Ya la enramada se secó

El dirigente del PRI-DF se dedicó a reclutar muchachas pobres y necesitadas para convertirlas en sexoservidoras.

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Félix Cortés Camarillo 04/04/2014 02:04
Ya la enramada se secó

Marina Ahedo pasó a la historia mexicana como Graciela Olmos.

Miento, y Marco Antonio Muñiz no me deja mentir: ella fue, simplemente, La Bandida. Compuso, entre otras canciones, una bellísima —entre otras cosas, porque a mi padre le encantaba— y que se llama La enramada, y administró uno de los más importantes centros intelectuales y de cultura en el México del siglo pasado: La Casa de La Bandida, el más prestigiado, visitado y elogiado burdel de la época posrrevolucionaria, y que estaba en las calles de Durango en la colonia Condesa. Yo nunca fui. Como escribió Efraín Huerta: “Yo no tenía ni para el paisaje”.

Pero todo el que fue alguien en los años 40 y subsecuentes en México pasó por La Casa de La Bandida. Hasta donde llega mi juicio y memoria, la casa de La Bandida era más que un lupanar; desde luego que ahí se ejercía en el piso de arriba el ministerio primitivo del mete-saca. Pero a la luz del cognac ahí se hicieron componendas, alianzas y traiciones empresariales, políticas y periodísticas de todo tipo. No se trata ahora de hacer un inventario de su clientela. A lo que voy es que tuvo estilo.

Estilo es la palabra.

Siete Leguas, el corrido que Villa más estimaba, es creación de Graciela Olmos.

El Partido Revolucionario Institucional acaba de darle una inmediata y sospechosa licencia de su cargo a don Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre, jefe del PRI en el Distrito Federal. Don Cuauhtémoc heredó el cargo de liderazgo de su padre, Rafael Gutiérrez, quien manejaba a todos los pepenadores de la basura que se recolecta en la capital del país. Que no son mamadas. El señor de la basura, la pena y la poligamia involuntaria. No haga números; acabará en la corrupción mayúscula. Rafael Gutiérrez, quien comandaba a los seleccionadores de basura por allá en Iztapalapa, se había propuesto tener más de un centenar de hijos. Con la misma, dice el dicho, pero con diferentes mujeres. Su señora esposa, de cotidiana madriza, lo mandó matar a balazos.

Pero don Cuauhtémoc, el hijo, iba más adelante. Como cuenta Yuriria Sierra, excelente reportera que debería regresar al oficio primigenio de esto que llamamos periodismo, la reporteada,  el dirigente del PRI en la capital de la República se dedicó a reclutar muchachas pobres y necesitadas para convertirlas en lo que hoy se llama sexoservidoras. En Insurgentes Norte les decían edecanes. Se trata, claro, de Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre. Se queja, con razón, de ser feo, que lo es. En el periódico sacaba un anuncio solicitando jovencitas como edecanes para el PRI en el DF. Luego resulta que los servicios requeridos eran vaginales u orales. O de los dos. Según el sapo es la pedrada.

Graciela Olmos, La Bandida, hizo de una casa en las calles de Durango una entidad político-cultural, muy cuestionable, si se quiere. Cuauhtémoc Gómez de la Torre, en la tradición genética y política, hizo del PRI en la más larga avenida del continente, la de Insurgentes, en el Distrito Federal, una casa de putas.

Los viejos, los de entonces, ya no somos los mismos, dice Pablo Neruda.

Ya la enramada se secó.

Pilón.- Mi querido Gabriel, donde quiera que estés en este momento, estarás mejor que nosotros.

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