París

Muy lejos de aquí, Anne Hidalgo tomó posesión como alcaldesa de la ciudad luz: Lutecia se llamaba a París en los viejos mapas.

COMPARTIR 
Félix Cortés Camarillo 03/04/2014 02:06
París

                Vuelve a sonreír, a recordar París.

                París, La Oreja de Van Gogh

 

Seguramente, puesto que es gringa de nacimiento, Jersey Vargas demandará a sus padres, que llegaron a California, de Hidalgo y el Estado de México, por haberle puesto tan horripilante nombre. Por el momento, la muchacha de diez años logró la celebridad efímera al conseguir que Francisco, el papa, modificara la agenda de su conversación con el Presidente de Estados Unidos: el Papa cumplió la promesa de mencionarle a Barack Obama el conflicto que las injustas leyes estadunidenses imponen a los hijos de inmigrantes ilegales en su país.

Mario Vargas es un mojado más; uno de los mexicanos que las inteligentes administraciones mexicanas del poder y la economía empujaron a buscar trabajo del otro lado. Para los gringos, un ilegal que fue detenido en Florida, a donde había ido a buscar la escasa chamba para mandarle a su familia, que está en California, dinero para su sustento. Jersey viajó por primera vez en su vida al extranjero y en Roma pudo contarle a Francisco que Mario iba a ser deportado y, en consecuencia, separado del resto de su familia. Por lo pronto, Mario fue excarcelado y pudo abrazar a su hija para la foto de primera plana.

Muy lejos de aquí, Anne Hidalgo tomó posesión como alcaldesa de la ciudad luz: Lutecia se llamaba a París en los viejos mapas. La señora Hidalgo, de 55 años, es la primera mujer que ocupa ese cargo, habiendo de paso salvado a los socialistas del fracaso enorme de las elecciones recientes. No solamente eso, Anne Hidalgo nació en Cádiz, hija de un socialista republicano que tuvo que emigrar, cuando la niña tenía dos años, a buscar trabajo, como los padres de Jersey Vargas.

¿De qué va todo esto?

De que el concepto de Estado-país ha pasado a mejor vida. De que las migraciones le han ganado la batalla a los nacionalismos de corral. De que no solamente es familiar la imagen de negros jugando en los campos de futbol europeos con la camiseta de Suecia u Holanda, sino que el directorio telefónico de Londres o Nueva York puede tener más apellidos hispanos que el de Huelva. Nos empeñamos, con la globalización, en que somos ciudadanos del mundo; sacamos a los moros de Andalucía y a los judíos de sus tierras. Los pobres de nuestro continente se fueron al norte, a buscar la papa. Hoy no nos debe sorprender que puedan mover voluntades pontificias o destinos manifiestos a la ribera del Sena.

París valió una misa, según Enrique de Navarra, luego coronado Enrique IV, gracias a su conversión al catolicismo. El mundo entero vale la conversión colectiva a una sola nacionalidad, la que no separe a las familias de los miles de Vargas que en California, Virginia, Texas o Florida corren el peligro de ver sus familias escindidas y muertas, porque no todo el mundo tiene la suerte de hablarle al oído al Papa.

Comparte esta entrada

Comentarios