Al son del viejo violín

Al contrario se le rejode de doble manera. O se le mete al bote o se le da uniforme, paga y arma, amén de licencia para matar...

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Félix Cortés Camarillo 16/05/2014 01:36
Al son del viejo violín

Los viejos jugadores de dominó afirman que la regla de las tres erres garantiza un triunfo irrebatible: respeta la mano, rejode al contrario y repite la ficha. La táctica de seguridad nacional que la administración actual está siguiendo se parece mucho a la receta, con algunas variables. La mano, que en el caso de las entidades federativas sería el gobernador responsable, se deja de lado, se le pone un interino de dudosa pelambre y se le envía un plenipotenciario para que ponga en orden su mugrero. Al contrario se le rejode de doble manera. O se le mete al bote o se le da uniforme, paga y arma, amén de licencia para matar. La ficha se repite siguiendo el efecto cucaracha, de un estado a otro.

Ahora le ha tocado a Tamaulipas. Egidio no ha sido más incompetente que Fausto Vallejo en Michoacán, pero los extremos de violencia en su estado siguen rayando en el escándalo morboso. Hace más de cuatro años que los hacinamientos de cadáveres en fosas clandestinas o las masacres de centroamericanos víctimas de coyotes/narcos son el pan de cada día. Sin embargo, las similitudes terminan por ahí.

Michoacán es país productor de enervantes y proveedor de importante materia prima, el material de hierro que las acereras chinas demandan en grandes cantidades; al mismo tiempo, China es el principal proveedor de los percursores que las anfetaminas requieren para transformarse en poderosas drogas de gran consumo, especialmente juvenil. Tamaulipas es otro cantar. Todo su territorio se encuentra en el sendero de la tercera ruta (¿primera, segunda?) de las drogas al más importante mercado. Si bien los puertos de Florida y el cruce por la meseta de Otay siguen siendo de gran importancia, es muy difícil calcular si lo que cabe por los puentes fronterizos de Matamoros, Reynosa o Roma no supera a los otros puestos de ingreso, Tijuana o Fort Lauderdale.

Luego, las bandas armadas de Tamaulipas tienen más arraigo, experiencia y organización que las gavillas del bajío o la Tierra Caliente; no se nos olvide que si la banda de Los Zetas es nuestro principal dolor de cabeza, ese grupo delincuencial surge precisamente de la ruptura de dos cárteles principales, el de Sinaloa y el del Golfo, una ruptura que fue propiciada, según los que dicen que saben, por la miopía de Vicente Fox. Los Zetas no fueron en un inicio más que matones profesionales reclutados de todas partes, incluyendo los sanguinarios kaibiles de Guatemala, para amedrentar a la competencia desleal.

Cuando estos matarifes se dieron cuenta de que los ríos de sangre que ellos generaban se llevaban en su torrente las ganancias de sus amos, decidieron tomar parte en el negocio. No solamente le entraron al tráfico de drogas, sino que a esta actividad le agregaron otras de sus experiencias, la extorsión, el secuestro y la trata de personas. De ese desfase proviene que al gobierno de México, con sus personeros intercambiados, se le haya hecho bolas el engrudo y las cosas se hayan salido de cauce.

La ficha se repite, como dicta el dominó: se divide el estado de Tamaulipas en las cuatro zonas operativas que el narco había establecido: el norte fronterizo de Laredo a Matamoros; la costa con Tampico como la joya de la corona, el sur en donde El Mante está teñido de rojo desde hace lustros, y el centro con la asustada Victoria que no sabe para dónde moverse. Si la mera regionalización fuese así de efectiva, el conflicto michoacano se hubiera terminado mucho antes de su previsible empeoramiento actual.

Recetarle al enfermo más de la misma medicina que no le ha hecho efecto equivale a, en lo económico, desenterrar todas las posibles teorías para afirmar que México va viento en popa.

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