Juana de Ibarbourou

Contagió a sus lectores con ansias por disfrutar la sensualidad.

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Gerardo Laveaga 05/09/2014 00:00
Juana de Ibarbourou

                Para Carmen García Cossío.

Si consideramos que un poeta sólo se debe al lenguaje, Juana de Ibarbourou fue una poetisa menor: no aportó innovaciones ni imágenes memorables. Si creemos, en cambio, que la técnica de la poesía es sólo uno de sus aspectos; que su esencia estriba en su poder para interpretar el mundo e inventar un sentido a nuestra existencia, Juana de Ibarbourou debe considerarse, entonces, una figura toral de nuestras letras.

En los inicios de su carrera, Juana Fernández, que fue con el nombre que nació en Melo, Uruguay, en 1892, procuró cabalgar la ola del modernismo que se abría paso a finales del siglo XIX. Luego se extravió por los caminos que la llevarían a convertirse en la voz más desafiante al conservadurismo y la represión sexual. No participó en movimientos feministas, es cierto, pero su poesía fue uno de los detonadores para la liberación de la mujer en el continente. Sus poemas hirieron, provocaron, trasgredieron…

Mientras Delmira no se atrevía a romper con las ataduras clásicas, Alfonsina trataba de hallarse a sí misma y Gabriela ahuyentaba a sus fantasmas, Juana contagió a sus lectores con sus ansias por disfrutar la sensualidad: Tómame ahora que aún es temprano/y que llevo dalias nuevas en la mano…/Ahora que tengo la carne olorosa,/y los ojos limpios y la piel de rosa…

Como si quisiera burlarse de sus detractores —curas amargados y académicos impostados—, encaró hasta al mismísimo barquero del infierno: Caronte: yo seré un escándalo en tu barca./Mientras las otras sombras recen, giman o lloren…/yo iré como una alondra, cantando por el río/ y llevaré a tu barca mi perfume salvaje. No es que desdeñara el espíritu cristiano. En absoluto. En Samaritana, cuenta cómo socorrió a un  infortunado que agonizaba: La sed era en su boca como un largo rubí/ y yo en cántaro vivo de mi cuerpo le di.

En su obra no hallaremos las alusiones indigenistas de Asturias, el compromiso social de Neruda, la erudición de Borges o la pirotecnia de Paz. Pero hay algo más latinoamericano que todo esto: la exigencia de gozar las cosas más nimias: ¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen./ Rosas, rosas, rosas a mis manos crecen./ Mi amante besóme las manos y en ellas,/ ¡Oh, gracia! brotaron rosas como estrellas.

Otro aspecto destacable de su poesía fue la confianza que infundió a las mujeres, perturbando las conciencias tranquilas. En Implacable, rechaza a un amante que no supo valorarla y decide sustituirlo por otro. En Lacería, admite que, aunque su cuerpo acabe devorado por los gusanos, hoy es joven y hermoso… y no va a perder la ocasión de disfrutarlo.

Obsesionada por agotar cada instante; fascinada por ser parte de la naturaleza —de sus montañas, de sus ríos, de su tierra—, declaró cuánto envidiaba los “cien mil amores” de Magdalena y, al entristecerse ante la perspectiva de la muerte, resolvió que no había razones para el duelo. Después de todo ¿no terminaría ella convertida en árbol? Panteísmo puro.

Confieso que, en mi época universitaria, con fines muy alejados de la literatura, regalé copia de sus poemas a algunas de mis amigas: “¿Qué opinas de esto?”, les preguntaba para aceitar la conversación… Sería un ingrato si no reconociera el involuntario auxilio que me prestó la autora.

Tengo una duda, sin embargo: Juana se casó a los veinte años con un militar que acabó anulándola. Luego se supo que, en efecto, había tenido un amante. ¿Su lírica fue, entonces, un canto triunfal o una careta para ocultar sus frustraciones? Por su belleza física, que contrastaba con la fealdad de algunas de sus contemporáneas más célebres, uno podría pensar lo primero. Pero su tardía adicción a la morfina (nos la refiere Diego Fisher, su biógrafo) y el silencio en que se sumió después de su gloria literaria nos llevan a pensar lo segundo.

Ella guardó silencio. Murió siendo una anciana, convencida de su legado: una voz fresca y rebelde que mujeres y hombres de América Latina debemos celebrar.

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