Mi carcachita

El negocio no estaba en vender los autos; la papa estaba en vender el servicio exclusivo y las piezas...

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Félix Cortés Camarillo 04/06/2014 02:40
Mi carcachita

Llevé mi Cadillac al mecánico hace días, hace tiempo que en verdad lo merecía.

Roberto Carlos, Mi carcachita

 

No voy a mencionar marcas. No es decente.

Hacia finales de 1933, Adolf Hitler le encargó a Ferdinand Porsche el diseño de un automóvil ligero, eficiente, de tracción delantera y bajo costo. El objetivo era doble: impulsar la maltrecha economía de los alemanes a base del consumo financiado de autos nuevos y baratos, y dotar a la Wehrmacht de un vehículo ágil en tierra y ríos para la guerra que venía. Para los militares, el carro se llamaba el KdF (Kraft durch Freude), esto es a la fuerza por la alegría. Para el mundo, se iba a llamar Volkswagen. En traducción directa, el auto del pueblo. Hay una versión francesa que se ve igual y requiere un abrelatas para entrar, pero la versión alemana fue la ganona.

Cuando el Beetle entró al mercado mundial, esto es, Estados Unidos, una revista norteamericana publicó un reportaje extraordinario en el que exponía la realidad investigada, de que un Volkswagen comprado en piezas sueltas a precio de lista de agencia, costaba al final del día, incluyendo el costo del ensamblaje, 700 veces el precio del vehículo en tiendas, según recuerdo. El negocio no estaba en vender los autos; la papa estaba en vender el servicio exclusivo y las piezas. Algo que la firma Eastman Kodak había descubierto. Te podían regalar la cámara fotográfica y eso hicieron: tenías que comprar el rollo, el revelado y el papel.

No voy a mencionar marcas. No es decente.

El otro día llegaba a mi trabajo en mi carro, que no es un Volkswagen, y en la calle me negué a ceder el paso a esos luchadores por la democracia que suelen bloquear calles y cruceros con la complicidad solícita y veloz de los agentes de tránsito. Ellos tampoco cedieron y uno de los paladines de la libertad le dio un madrazo al espejo retrovisor derecho de mi auto; gracias a ello, los luchadores sociales se dispersaron aterrados y yo pude avanzar.

Al día siguiente llamé a la agencia que vende y da servicio a los autos de la raza del mío. Pregunté si tenían el espejo de mi carro en existencia, cuánto costaba y si me lo podían instalar de inmediato: sí había: 420.07 el espejo, 311 pesos la instalación. Acudí a la agencia. Resulta que el espejo, que nosotros los románticos llamamos luna, no es el problema; es el actuator, un rotor que posiciona al espejo, y que hay que reponer en adición. Pero no lo hay en existencia y previo pago se pedirá al almacén. 585.33 pesos.

El lunes llegó el actuator. Acordado el pago adicional para que fuese todo instalado, los experimentados técnicos de la agencia y este escribidor, auxiliados de una computadora, llegamos a la conclusión de que los aditamentos que el sistema arroja como los apropiados para marca, tipo, año, modelo y propietario de mi automóvil, no corresponden a los del carro que mi compadre Daniel me vendió a buen precio hace tres años.

Esa agilidad mental que Dios me dio y don Ricardo cultivó, me llevó a la siguiente conclusión: o compraba de inmediato un auto que correspondiese a las partes que ya había pagado, o me resignaba a pagar cuatro mil pesos por un espejo nuevo, completo, para el lado derecho de mi carcacha. Costos de instalación, 765 morlacos, aparte. Claro, la pieza tiene que llegar de la planta dentro de tres días, lo cual propiciará que mis habilidades de automovilista provoquen un par de raspones más en la carrocería. Está bien, acepto los riesgos de la democracia. Pero ese no es el problema.

¿Qué pasa si el nuevo espejo del lado derecho no se habla con el del izquierdo?

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