Vengo a decir adiós a los muchachos

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Félix Cortés Camarillo 09/07/2014 01:51
Vengo a decir adiós a los muchachos

                Un abrazo a Carlo Pini

 

Hacia finales de este año, el número de menores de edad centroamericanos detenidos, procesados y expulsados del sueño americano rumbo a un incierto purgatorio mexicano puede llegar a 100 mil. La mitad de esa cifra ya ha sido superada, y la inexistencia de la frontera entre México y Guatemala —para el caso Belice— garantiza que siga creciendo. Dice el presidente Peña Nieto que entre Guatemala y México hay diez cruces fronterizos formales y un número indeterminado de informales; esto quiere decir cada diez metros. La novela de Rafael Ramírez Heredia La Mara dio base a la película La vida precoz y breve de Sabina Rivas (2012), dirigida por Luis Mandoki.

Independientemente de narrar la odisea de una joven hondureña de 16 años que en el camino hacia Estados Unidos es corrompida hasta la brutalidad, la cinta capta el ambiente y realidades precisamente del cruce fronterizo, del río y sus balsas de neumáticos, de sus autoridades migratorias, de la complicidad con Estados Unidos, de la constante y sangrienta presencia de la Mara Salvatrucha, de la miseria de la condición humana en nuestro país y en nuestro tiempo. Pero un filme se queda siempre corto ante la realidad que hoy vivimos.

Porque si el detonador del actual éxodo espectacular de niños centroamericanos es circunstancial y tramposo, sus causas son sólidas y ancestrales. La explotación, el racismo y la injusticia han sido cimientos sobre los que hemos edificado nuestras sociedades; el deterioro del campo en sociedades eminentemente agrícolas no es exclusivo de El Salvador, Guatemala y Honduras. Muchos son los niños mexicanos que han seguido la procesión de San Fernando, porque ahora la ruta de la migración al Norte se ha plegado a las tierras sanguinolentas e inseguras de Tamaulipas.

Como si fuera la defensa del equipo alemán de ayer, el gobierno mexicano, en su magnanimidad desparramada, ha decidido otorgar visas humanitarias a los migrantes del sur. Tendrán, aleluya,  permisos de visitantes por 72 horas para que tengan el privilegio de que los exploten, les roben y les violen en territorio mexicano. Podrán, si encuentran chamba, quedarse a trabajar en los pueblos fronterizos de Chiapas. El general Pedro María Anaya le dijo al invasor: “Si hubiera parque, no estaría usted aquí”.

Si hubiera trabajo en Honduras, Guatemala, México, si hubiera justicia en nuestra tierra, si hubiéramos abolido el crimen organizado patrocinado desde el Norte que hoy expulsa a nuestros niños y divide familias, no hubiéramos nutrido por años las hornadas de braceros que hicieron con sus manos el progreso de Estados Unidos.

No, la migración no tiene visos de terminar. No en dos años, no en diez, pese al programa Frontera Su,r que tiene nombre apantallante y sustento débil. Mucho menos con la participación de gente como Otto Pérez Molina, de tan escaso prestigio en las tierras del Petén y Quetzaltenango y tan bienvenido —por su verbo elogioso hacia el gobierno mexicano— en Chiapas. El problema migratorio es de una complejidad que la buena voluntad no puede solucionarlo, si es que hubiera buena voluntad en lugar de optimismo político forzado. Mientas el estancamiento económico de la región persista, seguiremos viendo pasar La Bestia para que trace el camino de nuestra historia.

Los especialistas en loas al progreso inmediato del que vamos a gozar con la Reforma Energética hablan de empezar a ver mejoras económicas dentro de 30 años. Ni yo ni mis hijos tendremos oportunidad de disfrutarlos. Ni con reforma migratoria ni con crecimiento del PIB al 8% ni dándole la ciudadanía mexicana a la Selección de Alemania.

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