20 años de soledad…

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José Cárdenas 02/01/2014 00:00
20 años de soledad…

Decir —veinte años después— que el movimiento zapatista fue una mascarada, resulta repetitivo e injusto.

Lo primero, por la celebridad cósmica del enmascarado más famoso de México—después del Santo— y lo segundo, por los genuinos componentes de reivindicación social implícitos en aquella Rebelión de las Cañadas (plagio el título de Carlos Tello Díaz), los cuales no necesitaban de la actualidad ni la originalidad para ser ciertos.

La injusticia y el abuso padecido por los indígenas americanos, en el amplio arco del exterminio, el mestizaje degradado, el sometimiento, la esclavitud y todas sus formas y componentes, ya habían sido descritos y condenados por fray Bartolomé de Las Casas, fray Toribio de Benavente (alias Motolinia) y o fray Antonio de Montesinos… entre otros muchos.

El indigenismo —el bueno y el malo— lleva más de 500 años de diagnosticar —in máscara— los mismos lamentos del Subcomandante, más mediático, escenográfico, idílico y apantallapendejos del mundo, especialmente en Europa, donde los ocios del humanismo se expresan en un péndulo de preocupaciones entre los indios de Chiapas o la adopción de africanitos famélicos.

Llévelo, llévelo, ¡bara, bara...!

México no cambió en nada con la irrupción amplificada y sobrevalorada del zapatismo. Bastó un golpe de audacia de Vicente Fox para desinflar el globo en 15 minutos: dejarlos llegar a México —con escolta policiaca y todo—, ofrecerles un hotel de lujo en la Escuela de Antropología, prestarle a la comandanta Ramona —además de un riñón— una tribuna en San Lázaro y dejarlos hablando solos… como locos.

Allá —locos, locos— pusieron vastas regiones bajo su control, dominio y beneficio, comenzando por Oventic, en San Andrés Larrainzar, uno de los cinco caracoles —comunidades— creadas tras el levantamiento de 1994. 20 años después, Oventic y alrededores son ejemplo de la revolución estéril; siguen siendo zonas de desastre social, las más pobres entre las pobres del país, donde el bienestar aún es tarea pendiente y la miseria, lugar común; ni siquiera les llega la Cruzada Nacional Contra el Hambre porque no pagan impuestos.

Elemental leer al admirado y recordado Carlos Montemayor quien con fuerza que arrasa, pega en el nervio del levantamiento zapatista para comprenderlo… y sufrirlo.

Mientras, el Obispo de San Cristóbal de Las Casas, Felipe Arizmendi, quema incienso y hace sonar cascabeles —más vale—:  “El EZLN sigue vivo, no ya como una opción militar, sino como una organización social y política que lucha por una vida digna, es un esfuerzo por demostrar que es posible la autonomía, sin dependencia del gobierno”…

Rafael Sebastián Guillén Vicente, evoca en su página web: “20 años después hace frío, y, como entonces, hoy una bandera nos cobija: la de la rebeldía (la rebelión somos todos); Marcos presume hablar a nombre de “los muertos quienes callan en voz alta”…

Veinte años de soledad lleva el zapatismo, si por soledad entendemos vivir confinados en el estereotipo de la capucha, entre la demagogia ilustrada, la escritura críptica (¿dónde estáis, Monsiváis?) y la fascinación de Oliver Stone y Danielle Mitterrand.

Lo siento, mi Sup, pero usted —20 años después— está de hueva, y su levantamiento no merece palabra ni silencio… no del modo como usted quisiera.

                josecardenas.com.mx

                Twitter: @JoseCardenas1

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