PAN crudo

Acción Nacional no acaba de aceptar que la pluralidad en su seno requiere no sólo reclamar fidelidad a los principios sino encontrar nuevas formas políticas para resolver sus conflictos y recuperar su democracia interna para evitar mimetizarse con prácticas de sus adversarios.

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José Buendía Hegewisch 23/02/2014 02:16
PAN crudo

El PAN lanzará  esta semana la convocatoria para renovar dirigencia, por primera vez, desde el desastre electoral de 2012 que puso fin a dos sexenios en el poder. Gustavo Madero  aguantó el sismo de la derrota del gobierno de Calderón en las urnas y ya en la oposición extendió su control sobre la maquinaria partidista y reposicionó su liderazgo a través del Pacto. Bajo su presidencia, sin embargo, se profundizó la ruptura de las reglas internas y se deterioró el conflicto con el grupo calderonista que disputa el dominio del PAN.

Una Comisión Organizadora de la Elección establecerá  las bases de la campaña y  buscará acuerdos para evitar la “guerra sucia” de ataques o que haya dados cargados a favor de algún aspirante, como acusa Ernesto Cordero en su pugna con Madero por la presidencia. El PAN se vio obligado a crear una especie de IFE interno para garantizar la competencia  y evitar la descalificación del proceso cuando, hasta hace poco, blandía su democracia interna como ventaja moral frente a la corrupción de sus adversarios; como piedra de toque ante las prácticas  clientelares del PRI  y su vocación ciudadana como antídoto de la guerra intestina de las tribus del PRD. Es un reconocimiento de que su vieja legalidad está desbordada y no los obliga ni a “lavar la ropa sucia en casa”.

Por primera vez los panistas, con al menos un año de militancia, elegirán por voto directo y no como antes a través del Consejo Nacional. El cambio de reglas en sus estatutos ocurre al calor de ajustes de cuentas de la derrota electoral, acusaciones de corrupción que los salpican por todos lados y denuncias de desviación de recursos de los calderonistas contra Madero.

Aunque unos se reconocen como liberales y con Madero estarían democristianos de mayor tradición, el conflicto no es ideológico. Los viejos panistas piensan que el partido vive una crisis moral por su paso por el poder. La  violación a sus  reglas internas o el debilitamiento de las convicciones en opinión de su expresidente Luis Felipe Bravo Mena  muestra que “la fibra moral se debilita y hoy se dejan pasar cosas que antes eran intolerables” como los escándalos por los moches en el Congreso.

Pero evaluar los problemas de un partido con el lenguaje de la moral suele  llevar del juicio a la hipocresía o a la impotencia política.   Su crisis no  se debe a la idea de que la moral y la política son incompatibles, como se leía desde aquella advertencia  de “ganar el poder sin perder el partido” de Calderón como presidente del PAN  a finales de los noventa. El conflicto que hoy los parte se gestó precisamente desde aquellos años en que el partido de principios y surgido fuera del poder tuvo que transigir, si quería llegar a él, con la necesidad política de admitir liderazgos que no se identificaba con su conducta y ni respetaban sus reglas internas. Con Fox el PAN tuvo que abrirse a cuadros que no venían de las familias que hicieron la “travesía del desierto” de los anteriores 30 años y que tampoco se sentían obligados a hacer política como ellos ni sujetarse a las prácticas del partido que buscaba la renovación moral del país. Los nuevos cuadros querían alcanzar el poder y mantenerlo por encima de usos y costumbres o de la moral panista.

La broma que corría en los primeros años de Fox es que se necesitaba no ser panista para estar en su gabinete. Recientemente Diego Fernández de Cevallos decía —en un chiste de sobremesa— que a los actuales panistas no los conocía. El pragmatismo  se impuso también en Calderón, cuyo grupo hoy lo encabezan liderazgos en el Senado que hasta hace poco eran priistas como Javier Lozano o militancias recientes  como la de  Cordero, quienes tampoco ven necesidad de detenerse para “hundir a Madero” si eso los conduce a la presidencia.

La cruda del PAN no es sólo por la borrachera de 12 años en el poder, sino por la incapacidad para reconocer que el “partido de notables” hace mucho se subordinó a la necesidad de la decisión política, pero sin tener una nueva legalidad para racionalizar los conflictos de interés en su interior. El lenguaje moral tiende a borrar las diferencias, que están en el centro de su crisis. El PAN  no acaba de aceptar que la pluralidad en su seno requiere no sólo reclamar fidelidad a los principios sino encontrar nuevas formas políticas para resolver sus conflictos y recuperar su democracia interna para evitar mimetizarse con prácticas de sus adversarios. Con cambios en las reglas, como las de sus estatutos, tienen una oportunidad para fortalecerse si, además, se incluyen a los derrotados.

                *Analista político

                jbuendia@gimm.com.mx

                Twitter:@jbuendiah

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