¿Eres tú, Irma?

Ya nadie quiere que nos subordinemos a las potencias extranjeras ni que las concesionarias abusen de todos con la lenidad oficial ni que haya tanta concentración de la riqueza...

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José Elías Romero Apis 25/04/2014 00:59
¿Eres tú, Irma?

La algesia producida por los graves problemas nacionales encuentra un poco de bálsamo en los días feriados. El buen humor de lo absurdo que no riñe con la seriedad de la realidad. No se compiten y pueden complementarse. Porque tener un buen sentido del humor es tener un buen sentido de la proporción.

Un ejemplo sencillo de lo que estoy diciendo me pasó la otra noche, ya de regreso a casa después de un día muy fatigoso. Sonó mi celular y salí de mi adormilamiento. Una voz varonil me preguntó: “¿Eres tú, Irma?” Mi contestación fue muy sincera, muy corta y muy precisa: “No”. Su réplica fue, con un fraseo poco viril: “¡Ay! no te hagas, Irma. Ya sé que eres tú”. Mi dúplica fue muy seca, pero gentil: “Le juro que no soy Irma. Soy Pepe”. De inmediato, se disculpó y se despidió.

Me sonreí para conmigo mismo por lo que consideré un absurdo. Me imaginé que “el-tal-Irma” debe haber nacido varón, tiene voz grave, quizá tuvo bigote, en algún momento travistió y cambió su nombre. Desde luego, las fuertes dosis de seguridad que la vida me ha instalado me impidieron dudar de flaquezas en el tono de mi voz y ni pensar en consultar al foniatra. Hasta aquí el pensamiento banal.

Me regresé a la seriedad de la política y pensé en el travestismo político de nuestros días concretizado, fundamentalmente, en la transmigración desde un ideario político hacia otro, hoy tan frecuente que casi se ve como normal. Porque no todos son lo que parecen ni son lo que dicen ser.

Por eso, la ingenuidad nos sugiere que ya no hay centralistas y que todos somos federalistas. Que hemos llegado a la práctica del federalismo como los estadunidenses. Que nos complace que los congresos locales legislen sin pedir permiso a nadie. Que los gobernadores no tengan que reportarse con el secretario de Gobernación. Que el federalismo simulado de antaño, hoy sea un federalismo real y verdadero.

Pero la prudencia nos advierte que, todavía, hay quienes anhelan los mandos centrales, los códigos únicos, los IFEs nacionales, las Conagos infiltradas, los comisionados federales, los protectorados de facto, el desafuero de gobernadores o la desaparición de poderes locales.

El frenesí nos insinúa que ya no hay autócratas y que todos somos demócratas. Que hemos arribado a la práctica democrática de los franceses. Que nos satisface el pluralismo ideológico, el pluripartidismo electoral y la convivencia tolerante.

Pero la mesura nos avisa que, todavía, hay quienes postulan la reducción congresional o su plena desaparición. Que reniegan de las elecciones “porque son carísimas”. O que acusan que la gobernabilidad presidencial sufre y fracasa, a diario, por culpa del contrapeso congresional. 

Así, también, la ilusión nos inspira que ya no hay déspotas conservadores y que todos somos republicanos liberales. Que hemos alcanzado la práctica liberal de los ingleses. Que nos embelesa el constitucionalismo, el garantismo, el respeto del gobernante hacia el gobernado, la evolución del sistema de amparo, la transigencia con las ideas de todos o la tolerancia con las preferencias de cada cual.

Pero la sensatez nos anuncia que, todavía, hay quienes solicitan el ajusticiamiento sin proceso, el interrogatorio con tortura, los escuadrones de la muerte, la resucitación de Durazo, la supresión del amparo, la instalación de autodefensas, la militarización de la policía, la centinelización de la justicia o la gendarmización de la política.

Así, también, el delirio y la apoteosis nos embaucan a creer que todos somos soberanistas, justicialistas, progresistas, equitativos o, por lo menos, racionales y sensatos. Que ya nadie quiere que nos subordinemos a las potencias extranjeras ni que las concesionarias abusen de todos con la lenidad oficial ni que haya tanta concentración de la riqueza ni que exista tanta expansión de la pobreza, por citar algo y no todo.

Pero la madurez nos alerta que, todavía, hay quienes no viven en el siglo XXI, sino que añoran el XX, el XIX y desde luego quienes extrañan, quizá sin darse cuenta, la Edad Media o la Era de las cavernas.

En fin, todo esto fue lo que pensé hasta que llegué a casa, ya bien despierto. En un rellano de la escalera me paré frente al espejo que suelo consultar al salir en las mañanas, pero que acostumbro evitar al llegar por las noches. Sin embargo, me complació verme y saber que no soy centralista, autócrata, retrógrada, conservador, medioeval ni cavernario aunque tengo otros mil defectos.

El reflejo de mi imagen me mostró que soy lo que parezco y lo que pregono ser. Que pienso, hablo, visto y actúo como lo que soy. Me acaricié el bigote que me ha acompañado desde la juventud. Con harta gratitud, coloqué mi mano derecha en el arco que se forma entre mis piernas. Me sentí muy satisfecho de la constancia de mis preferencias de género y de la permanencia de mis creencias de ideología. Y le dije al espejo, en voz apenas audible entre él y yo: “Definitivamente, en más de un solo sentido, yo no soy Irma”.

                *Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

                w989298@prodigy.net.mx

                Twitter: @jeromeroapis

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