Lorenzo

Zambrano pertenece a la casta de empresarios mexicanos que vieron al futuro y no le tuvieron miedo.

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Félix Cortés Camarillo 14/05/2014 01:25
Lorenzo

…piova e vento sopportar...
Don Giovanni, Lorenzo da Ponte, con Mozart

 

En Miami, donde éramos vecinos, fue Guillermo Ortega Ruiz, compañero de muchos años, quien me presentó a Lorenzo Zambrano en el llamado Palacio de Vizcaya, en una de las payasadas internacionales de Vicente Fox que amenizaba Jorge Castañeda. Me dio sincero gusto enfrentarlo y lo primero que se me ocurrió decirle, estrechando su mano, fue “mucho gusto, paisano”. No le hizo mucha gracia. El tono se enfrió y el magnate del cemento rompió el trío, seguido de Guillermo. Mi timidez no me permitió aclararle que no estaba yo buscando una cercanía propicia al buen trato; simplemente, me salió en ese momento lo regiomontano y la convicción de que ese hombre de pelo entrecano había hecho por mi país, y por la ciudad que compartíamos de origen, algo muy importante de lo que yo me sentía orgulloso.

Lo volví a ver en la solemnidad de las ceremonias del Tecnológico de Monterrey o en la falsedad de los actos sociales, y no le llamé paisano nunca más ni estreché su mano. Mi convicción de su grandeur no cambió, sin embargo, Zambrano pertenece a la casta de empresarios mexicanos que vieron al futuro y no le tuvieron miedo.

Mangiar male e mal dormir, canta Leporello en la primera escena del Don Juan de Mozart, cuyo libreto escribió Lorenzo da Ponte. No debe haber sido el sino de Lorenzo Zambrano; su padre, Zambrano Hellion, con la adquisición de Cementos Hidalgo y la fundación de Cementos Portland Monterrey, en 1920, no dejó desprotegidos a sus herederos Nina, Patricio y Lorenzo. Pero el verso me lleva a la tal vez más definitiva cualidad de Lorenzo Zambrano Treviño: su actitud hacia la adversidad. A Zambrano le tocó vivir, como empresario primordial del norte de México, la etapa en la que los señores del dinero llenaban sus talegas y se iban a extranjía. Muchos allá siguen.

Lorenzo Zambrano apeló a un nacionalismo ciego, a un chovinismo de corral muy parecido al que me llevó a decirle mucho gusto paisano la única vez que nos vimos. En tapatío se diría no se vayan rajones. En el lenguaje norteño se les diría culeros. En términos de economía política, es el sentido nacionalista que algunos empresarios, pocos, suelen tener cuando sus países se encuentran en crisis. Zambrano se pone en la misma línea que Emilio Azcárraga Milmo, quien le tuvo fe a su país y a su empresa cuando las cosas para su empresa y su país no iban bien. Ellos, como pocos, se asomaron a ver al futuro y no le tuvieron miedo.

El libreto de Lorenzo da Ponte para la ópera de Mozart se llama Il dissoluto punito, ossia il Don Giovanni. A nadie importa qué tan disolutos hayan sido los personajes de esta nuestra ópera ni qué tan castigados hayan terminado. En el fondo de mi lastimado orgullo regio, abrigo el temor de que Cemex, el gigante cementero que Lorenzo Zambrano hizo a partir de la herencia recibida, corra el mismo camino de sus antecesoras grandiosas de la industria norteña y, por ello, la base de la industria nacional. Hoy en día, Monterrey es así: las acereras mexicanas, Fundidora y Hojalata y Lámina, se llaman Ternium, la Vidriera Monterrey es hoy Vitro, y mayormente norteamericana, y las cervezas mexicanas tienen apellido belga o gringo, aunque sigan siendo líderes en el mundo de ese consumo. ¿Qué tan mexicano seguirá siendo el cemento de Cemex? Tal vez a mi paisano Lorenzo no le hubiera dado gusto ver lo que viene.

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