Sin árbitro

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Gerardo Galarza 08/12/2013 01:47
Sin árbitro

Don Nelson: háganos usted el favor de no descansar en paz. En este mundo hay mucho por hacer y son muy pocos los que lo hacen.

 

No hay mejor trabajo ni mayor placer que leer. Quienes nos dedicamos a ello lo sabemos y no lo discutimos con nadie. El pasado martes 3, en Excélsior, mi compañero Marcelino Perelló escribió y este escribidor leyó:

“Todos nosotros sabemos que se puede jugar perfectamente al futbol sin necesidad de árbitro alguno. Las cascaritas y los tochitos que pueblan de recuerdos entrañables nuestra infancia y muestra juventud prueban de modo riguroso tal aserto”.

Tal aserto es, en palabras de Perelló, “el vértigo de normas es tan antiguo como la civilización misma. Tan antiguo, tan ilusorio y tan inútil. Son los preceptos los que deben amoldarse a la realidad existente, y no al revés. Toda ley que pretende retacar la dinámica de las relaciones sociales en un esquema teóricamente concebido está destinado al fracaso de antemano. Las leyes probarán ser tristemente insuficientes, y los jueces encargados de dirimir y aplicarlas, también. Y eso es verdad en todos los planos y dominios”.

El querido Marcelino deja muy poco espacio para desmentirlo. Tiene absoluta razón; la vida misma se la da. Pero, este escribidor tiene dos recuerdos entrañables, regresados al presente por el texto de Perelló, que no se ajustan a la definición. Excepciones, digamos, que confirman la regla. Él entenderá el romanticismo.

El primer recuerdo añorado es el de una noche cualquiera en la niñez fiera. Con la poca luz de un foco público definíamos el futuro del mundo en un partido de futbol, sin árbitro, como mandaban los cánones, en plena calle. Todos contra todos. Sudorosos apestando a heroísmos. La guerra del fin del mundo sólo terminaba cuando alguna madre o padre gritara: ¡Ya, a la casa, pa’dentro! ¿Ya hicieron la tarea? ¡Órale!

En esa estábamos, cuando de repente uno de los jugadores, de mi equipo por cierto, gritó: ¡mano, mano! La jugada se congeló. ¿Mano, de quién? ¡Mía!, respondió el interpelado. ¡No mames!, pensamos todos aunque sólo uno o dos lo dijeron, porque en esos tiempos no se permitían palabrotas (malas palabras, se les llamaban). ¡No, nada, no hay mano!, acordaron los dos equipos; que el juego siga y termine con el clásico: el que meta gol, gana. Recuerdo que ganamos, aunque en realidad íbamos perdiendo. Al final, el hereje que denunció su propia mano recibió la correspondiente reprimenda. ¡Qué tonto eres!, le reclamaron algunos. No debes hacer eso, le dijeron los más comprensivos, que no ves que ayudas a los contrarios. Pero, dijo aquel infeliz, yo cometí mano; era penalti. ¡No, no tienes que decirlo, ¿quieres perder?! Si no se dieron cuenta, pues ya, mejor; no debes echarte de cabeza tú mismo; no pasa nada, debes aprovechar esa ventaja, nadie se dio cuenta, tienes que ganar... Pero, metí mano, decía a punto del llanto aquel jugador. ¡Ah, qué idiota eres!, dictaminaron sus compañeros.

Otro día de aquellos, aunque años después, hubo un juego de beisbol en serio, no de niños. Sí había umpire (ampayer, decimos en el México popular). La jugada (el recuerdo no alcanza la exactitud) fue muy polémica. Los miembros de los dos equipos se levantaron a reclamar e intimidar al ampayita. Ese juez no sabía qué hacer. Los dos equipos reclamaban la razón, como es en estos casos y en la vida. Ahí estaba un grupo de amigos viendo el juego, y los jugadores pensaron en que el más presentable de todos podía resolver el problema. Y a mi amigo le preguntaron que ¿quién tenía razón? ¿Se había equivocado el ampayer? En medio de gritos, sombrerazos e insultos, como debe de ser en cada debate que se respete, aquel entonces joven dijo: “Si ustedes escogieron a esta persona como ampayer, deben respetar sus decisiones. Si no, ¿para qué lo escogieron?”. El juego siguió con el mismo ampayer.

De esos dos compañeros de juego el escribidor tiene ese buen recuerdo. Los dos han vivido su propio tráfago vital. Sabe que el primero vive tranquilo, que nunca ha tenido un problema con la ley, su familia está orgulloso de él; muchos de sus compañeros de trabajo no, porque sigue gritando ¡mano!.. cuando se violan la reglas, pero ahí va en la vida. El otro, como desde entonces se preveía, se convirtió en diplomático de carrera y representa con toda dignidad a nuestro país, basado en sus creencias y las de México, sin importar la grilla ni los favores.

Es cierto que las leyes las aplican desde el poder y siempre a favor de quienes lo detentan. También es cierto que los ciudadanos que presuntamente escogen a sus gobernantes, les ayudan todos los días. Basados en la realidad, ellos creen que las leyes se hicieron para violarlas, todos piensan que las leyes obligan a los demás, pero no a uno mismo. Han adoptado la impunidad, inclusive como lema: “La corrupción somos todos” o como consejo de superación personal: “El que no transa, no avanza”.

Y desde las alturas del poder o desde la base de los ciudadanos se busca y se consigue utilizar la conveniencia personal o de grupo, en lugar del respeto a la ley en beneficio de toda la comunidad. Hoy se ve en el Congreso de la Unión: nuevas leyes y reformas que en pocos meses se verá que de nada sirvieron. Va un ejemplo: la de esta semana es la enésima Reforma Política de 1946 a la fecha (desde entonces cada Presidente de la República ha hecho su propia Reforma Política y, se ha dicho desde el poder, siempre ha sido la más adelantada y la mejor de todas). Y la cosa es muy sencilla: la única “Reforma Política” real existe cuando se vota en libertad, se cuentan los votos con honestidad y se aceptan los resultados. Todo lo demás, parafernalia es eso y sirve para evitar aquellas tres premisas básicas. Lo verá usted en 2015 y en 2018. Luego, en 2019, comenzará otro proceso para la nueva reforma político-electoral. Y entonces Marcelino Perelló escribirá con toda y justa razón: se los dije.

El escribidor cree que debe decirle a Perelló que le gustaría tener a sus dos infantiles amigos junto a él, para decir que hay quienes sin ser poderosos decidieron respetar las leyes, en aras de lo que los teóricos, sin que ellos lo supieran a su edad, llaman el contrato social. No es tan cándido. Neta. Pero le gustaría que los ciudadanos sin poder impusieran el imperio de la ley a los dueños del poder, que gritaran “¡mano!” y los jugadores respetaran al árbitro. Pero, bueno, habría que empezar desde muy atrás, porque ya no hay quien enseñe civismo... ni quien te ponga dos sopapos bien puestos cuando violas las reglas de la convivencia social.

Ojalá que el recuerdo de Marcelino regrese a la realidad y un buen día se vuelva a jugar futbol en la calle, se respeten las reglas acordadas por todos los jugadores y el marcador será el justo.

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