Mala leche

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Gerardo Galarza 08/06/2014 01:06
Mala leche

Los practicantes de la corrección política en México y en el mundo creen que la monarquía es un sistema político obsoleto, vencido por los años, mismos a los que la república ha sobrevivido con mejor buena fama y buena prensa.

Declararse monárquico a estas alturas del mundo es un suicidio político o, cuando se aspira a carrera política alguna, cuando menos causa desprestigio social.

Por eso, ante la abdicación de Juan Carlos I al trono del reino de España, las proclamas públicas y en las redes sociales en favor de la república y contra de la monarquía suben, dirían algunos clásicos, como espuma de cerveza.

“Todos somos republicanos”, “Referendo ya, república para todos”, “A por la tercera república”, “Rájate Felipe”, se grita en las calles, plazas no sólo españolas y en las etiquetas de las llamadas redes sociales electrónicas.

Escandalosamente se presentan resultados de presuntas encuestas en las que se rechaza a la monarquía; tímidamente se presentan otros supuestos sondeos que sostienen lo contrario. Y mucho más allá de la importancia de la noticia de abdicación, el tema ocupa planas de información y, sobre todo, de opinión (esta columna es un ejemplo de ello) en muchos países, entre los que México sobresale. ¿Por qué? Pues nadie sabe, porque son muchas las razones: por la Conquista, por la Colonia, por la antes llamada madre patria, por el exilio, por la globalización.

Sea como fuera, algo debe tener el sistema monárquico cuando le importa, para bien o para mal, a muchos. 

Un simple recorrido por las listas de los países del Índice de Desarrollo Humano 2013 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), basado en tres indicadores: vida larga y saludable, educación y nivel de vida digno,  muestra entre los primeros 20 a nueve monarquías: Noruega (1), Australia (2), Países Bajos (4), Nueva Zelanda (6), Suecia (6), Japón (10), Canadá (11), Dinamarca (15) y Bélgica (17).

Otro índice, el de calidad de vida, creado en 2005 por el Economist Intelligence Unit y basado en nueve indicadores, coloca a diez países monárquicos entre los primeros 20 de su lista: Noruega (3), Luxemburgo (4), Suecia (5), Australia (6), Dinamarca (9), España (10), Canadá (14), Nueva Zelanda (15), Países Bajos (16) y Japón (17).

También hay que decir que las monarquías de todos esos países enlistados son constitucionales o parlamentarias. No son lo que eran antes; han dejado de ser monarquías absolutas y, por lo tanto, sus monarcas o reyes han perdido buena parte de su poder absoluto de antaño. Es cierto que en el mundo subsisten monarquías absolutas, principalmente en África (muy pobres) y en el llamado Oriente Medio (muy ricas), pero como se ve, no están en las listas mencionadas.

La España de hoy es un país democrático. Los súbditos españoles eligen a sus cortes (diputados y senadores), de donde sale el Presidente de gobierno (equivalente al Presidente de la República); eligen a sus gobernantes autónomos (17 comunidades autónomas), a sus alcaldes; ejercen sus derechos políticos mejor que los ciudadanos de muchas repúblicas, y el escribidor reconoce que no ha podido comprobar si esos derechos son mayores o menores que los de, pongamos por ejemplo, los ciudadanos mexicanos. Lo mismo o algo similar les ocurre con los súbditos de las monarquías arriba señaladas: los ingleses, los noruegos, los suecos, los holandeses, los daneses, los japoneses, los belgas...

El espacio no alcanza para hablar de las economías de esos países. Pero, baste decir que ninguno de ellos está considerado como un país pobre, por más crisis que sufran.

Muchos críticos de las monarquías denuncian el costo económico de las familias reales de esos países. Sí, cuestan mucho dinero público, como nos cuestan los presidentes, los diputados y los senadores y todo el aparato burocrático a quienes habitamos en una república, la democracia también es cara. Los defensores de los miembros de las realezas contestan que también producen muchos ingresos por el turismo que generan y ponen como ejemplo la derrama económica de las visitas turísticas a Inglaterra provocadas por el Palacio de Buckingham o La Torre de Londres.

Es evidente que en España, por ejemplo, el abdicante Juan Carlos I nunca tuvo, ni en sueños, el poder de Isabel la Católica, aquella que reinaba cuando Cristóbal Colón llegó a América. Felipe VI  tampoco lo tendrá.        

Hoy, España es democrática gracias a la luchas de muchísimos españoles que sufrieron la represión de una dictadura. Nadie puede negar que Juan Carlos de Borbón fue un rey que consolidó la democracia de su país. Parece una contradicción; lo es según los caducos modelos de sistemas políticos. “Rey” y “democracia” son antónimos, de acuerdo con la gramática.

Y pese a la severa crisis económica que sufre España, los 39 años de la monarquía parlamentaria de Juan Carlos I —repartidos por el voto de los españoles esencialmente entre el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el Partido Popular (PP), llamados la izquierda y la derecha, respectivamente— lograron levantar a ese país y ponerlo muy por encima de otros que en 1975 lo superaban ampliamente.

Autoproclamado demócrata y republicano, al escribidor le parece de muy mala leche desear que los actuales súbditos españoles se conviertan en ciudadanos de una república como la mexicana del siglo XX, donde los señores presidentes de República fueron en realidad monarcas sexenales con mayor poder (jefe de Estado, de gobierno y de partido) que cualquier rey europeo (jefe de Estado), al que muchos priistas y opositores (excorreligionarios de los primeros) añoran y pretenden restaurar, tal vez inspirados en los antiguos tlatoanis, caltzontzins o cualesquiera de los otros señores monarcas absolutistas de las etnias que hace siglos habitaron lo que hoy es territorio nacional de México.

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