Una más

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Gerardo Galarza 18/05/2014 00:52
Una más

Con la novedad de que México tiene una nueva reforma político-electoral.

Una más, aunque en los discursos, ya no tan encendidos como antes, se afirme que con ella se fortalece la democracia y sus instituciones en el país.

De 1946 a la fecha, de Manuel Ávila Camacho a Enrique Peña Nieto, cada Presidente de la República ha hecho su propia reforma política-electoral aprobada, claro está, por el Congreso de la Unión.

Se ha vuelto una especie de obligación o de necesidad sexenal para, se cree, pasar a la historia o al menos para responder a las impugnaciones de los derrotados en las elecciones.

Ha habido de reformas a reformas. Dos son las realmente importantes en el trascurso de 68 años: la 1976-1977 de José López Portillo, impulsada por Jesús Reyes Heroles padre, que abrió el camino para la pluralidad política, aquella cuya ley fue conocida como la LOPPE, y que reconoció a partidos como el Comunista Mexicano (PCM), entre otros; y de 1991, la del Cofipe, de Carlos Salinas de Gortari que permitió la creación de una autoridad electoral independiente del Poder Ejecutivo (el IFE).

Otras se recuerdan como hechos aislados: el voto a la mujer (Adolfo Ruiz Cortines), la creación de los diputados de partido (Adolfo López Mateos), el voto a los 18 años de edad (Luis Echeverría). Las demás son las demás. Los expertos dicen que la primera legislación electoral que hubo en México fue en 1812 para la elección de las Cortes de Cádiz y de ahí a la Constitución de 1917 hubo unas 50 normas de diverso nivel en la materia.

La de este 2014 es la que cambió al IFE (Instituto Federal Electoral), órgano del que los partidos políticos se apropiaron a través de cuotas de poder y así consiguieron desprestigiarlo, por el INE (Instituto Nacional Electoral) y por el escándalo fortuito de una reforma a la legislación secundaria mediante la cual se otorgó una megapensión, haber de retiro, pago de marcha o como quiera llamársele a los millones que recibirán (a menos que se derogue esa modificación en las próximas semanas o meses) los actuales miembros del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

El hecho del dispendio siempre favorable a los funcionarios públicos y a los partidos políticos, y el escándalo que provocó la falta de sensibilidad política de los legisladores, marcó ya desfavorablemente a esta reforma y seguramente también a los magistrados del TEPJF, cuya actuación vista y juzgada a través de tamiz de recibir o no esos millones que también podrían llamarlos “jubilación”.

Además, no hay que olvidarlo, es la reforma que favorece a los partidos (en lo político y en lo económico) en detrimento de los ciudadanos. Las candidaturas independientes son el mejor ejemplo de ello.

Pero el lector-elector no debe preocuparse por el hecho de que la actual pueda resultar una reforma político-electoral que no “fortalezca a las instituciones democráticas” del país. El escribidor está en posición de revelarle que el próximo sexenio, gane quien gane las elecciones presidenciales, provenga del partido que provenga, habrá una nueva reforma político-electoral para el fortalecimiento de la democracia mexicana y sus instituciones. Puede apostar, no hay riesgo de perder.

Con el paso del tiempo, sexenios más, sexenios menos, un mal día el Congreso de la Unión podrá establecer en la Constitución y sus leyes reglamentarias que el candidato ganador de las elecciones presidenciales será aquel que obtenga menos votos. Y habrá quien lo argumente y lo explique: dirá que los votos por un candidato se tomarán como rechazo en lugar de aprobación y entonces el candidato menos rechazado, menos impopular, será quien deberá gobernar al país. Y para ampliar la pluralidad podrían darse al ciudadano tantos votos como número de candidatos hubiera y tendría que distribuirlos de mayor a menor o viceversa, según fuera el caso. Claro, esa fórmula tendrá un nombre. Algo así como “sistema mayoritario simple en reversa con proporcionalidad mixta”.

“Ideas” habrá para “mejorar nuestro sistema democrático”, por lo que siempre, eso sí, los partidos políticos y los funcionarios electorales necesitarán más dinero para poder llevar a cabo sus labores, procurando la mínima rendición de cuentas y la mínima transparencia en el uso de los recursos de los ciudadanos.

Entonces, esa reforma también será la novedad y será una más, en espera de la siguiente.

La democracia es mucho más sencilla, pero requiere de inteligencia, voluntad, honestidad para reconocer las victorias y las derrotas.

 

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