Pasaba por aquí...

La aparición súbita de Kevin Spacey en el mercado de turismo de Cancún tuvo de casual lo mismo que la reaparición de Monica Lewinsky.

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Félix Cortés Camarillo 13/05/2014 02:06
Pasaba por aquí...

Frank Underwood —para los cuates, Francis— es el más popular de los personajes de las series por internet en nuestros tiempos, como en su momento fue JR, de la serie televisiva Dallas, o  por algún tiempo Catalina Creel. Por alguna razón, los malvados son siempre más populares que las niñas buenas. Underwood es un malvado genial y sin escrúpulos, como solamente un político de altos vuelos puede ser. En House of Cards, la serie de, por el momento, 26 capítulos de una hora, se encarga de hacer uso de todos los métodos legales y de los otros para escalar la carrera de las ratas hasta convertirse en Presidente de Estados Unidos. El actor Kevin Spacey es el protagonista de este castillo de naipes que en la simple alegoría es la Casa Blanca, acertada adaptación de una serie británica del mismo nombre. House of Cards, siendo una producción de una casa de televisión restringida, ganó merecidamente el premio de la mejor serie de la televisión estadunidense.

Uno de los ejes centrales de la acción de cada episodio es que nada es casual, y todo lo que sucede obedece a una acción premeditada y es impulsada por motores que buscan un efecto perfectamente identificado. Por ello, la aparición súbita de Kevin Spacey en el mercado de turismo de Cancún la semana pasada, para tomarse una foto con un “presidente de verdad”, como lo es Enrique Peña Nieto, y elogiar los cambios que México está experimentando en su mandato, tuvo de casual lo mismo que la reaparición de Monica Lewinsky, con su memoria restaurada, precisamente cuando Hillary Clinton, la víctima del barato affaire de la becaria Lewinsky con el presidente de Estados Unidos Billy Clinton en la Oficina Oval, se prepara para el ataque frontal y conseguir la nominación para el mismo puesto que su marido ocupó en la dicha oficina.

O, para el caso, la repentina y emocional decisión de la señora Margarita Zavala de Calderón de anunciar que, como una integrante más del cuarto de millón de los socios del Partido Acción Nacional, otorgará el domingo próximo su humilde voto a la pandilla de Ernesto Cordero para vencer a la pandilla de Gustavo Madero por la presidencia del partido.

Para nadie es un secreto que la descomposición de los partidos políticos mexicanos ha tenido la virtud de dejar al descubierto que los implicados en la rebatinga por las posiciones de mando de sus protagonistas tienen en el último sitio de sus consideraciones, si es que acaso la tienen, la integridad, la fortaleza o la fuerza política de su partido. Vamos, ni siquiera se trata de obtener el poder por el afrodisiaco ingrediente que el poder tiene: se trata, simple y llanamente, de los fondos que el generoso Estado mexicano entrega a manos llenas a los actores que se presten a una comedia que se llama política en el capítulo que se disfraza hoy de democracia.

Pasaba por aquí, dice el marido desdeñado; ningún teléfono cerca y no me pude resistir.

Nada es casual. Ni el forzado retraso de la tramitología, torpemente elaborada, de las reformas a los procedimientos electorales que, de la misma manera que la metamorfosis del IFE en un INE desdentado e igual de ineficaz, no servirán para maldita la cosa, si no es que como moneda de cambio, en el juego del reparto de los dineros dedicados a hacernos creer en las casualidades.

Pilón.-Descanse en paz Lorenzo Zambrano, uno de los últimos representantes de una casta de empresarios mexicanos con visión universal.

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