Un pasito pa’delante, dos pasitos...

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Félix Cortés Camarillo 16/04/2014 01:04
Un pasito pa’delante,  dos pasitos...

Las vacilaciones y torpezas del comisionado especial para la Paz y el Desarrollo de Michoacán me han traído, como consumidor de información que soy, por la calle de la amargura. Con la designación de Alfredo Castillo como omnipotente, entendimos todos un mensaje unívoco: imponer la paz, desarmar a los armados y encarcelar a los delincuentes, cualquiera que su filiación fuese.

El primer enigma que tuvimos que enfrentar, cuándo y cómo se iba a hacer efectivo en ese estado, dije iba, el precepto legal de que quien posea y además porte armas de uso exclusivo del Ejército está cometiendo un delito por el que debe, de entrada, ser desprovisto del arma en cuestión y, luego, sujeto a un proceso legal por un delito que fue precisamente el que metió a El Negro Durazo a la cárcel: acopio de armas de uso exclusivo de las Fuerzas Armadas.

Luego, nadie supo contestar a la pregunta de por qué se tolera en el territorio nacional la existencia e impune operación de grupos que —ante la ineficiencia, corrupción e inoperancia de las autoridades formales— toman la justicia por sus propias manos, impidiendo los demás derechos constitucionales, como el de libre tránsito. Tan acostumbrados estamos a que con cualquier pretexto no nos dejen circular por nuestras calles, se nos hizo un derivado natural que las carreteras federales de un país del siglo XXI se convirtieran en coloniales caminos reales de salteadores embozados.

El siguiente subterfugio fue establecer que hay autodefensas legítimas y autodefensas apócrifas, sin que nunca se estableciese la línea divisoria entre unas y otras. Luego se “invitó” a que entregaran a las Fuerzas Armadas las armas ilegalmente en su poder; cuando la amable invitación fue desechada, se pidió que por lo menos acudieran a un registro, petición que tampoco fue atendida. A cada invitación, solicitud, conminación o apremio, los grupos armados condicionaron cualquiera de sus acciones a actos del gobierno federal en contra de otros grupos armados, aparentemente, peores que los autodefensas. La exigencia tenía nombres y apellidos, pidiendo la captura de 14 cabecillas de los llamados Caballeros Templarios, con un señor al que llaman La Tuta a la cabeza.

Todos estos intentos fallidos de aplacar la situación de ingobernabilidad del estado de Michoacán se entreveraron con anuncios de acciones aisladas del gobierno federal, capturando o abatiendo, para usar el verbo del sexenio, delincuentes de monta variada, y con declaraciones alternadamente amenazantes y conciliadoras. Los actos espectaculares incluyen el arraigo del exsecretario de Gobierno y exgobernador sustituto del estado, por presuntos nexos con los peores de los malos de Michoacán, sin acusación concreta

Este ir y venir de actos y verbos de supuesta autoridad ha producido la impresión de que se avanzan dos pasos para retroceder uno o exactamente a la inversa. La última muestra de esta dualidad dicta que los autodefensas entreguen las armas. Si no lo quieren hacer, que las registren y se las lleven a su casa. Si no quieren hacer ambas cosas, que se integren formalmente a las guardias rurales. Por enésima vez, un llamado a decir adiós a las armas. Por enésima ocasión, su eventual cumplimentación está condicionada a la captura de tal o cual truhán. Seguimos caminando al mismo ritmo.

Tal vez la única diferencia ahora es que hay un plazo perentorio. Simbólicamente, las autodefensas —dicen— se esfumarán el 10 de mayo. No vaya a ser que nos estemos acordando pronto de sus progenitoras, porque como el dinosaurio de Monterroso, todavía seguirán ahí.

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