Mi poema predilecto

Lo que diga o deje de decir un poema, pierde importancia ante su belleza.

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Gerardo Laveaga 30/05/2014 04:41
Mi poema predilecto

A Ana Serradilla.

Como lector de poesía, aprecio los malabarismos con las palabras, las combinaciones audaces, las imágenes que brotan de éstas… Lo que diga o deje de decir un poema, pierde importancia ante su belleza.

Piedra de sol, por ejemplo, tiene decenas de interpretaciones, pero el sauce de cristal, el ave que petrifica el bosque con su canto y las cabelleras de arañas en tumulto bastan para que Octavio Paz conmueva a sus lectores, independientemente de lo que haya querido expresar.

 Lo mismo podría aseverarse de T.S. Eliot —tan elegante cuando retrata gatos ociosos que cuando esboza destinos malogrados—, de Saint-John Perse —que vuelve exótico lo que toca— o de Eugenio Montale que, a partir del paisaje mediterráneo, suscita desolación a través de estampas luminosas.

Pese a lo anterior, me veo obligado a confesar que, de todos los poemas que he leído en mi vida, el que más disfruto, el que leo y releo fascinado, es uno al que ni siquiera me he aproximado en la lengua en que fue escrito: Ítaca, de Konstantino Kavafis.

Jamás me he detenido a descifrar su musicalidad —difícil de captar cuando no se conoce una lengua— ni he intentado averiguar si tiene o no méritos técnicos, como lo he procurado con los otros. Y es que, desde la primera vez que lo leí, me cautivó. Ni siquiera me atreví a releerlo con afán crítico. Ítaca se convirtió en mi poema y no necesité que nadie me ayudara a interpretarlo.

Trata del sentido de la vida. Preciso: del sentido que cada uno de nosotros da a su propia vida: ¿Formar una familia? ¿Ganar dinero a pasto? ¿Seducir a decenas de mujeres? ¿Alcanzar un cargo público? ¿Obtener un premio?

Kavafis convierte este propósito en la isla a la que Odiseo se dirigió al concluir la guerra de Troya y al que, zarandeado de un lado al otro por vientos adversos, perseguido por dioses vengativos o capturado por ninfas lascivas, tardó años en llegar.

De cuantas traducciones he leído, la que hizo José María Álvarez para Hiperión (1976) es la que más me convence: “Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca”, aconseja el poeta griego, “pide que tu camino sea largo”.

Nos tranquiliza prometiendo que no encontraremos cíclopes, lestrigones u otros de los horripilantes monstruos que halló Odiseo en su travesía, siempre y cuando nos aventuremos por la existencia con pensamientos elevados.

Recomienda gozar cada puerto al que arribemos, adquirir las mercancías que ofrezca cada ciudad, aprender de los hombres sabios con los que tropecemos.

Ten siempre a Ítaca en la memoria.

Llegar allí es tu meta.

Mas no apresures el viaje.

Cuando desembarquemos en la isla, descubriremos que lo que valió la pena fue el camino: las experiencias, el conocimiento. “Mis hijos tienen ya su propia familia”. “En el banco tengo millones de dólares”, “He desvirgado a 300 mujeres”, “Ya soy presidente de mi país”. “Ya obtuve un Oscar”… ¿Esto era todo? ¿Valió la pena el sacrificio? ¿No habría sido mejor el amor de una sola mujer que aventuras fallidas con tantas? ¿Qué sigue?

Ítaca te regaló un hermoso viaje.

Sin ella el camino no habrías emprendido.

Mas ninguna otra cosa puede darte.

Ítaca nos parecerá pobre, advierte Kavafis, pero nos aportó una causa, un ideal. Nos enseñó, por añadidura, que la vida no tiene un sentido per se: hay que inventárselo. Después de leer los 36 versos que integran el poema, uno sospecha que acaba de resolver el mayor problema de la existencia humana:

Rico en saber y en vida, como has vuelto,

Comprendes ya qué significan las Ítacas.

Twitter: @GLaveaga

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