Gilgamesh

Era un guerrero amargado que nunca había sentido cariño por nada ni por nadie.

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Gerardo Laveaga 22/08/2014 00:00
Gilgamesh

                A Ignacio Soto Borja en sus 70’s

Lo que ha ocurrido en Irak a últimas fechas es pavoroso. Desolador. Empantanados en sus ancestrales disputas, los iraquíes hallan un motivo tras otro para despedazarse. Chiíes, suníes y kurdos, sin contar las minorías yazidíes, kakaís y shabaks, no avistan fin a sus sanguinarios desencuentros. La yihad islámica lleva en su cuenta miles de personas asesinadas y muchas otras desplazadas de su hogar.

Pero Irak no siempre vivió en el caos. Alguna vez fue el centro del mundo o, para ser más precisos, el origen de la civilización: ahí se inventó la escritura hace unos cinco mil años y, por ende, ahí comenzó la historia. Ahí se diseñó la rueda, se domesticó al caballo y se desarrollaron los primeros sistemas de irrigación, que permitieron el auge de la agricultura. De Irak nos vienen el ordenamiento legal y la epopeya escrita más antiguos de la humanidad: el Código de Shulgi y el Poema de Gilgamesh.

Detengámonos en el poema. Las tablillas de arcilla que lo integran están repartidas en diversos museos del mundo y hay una versión asiria, otra hitita y una tercera procedente de Babilonia. La primera de estas versiones, hallada en la biblioteca de Ashurbanipal, ha permitido originar un cuerpo más o menos compacto, aunque con incontables lagunas, lo cual explica las contradicciones entre los 12 “capítulos” que refieren la historia.

Gilgamesh, rey de Uruk, era un guerrero amargado que nunca había sentido cariño por nada ni por nadie. Vivía entregado a su obsesión: construir las murallas de la ciudad. Su despotismo hacía padecer al pueblo, el cual se encomendó a los dioses, quienes crearon con arcilla a Enkidú, un hombre “a imagen y semejanza” de Gilgamesh.

Los dos hombres enfrentaron y se trabaron en una prolongada lucha cuerpo a cuerpo. Al final, ambos reconocieron la fuerza del otro y acabaron convirtiéndose en amigos entrañables. Quizás, en algo más que amigos. Gilgamesh experimentó, por fin, lo que significaba amar. Juntos encararon los problemas de Uruk, hasta que, víctima de una enfermedad, murió Enkidú. Desolado e impotente al enfrentarse a la desaparición de un ser querido, Gilgamesh resolvió partir en busca de la inmortalidad.

Recorrió, así, un camino plagado de peligros. Desafió a monstruos horripilantes y deambuló por paisajes sobrecogedores. No descansó hasta llegar con Utnapishtim, anciano que le refirió cómo sobrevivió a un diluvio universal y le indicó cómo conseguir cierta planta para obtener la eterna juventud. Aunque el héroe la obtuvo, una serpiente devoró el elixir durante su regreso a Uruk.

Como dato curioso, cuando se descifró “la tablilla del diluvio”, hoy exhibida en el British Museum, la conmoción fue enorme. Hasta William Gladstone, primer ministro de Inglaterra, asistió a la conferencia en que se dio a conocer el hallazgo: ¿Era posible que un texto escrito 400 años antes que el Génesis se anticipara a la leyenda de esta catástrofe? ¿No se suponía que ésta había sido un castigo de Yahvé? ¿Entonces, no era sino la adaptación de una vieja leyenda? Con el tiempo se verificaría que la epopeya de Gilgamesh no sólo había dejado su impronta en la literatura hebrea sino, también, en la griega, donde la Odisea recuerda algunas peripecias del monarca sumerio.

Pero su influencia es sólo una parte de la importancia del poema. La otra estriba en su reflexión sobre la existencia humana. Gilgamesh volvió con las manos vacías, sabiendo que tarde o temprano sucumbiría ante la muerte. ¿Era aquello tan grave? Ya en sus dominios, muestra al barquero que le acompañó las murallas que ha mandado construir: son éstas —él así lo ha decidido— las que constituyen el sentido de su vida. Esta ha sido valiosa y él descubre que da igual que sea finita…

De la narración existen varias ediciones en español, entre las que destacan la de Tecnos, a cargo de Federico Lara Peinado, y la de Trotta, preparada por Joaquín Sanmartín. Vale la pena mencionar, asimismo, una preciosa traducción de Ediciones Tecolote (2003), con textos e ilustraciones de Ludmila Zema. Resulta utilísima para aproximar a los niños al héroe más antiguo de la literatura universal.

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