Mejor: puros pluris

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Gerardo Galarza 31/08/2014 01:42
Mejor: puros pluris

Viendo que el PRD y el PAN avanzaban solos en la carrera (todavía en estos momentos ilegal) de las elecciones federales y estatales de 2015 mediante sus propuestas de consultas populares, el PRI decidió no quedarse atrás y propuso su propia consulta popular, mecanismo que aún no ha sido estrenado oficialmente y ya se usa en campañas políticas.

Digamos, porque así es, que las propuestas panista y priista para consultar a los ciudadanos que voten en junio de 2015 son respuestas oportunistas a la anunciada consulta popular contra la Reforma Energética, que originalmente propusieron todos los segmentos de la llamada izquierda y que, al parecer, hoy sólo es sostenida por el PRD.

Y ahí tienen ahora a los tres principales partidos políticos haciendo campaña electoral, fuera de los tiempos que marca la nueva ley en la materia, pidiendo firmas para sustentar sus proyectos consultivos.

El PAN, primero, y el PRI después, buscaron tópicos imposibles de rechazar, por lo menos públicamente. ¿Alguien puede oponerse a la simplista idea de que haya “un salario digno”? La oposición nunca contó con que el PRI sigue siendo el PRI y que más sabe por viejo que por ser el PRI, hasta que César Camacho, el dirigente nacional priista, anunció que su partido también propondría una consulta popular.

Y anunció un tema que, de ser aceptado, tendrá un alto grado de aprobación: reducir el número de legisladores plurinominales en el Congreso de la Unión. En México, no hay sector más desprestigiado que el de los políticos, y entre ellos los más desprestigiados son los legisladores (diputados y senadores), y de ellos los peor vistos por la masa votante son los que llegaron al cargo mediante la vía plurinominal. Un desprestigio ganado con contundencia y mediante el derroche del dinero público.

Largo sería explicar, y además es un trabajo para expertos, no para un simple escribidor, los diversos sistemas de representación popular en un régimen democrático. En pocas palabras, hay al menos tres fórmulas para esa representación: congresos en los que todos sus miembros son electos por mayoría simple en un distrito electoral, mediante el cual los derrotados quedan sin representación alguna; congresos integrados en parte por legisladores electos por mayoría y otra parte mediante la vía proporcional, y congresos cuyos legisladores (todos) fueron electos mediante una votación proporcional.

Hace medio siglo, México tenía un Congreso integrado por legisladores electos sólo por el principio de mayoría relativa. Y oficialmente el PRI arrasaba, no obstante las evidencias y consecuentes denuncias y protestas opositoras por fraudes electorales cometidos a plena luz del día. Cada tres años, a la oposición (principalmente el PAN) se le reconocían triunfos electorales en dos, cuatro o seis distritos electorales frente a los 170, 180 diputados del PRI. En el Senado, que era una especie de cementerio de elefantes políticos muertos, nada.

Pero los ojos del mundo estaban sobre México. En esos años iniciales de la década de los 60 se había logrado la sede de los Juegos Olímpicos de 1968 y luego se conseguiría la del Campeonato Mundial de Futbol (como el Brasil de ahora) y la cara de la “democracia” mexicana totalitaria no era la mejor para el vecindario internacional. Así que en 1963 se instituyó la elección de los llamados “diputados de partido” (el antecedente directo de los plurinominales).

La fórmula fue así: cinco diputados por cada 2.5% de la votación total y uno más por cada medio punto porcentual que restase. Ningún partido minoritario podría llegar a tener más de 20 “diputados de partido” en la legislatura correspondiente y, si había obtenido victorias por mayoría relativa, se incluían en ese número total. Los “diputados de partido” no estaban en ninguna lista. Ésta se hacia con los candidatos perdedores con mayor votación en los distritos electorales por mayoría. Así, en 1964, el PAN estuvo representado por 20 diputados; el PPS, por nueve, y el PARM, por cinco, contra 178 del PRI. El porcentaje de los tres partidos opositores (es un decir, el PARM y el PPS eran, así les decían, partidos satélite del PRI, o el latinajo ese de adláteres) llegó a 15.3% del total de la Cámara. Doce años después, en la elección federal de 1976 (la última que incluyó a los “diputados de partido”), los números fueron 196 diputados para el PRI contra 41 de la oposición, 17.3 por ciento.

La reforma política de 1977 modificó la composición de la Cámara de Diputados: 300 electos por mayoría y 100 por la vía proporcional (25% del total). Más tarde, en los años 80, la cifra de diputados plurinominales se duplicó (40%) y también se modificó la composición del Senado.

La justificación de los legisladores plurinominales es muy sencilla: representan a las minorías perdedoras. Pero resulta ahora que los legisladores plurinominales son los que controlan las Cámaras, por decisión de sus partidos, y también los más productivos. ¿Algún elector mexicano sabe el nombre de su diputado electo por mayoría? ¿Sabe el número de su distrito electoral? ¿Fue consultado por ese diputado para el voto a favor o en contra de las reformas estructurales que incluyeron cambios a la Constitución? ¿Algún diputado de mayoría le ha dado cuenta a los electores de su voto en Cámara? “No” es la respuesta que abrumaría.

Y si los diputados plurinominales puestos en las listas por sus partidos son los más importantes, los más productivos, los más participantes, y si en verdad se quiere que el Congreso recobre su lugar entre los poderes de la Unión como representante de la soberanía popular (parece que así se dice en los discursos), ¿por qué no se propone desaparecer a los 300 diputados de mayoría relativa y a los 64 senadores que llegaron mediante la fórmula de primera minoría o la vía plurinominal? Es decir, que cada partido político obtenga tantos diputados y tantos senadores como el porcentaje logrado en la votación respectiva. Sencillo: si el partido A saca 40% de la votación para diputados, pues tendría el número de diputados correspondientes a ese porcentaje: 120 diputados en una cámara de 300 miembros; 160 en una de 400; 200 en una de 500, y así con los partidos B, C y demás. Es decir, proporcionalidad pura y absoluta.

No, el PRI nunca propondrá una fórmula similar. Lo alejaría de su pretensión de volver a ser la aplanadora electoral de los años dorados del totalitarismo, de la dictablanda, del carro completo, el regreso al pasado que ya se comienza a notar. No, tampoco la oposición lo hará: perdería ingresos provenientes del erario. Además, claro está, esa fórmula los obligaría a todos a dialogar, a negociar, a concertar… a parlamentar.

Ninguno de los partidos se va dar un balazo en el pecho. Pero ahí está una fórmula para reformar el Congreso de la Unión, y sobre todo para fortalecer, aunque sea poquito, a la débil democracia mexicana.

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