Negrito Sandía

Espero que la publicación de estas líneas no provoque nuevamente la ira de don Eduard R. Malayan, embajador de Rusia en nuestro país.

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Félix Cortés Camarillo 08/05/2014 01:13
Negrito Sandía

…y te sale ¡cataplúm! de la boca, una culebrita loca…

Francisco Gabilondo Soler, Cri-Cri, Negrito Sandía

 

Creo que no hay motivo patente, salvo el morbo propio de mi actual edad, para que recuerde yo con tanta fruición mi primer encuentro con el Diccionario de la Lengua Española (Guerrero Hnos. Sucesores, 1941) el día que regresamos de comprar los libros de texto del tercer año de primaria, cuando mamá comenzaba a forrarlos con papel manila, cumplimentada la lista larga de volúmenes que prometían geografía nacional, historia patria, lecturas e historia universal, entre otros universos.

Todos esos libros nos iban a descubrir galaxias seductoras de realidades que solamente Salgari y Verne pudieron transformar en sueños mayores más tarde. Pero el diccionario, ese pequeñito y rechoncho libro era el objeto primario de nuestra curiosidad. Todos los alumnos del tercero en la escuela Fernández de Lizardi nos zambullimos de inmediato en el diccionario para buscar afanosamente una sola palabra: culo.

Dice, textualmente: culo, m. (esto quiere decir el género de la palabra), las nalgas.

Fin del embrujo.

Yo no sé qué esperábamos encontrar los mocosos de entonces en el libro que almacenaba todas las palabras, incluyendo las malas. Creo, o más bien quiero creer, que en aquel lejano momento entendí que las palabras no son malas ni buenas, sino simplemente palabras, y que es su uso el que les da su calidad. El misterio que envolvía a la palabra culo se desvaneció como gradualmente se iba a ir desvaneciendo todo el atractivo de lo desconocido, lo oculto y lo secreto, a lo largo de la vida. Creo que la segunda palabra que buscamos fue puta.

El día que sea mayor de edad, y te presentes en sociedad, serás grosero y descortés, cuando discutas con un marqués. Ibídem.

Espero que la publicación de estas líneas no provoque nuevamente la ira de don Eduard R. Malayan, embajador de Rusia en nuestro país, para que vuelva a mandar una farragosa e indignada carta por la personal opinión que tengo de su jefe y representado, el señor Vladimir Putin, mandamás de Rusia. Prefiero que los lectores se hagan una opinión propia del señor Putin.

A partir del primero de junio entra en vigor la ley promulgada por el señor Putin que prohíbe el uso de palabras malsonantes en los medios de comunicación, piezas teatrales, películas, espectáculos, conciertos, libros y obras de arte. Quien ose violar esta disposición, si se trata de un particular, deberá abonar al erario de la Federación Rusa dos mil 500 rublos, esto es entre 650 y 750 pesos; si se ejerce un cargo público la ofensa cuesta el doble. Si el mal hablado es persona jurídica la multa será de hasta mil euros, unos 18 mil pesos. En el caso de las películas, si sus diálogos contienen palabras soeces se retirará su permiso de exhibición. Y por ahí va la historia. En todo caso, serán expertos filólogos los que establezcan en cada caso si las palabras empleadas son motivo de sanción. Ante esta disposición, a uno le apabullan cuadros de retraso mental, retroceso en los tiempos, estrechez de pensamiento al extremo.

Uno quisiera volver a los textos de Tolstói, Chéjov, Pushkin, Dostoievski, Maiakovski, Ajmátova, Gorki o Solzhenitsyn, para espulgarlos y tachar con lápiz grueso las palabras “malsonantes”. Y uno quiere recordar si en algún momento por el noble pensar de Karenin no cruzó la palabra puta para juzgar a Anna, su mujer, o si en el archipiélago Gulag los guardianes hablaban de usted a sus reclusos administrados. ¡Carajo! Hasta la estupidez debiera tener límites.

El lenguaje, como todas las entidades vivas que nos comunican, son cuerpos que no admiten bozales ni límites ni represalias ni condenas ni gobiernos ni políticos.

Con el palo que utiliza, el castigo te horroriza. Y después de la paliza me voy a morir de risa.

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