¿Debatir? ¡Está Cuarón!

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Ivonne Melgar 10/05/2014 01:18
¿Debatir? ¡Está Cuarón!

Para mi preciosa madre Candelaria Navas

 

Alfonso Cuarón ha colocado en el centro del debate nuestra incapacidad para el debate.

El asunto se encuentra vinculado al trauma de la matanza de Tlatelolco que aplastó en 1968 al movimiento universitario que pedía diálogo público con el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.

Veinte años después, la UNAM fue espacio de otra revuelta estudiantil contra el alza de las cuotas y el acotamiento del pase automático. Nuevamente surgió la demanda de un debate público con las autoridades. Después de una huelga de tres semanas, convocada por el Consejo Estudiantil Universitario (CEU), se hizo la catarsis.

Porque en honor a la verdad, aquellos encuentros eran más cercanos a una asamblea sindical de voto a mano alzada que a un intercambio de argumentos académicos.

Aquella experiencia de 1989 mostró los alcances de una izquierda que sabía emocionarse con consignas como “esos son, eso son los que van al paredón”, pero a la que le costaba debatir y negociar en un país donde ganar significaba aplastar. Era la respuesta al régimen de “los candidatos de unidad” y del Congreso al servicio del Presidente. 

Al calor de esa historia, donde los inconformes ganaron todo —las cuotas no subieron y el pase automático nunca se acotó—, surgió el Partido de la Revolución Democrática.

Veinticinco años después, el PRD hace suya la propuesta del multipremiado cineasta como si no tuviera representantes en un Congreso plural, donde, por cierto, sus diputados tomaron la tribuna para impedir la discusión de la Reforma Energética.

“Escuchemos a Cuarón, debatamos”, pide el dirigente Jesús Zambrano, como si no hubiera sido parte del Pacto por México, mecanismo en el que se negociaron las reformas en educación, telecomunicaciones y en materia electoral. Como si no existieran espacios de discusión política.

A menos que esa mesa de construcción de acuerdos haya sido víctima de nuestras limitaciones para debatir. A menos que el intercambio de argumentos se haya sustituido por el trueque de favores. No sabemos cómo se procesaron esos consensos.

Lo que sí vimos en la Cámara de Diputados y en el Senado fue un entusiasmo por la unanimidad. Los operadores legislativos del Pacto —priistas, panistas y perredistas— tenían prisa por sacar los acuerdos. La discusión parlamentaria fue de trámite.

Terminada la fase de los consensos cupulares, la negociación pública se vuelve imprescindible. Y el debate, necesario, aun cuando los tres partidos presentan problemas de pánico escénico.

Al PRD le falta compromiso para aceptar un resultado contrario a su apuesta de echar por tierra la reforma.  Porque después del debate vendrán las votaciones. ¿Están dispuestos los perredistas a reconocer los votos de una mayoría de legisladores del PRI y del PAN? ¿O volverán a tomar la tribuna?

Justo en esta coyuntura, con los reflectores puestos en la resistencia de la clase política  a discutir de cara a la gente sus decisiones, Gustavo Madero  —quien busca reelegirse como presidente de Acción Nacional y es coautor intelectual de la Reforma Energética en cuestión— tuvo el mal tino de rechazar nuevos debates con el senador Ernesto Cordero, su contendiente.

Pésima señal la del exsenador blanquiazul, en un momento en el que la disposición al diálogo  —con descalificaciones y críticas incluidas— se torna obligatoria.

La negativa de Madero —el hombre fuerte del PAN— marca un mal precedente para el partido que hace poco probó la paradoja de perder una votación y ganar un debate. Tal fue lo que le sucedió con la Reforma Hacendaria, que PRI y PRD sacaron adelante.

En el caso del PRI, la disciplina que lo sustenta parece reñir con la libertad que inevitablemente representa la práctica de debatir. Y es que en su regreso al poder, el priismo ha sabido ceder, acordar, pactar, negociar... Y aunque ha manifestado su disposición a debatir, en los hechos no renuncia a cuidar las formas de un pasado en el que la impugnación pública era equivalente al desgobierno.

No en balde los legisladores tricolores evitaron al extremo las intervenciones en tribuna durante las discusiones álgidas. Así que le dejaron el micrófono a los perredistas cuando hubo que defender la Reforma Hacendaria. Y más tarde, se lo entregaron a los panistas para que hablaran de las bondades de la energética.

Transitar del silencio de la obediencia al ruido de la pluralidad es el gran pendiente del partido del presidente Enrique Peña.

Frente a las limitaciones descritas, la propuesta de Cuarón de discutir el cambio de Pemex de manera pública ha calado más que sus preguntas sobre la viabilidad de una reforma que se traduzca en bienestar colectivo.

Las polarizadas reacciones en torno al cineasta dan cuenta de lo sensible que resulta la idea del debate en una sociedad donde el poder ha sido sinónimo de control hacia los gobernados y en la que los políticos y funcionarios —sin importar de qué partido sean— caminan con un séquito de colaboradores dedicados al cultivo del “sí señor”, bajo el lema de que el jefe siempre tiene la razón.

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