Telarañas

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Gerardo Galarza 27/04/2014 01:24
Telarañas

El pasado martes 22 de abril, en el programa La otra opinión en Imagen de Grupo Imagen Multimedia, al hablar sobre la propuesta de la nueva legislación mexicana en telecomunicaciones, Jorge Fernando Negrete, director general de Mediatelecom Policy & Law, dijo algo que sólo a un verdadero experto se le ocurriría ante las demandas de fijar posturas por la denuncia de la presunta censura a la internet.

Negrete dijo algo así, y el escribidor cita de memoria, como: En telecomunicaciones y en la internet hay que leer, estudiar y analizar mucho antes de emitir cualquier opinión porque, como en la primera cuartilla de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, hoy tan de moda, el mundo es tan reciente, que muchas cosas carecen de nombre, y para mencionarlas hay que señalarlas con el dedo.

Lector empedernido del mago de Aracataca, el escribidor se tomó muy en serio la recomendación de Negrete. Y, en primera instancia, le pidió su opinión a Marco Gonsen, editor de cierre de Excélsior y columnista de Hacker de la sección Dinero de este diario. Gonsen vio con cierta compasión al escribidor y le dijo: “Vamos a empezar por el principio: ¿Sabes que internet no es la web o al revés si tú quieres? Bueno, pues empieza por eso y luego hablamos”. Pero, es que... bien, añadió sin contemplación alguna, si lees esto tendrás alguna idea y luego discutimos.

Y entonces Gonsen le recomendó al escribidor leer, “o cuando menos dale una ojeada”, a 64 cosas que debes saber sobre la era digital. Cómo enfrentar el futuro sin miedo de Ben Hammersley, editado en México por Océano. Hammersley es un especialista en tecnología y periodista en la revista Wired, miembro del Grupo de Alto Nivel de la Comisión Europea para la Libertad de Prensa, que se ha especializado “en el estudio de la red mundial y sus consecuencias políticas, diplomáticas, sociales y culturales”.

De entrada, en el capítulo cero, el británico Hammersley afirma que “la mayoría de la gente que usa internet no tiene siquiera una idea básica de cómo funciona”. Y añade que esto no debe de sorprender en un mundo donde casi nadie sabe cómo funcionan las cosas comunes. Dice textualmente:  “El abismo de comprensión entre las personas letradas en tecnología y las analfabetas tecnológicas tiene profundas consecuencias. Casi nadie entre los responsables de dictar y aprobar las leyes que gobiernan nuestro mundo comprende mejor los resortes de internet que aquel amigo que lee el Telegraph (un periódico inglés) en línea en busca de los encabezados deportivos. Y como internet está cambiando cada aspecto de nuestras vidas a un ritmo acelerado, se vuelve un problema el que no entiendan nuestros líderes políticos, nuestras vacas sagradas, artistas o empresarios. Hacen conjeturas erradas, aprueban leyes inviables o invierten dinero en soluciones nada factibles para los ‘problemas’ equivocados”.

¡Telarañas cibernéticas!, clamaría el clásico. Hammersley explica cómo internet es un invento militar de Estados Unidos, tan ideal y tan perfecto para asi evitar el espionaje, y que fue una gran sorpresa que funcionara en la práctica... sólo que fue tan bueno que se volvió incontrolable para sus propios inventores. “El asunto —dice— es que la teoría funcionó. La gran ventaja de este sistema fue que como los paquetes de información no seguían una ruta preestablecida, si una bomba volaba los puntos D, E, y N aún podían llegar a su destino, de la A a la Z, por un sinnúmero de caminos distintos”.  Y cuenta cómo es imposible censurar internet. Explica: “Es como si alguien enviase una carta manuscrita de una cuartilla, 28 líneas, de un lugar a otro, renglón por renglón, a través de diferentes mensajeros: sólo el remitente final podrá conocer el mensaje final. No es posible la censura previa. Pero, bien, son los propios usuarios de internet quienes permiten ver el mensaje completo cuando lo hacen público a través de cualquier red cibernética”.

El autor no desconoce que, salvo los padres de adolescentes, son los políticos y los gobernantes a quienes provoca mayor ansiedad la internet, atribulados por la amenaza que les supone, y por ello intentan regularla, sin ninguna probabilidad a su favor, simplemente por la complejidad tecnológica que es. Habla de hipótesis que hoy en México serían ejemplares en la discusión pública: “Consideremos un ejemplo hipotético.Los servicios de seguridad del Reino Unido ya cuentan con la capacidad legal y técnica para saber con quién te estás comunicando por las redes telefónicas. Los contenidos reales de la conversación se sujetan a revisiones y valoraciones sumamente estrictas, pero a quién llamaste y cuándo lo hiciste es algo fácil de saber para ellos. Ahora imagina que desearas tener la misma información, pero respecto a la comunicación en internet en vez de la del teléfono: conocer con certeza quién estaba comunicándose con una persona en línea. Conforme nos adentramos en un mundo puramente cibernético, nosotros y los servicios de seguridad estamos empezando a descubrir una terrible verdad: la capacidad de estos últimos van en declive: saber con quién se comunica una persona en línea resulta verdaderamente imposible”.

El escribidor acepta que la tecnología es superior a sus entendederas. Cree y opina que legisladores, opinadores, usuarios de internet y redes sociales mexicanos deberíamos leer más antes de aprobar, rechazar, componer y recomponer leyes sobre un medio, sólo un medio, cuyo uso permite el ejercicio de la libertad de expresión. Leer y, consecuentemente, aprender de los expertos, antes de aprobar, rechazar, criticar, opinar sobre algo que ahí está y es y será más allá de cualquier legislación, que en la teoría más pura siempre significará una acotación.

¿Por cierto, moros y cristianos, leyeron ya el vigente artículo 29 de la Constitución mexicana que faculta al gobierno federal a limitar los derechos individuales consagrados en el propio texto constitucional, con o sin ley secundaria de telecomunicaciones?

El escribidor quiere dejar claro que todo es opinable y debatible, con información suficiente, en el entendido de que en cuestiones de libertad —sola o con cualquier adjetivo—, siempre es y será preferible algún exceso a cualquier contención, por mínima que ésta sea. Sólo así llegaremos a los sustantivos que definan aquellas cosas que ahora sólo señalamos con el dedo.

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