nueva cuenta, ésta no es una biografía propia sino un excelente tratado de teoría política.

En otras latitudes hubo buenos gobernantes literatos. Charles de Gaulle escribió muchísimos libros, quizá 20 o 30, pero destacan sus Memorias de guerra donde hay inevitables referencias a sus recuerdos. Pero él no es el actor principal de sus libros. Lo mismo sucede con Winston Churchill, autor en cantidades similares y hasta receptor del Premio Nobel de Literatura, en 1953. Éstos son, en realidad, libros de historia de sus respectivas naciones. Por cierto que mucha de su obra fue escrita desde el desierto político al que fueron  confinados durante mucho tiempo, a mitad de su carrera.

Mao Tse Tung tuvo un best seller titulado El libro rojo, pero este fue un doctrinario ideológico no un glosario personal. En fin, casi todos los gobernantes han tenido pluma y la han usado, porque es muy raro aquel que no quiera agregar un libro a su inmortalidad.      

En México tuvimos dos próceres que se especializaron en la epístola. Juárez escribió sus Cartas para mis hijos y Madero redactó su Epistolario. Ambos títulos no son autorales sino que fueron creados para las ediciones que hicieron las posteriores generaciones, agrupando las respectivas colecciones de cartas, ejercicio muy practicado en esos tiempos y hoy tristemente abandonado.

Sin embargo, el libro más importante de Madero fue La sucesión presidencial, convocatoria a la democratización o a la rebelión, obra literaria que, como se ha dicho, tendría la magia de provocar una revolución en un país de analfabetas, donde casi nadie la había leído, pero casi todos hablaban de ella.

Otros presidentes mexicanos han escrito sobre temas jurídicos, económicos, políticos, históricos y filosóficos. López Portillo fue muy frecuente en el uso de su pluma. Salinas de Gortari ha utilizado el papel con buen acierto. Miguel Alemán tiene un sabroso libro de Recuerdos y remembranzas donde se enfoca, principalmente, a sus andanzas juveniles y no a sus lances presidenciales. Bueno que así lo haya hecho.

En casi todo el mundo la autobiografía presidencial está condenada, de antemano, al fracaso. A los que les gusta la historia certera, casi nunca encontrarán sinceridad plena. Y a los que les gusta la novela imaginaria, casi siempre encontrarán planicie e insipidez. Y es que escribir sobre uno mismo es un ejercicio que requiere de mucha valentía o de mucho cinismo, al mismo tiempo que tener muy bien instalado un doble expertise: saber mentir bien o saber inventar bien. Sin ello, nunca intentemos la autobiografía. Sacrifiquemos la vanidad de la presunción por la vanidad del amor propio.

Yo no soy analista literario. No he estado cerca de la poesía ni del cuento ni de otras especies. Tan solo he estado cerca del relato, de la historia, del ensayo y del tratado de la política.

Por eso creo que lo recomendable es no leer las autobiografías. Suplirlo escuchando, en la sobremesa, la reseña que haga algún amigo nuestro al que le guste leer eso. Si hay algún episodio que nos interese, hay acercarse sin involucrarse en todo el tomo. Si el autor nos menciona, hay que analizar la cita y, si fuera el caso, reportar nuestra debida gratitud. Siempre comprarlo, ver su sumario y, de inmediato, depositarlo a nuestra biblioteca grande, en el estante de informes de gobierno. 

                *Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

                w989298@prodigy.net.mx

                Twitter: @jeromeroapis

Comparte esta entrada

Comentarios

Lo que pasa en la red