El alma buena de Sezuán

¿Ser bueno con los otros implica dejar de serlo con uno mismo?

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Gerardo Laveaga 10/01/2014 00:00
El alma buena de Sezuán

A la memoria de Luis Corominas

 

Si bien no me entusiasma en la misma medida que Ibsen, Shaw y O’Neill, no puedo dejar de reconocer cuánto me gusta Bertold Brecht. Su afán por dotar al teatro de un efecto narrativo antes que uno dramático —“el teatro del distanciamiento”— para que el espectador pudiera participar de lo que ocurría en escena, renovó la dramaturgia moderna.

Presto a arremeter contra las causas y efectos del capitalismo, este ferviente comunista incurrió en muchas contradicciones. “Brecht es una marca”, llegó a decir: “hay que pagar por su uso”. Algunos de sus dramas, como La ópera de tres centavos, fueron convertidas en ópera por Kurt Weill, mientras otras, como Galileo Galilei, siguen formando parte del repertorio de las compañías más destacadas del mundo.

El alma buena de Sezuán quizás no sea la mejor de sus obras teatrales, pero es la que a mí más me perturba: ¿Es compatible la bondad con una vida digna? ¿Ser bueno con los otros implica dejar de serlo con uno mismo? ¿Los seres humanos que practican la solidaridad de manera espontánea acaban fomentando pobreza y apatía? La diatriba que Christopher Hitchens lanzó contra la madre Teresa de Calcuta —su labor legitima la desigualdad y convierte la miseria en mérito, acusó—, me obligó a recordar, en su momento, El alma buena de Sezuán.

“La ética acósmica, nos ordena no resistir el mal con la fuerza”, escribió Max Weber. “Pero, para el político, lo que tiene validez es el mandato opuesto: has de resistir el mal con la fuerza pues, de lo contrario, te haces cómplice de su triunfo”. ¿Hay, entonces, una ética para los políticos y otra para el resto de los mortales? ¿Ser “bueno” significa bajar la cabeza ante quienes no lo son?

 En esta obra, la prostituta Shen Te recibe un dinero inesperado, con lo cual abandona la profesión y abre un expendio de tabaco. Pero, apenas lo hace, los holgazanes del pueblo se presentan para exigirle que los mantenga. Shen Te los socorre con generosidad, pero advierte que, si lo sigue haciendo, acabará en bancarrota. Se disfraza, pues, de Shui Ta, quien se presenta en el pueblo como primo de Shen Te. Este comienza a poner orden.

Así, cuando la protagonista se enamora de una vivales que pretende explotarla, las reflexiones de Shui Ta evitan que la boda se celebre y, ante la exigencia de los parásitos, es Shui Ta quien los obliga a trabajar para ganarse la vida y ser productivos, pese a las acusaciones que le hacen sus malquerientes de ser un explotador. En el ínterin, Shen Te los ayuda “a tras mano”. Pero, embarazada por el gigoló, Shen Ten desaparece del pueblo, mientras Shui Ta engorda. Los afectados con las medidas disciplinarias del empresario, lo acusan ahora de haber asesinado a su prima y lo llevan a juicio…

Como en la mayoría de las obras de Brencht, es imposible no tomar partido. En este caso, no obstante, es difícil preferir a Shen Te o a Sui Ta, porque ambos son la misma persona. Aquí hay un poco del Dr. Jekyll y Mr. Hyde y un mucho de lo deseable y lo posible en la sociedad contemporánea. La provocación es imprescindible: ¿cuáles son los límites de “el bien”, sea éste lo que sea?

En mi niñez, pensaba que el mundo se salvaría a través de la bondad, la cual acarrearía libertad, igualdad y justicia. Confiaba en la “renovación del individuo”. Ya no. Hoy creo que un Estado Democrático de Derecho, con su ejército, su policía y su sistema penitenciario, puede ser más útil para estos fines.

Twitter: @GLaveaga

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