En un bote de vela

A diferencia de su epítome naval, la corrupción mexicana es un barco inmenso que no puede, por ningún motivo, naufragar.

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Félix Cortés Camarillo 17/03/2014 01:27
En un bote de vela

                Que no podía, que no podía, que no podía navegar…

                Un barco chiquito. Canción infantil

 

La fábula dice que el capitán siempre se hunde con el barco; por lo menos, que es el último en abandonar la nave. Vino a mi mente la historia porque me enteré en las noticias de que los piratas de Oslo —y no es un equipo de beisbol— se hicieron del barco OSA Goliath en las aguas de Oranjestad, que es la capital de Aruba, colonia disfrazada con el vestido de país autónomo insular de Holanda. Don Fredrik Lundberg, director de Norsk Tillitsmann, empresa que maneja dineros, puso a trabajar su GPS, encontró la nave, ordenó que se confiscara, consiguió el aval de una magistrada arubeña y luego mandó por internet una carta a sus accionistas diciéndoles que va a vender el barquito para resarcirse de algo de los daños ocasionados por los fraudulentos de Oceanografía, S.A. de C.V. Haz de cuenta las autodefensas de Michoacán, pero a lo bestia: si no hay autoridad, la autoridad soy yo.

Bien. Pero, como dicen las películas gringas que nos hacen reír, ¿dónde estaba el piloto? Alguien le advirtió al capitán, cuando bogaba por alguno de los siete mares, que su compañía matriz andaba haciendo aguas, y que ni se le ocurriera acercarse a las costas mexicanas porque chance y acababa en el otro bote. Alguien siguió proporcionándole vituallas y fondos para seguir navegando y alguien le dijo adónde dirigirse. Evidentemente una orden equivocada.

Hasta parece historia digna de Salgari. Pero estamos en el siglo XXI, y, precisamente cuando todos los intentos de abogados y cabilderos de Pemex y de Oceanografía pretenden volcar la atención del bosque a los árboles, se aparece el enorme buque.

Se parece mucho al juego de la papa caliente que entre los que hicieron las vías de la Línea 12 del Metro capitalino, el señor Horcasitas, los que entregaron los trenes y los bobos de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal han decidido escenificar.

Las artes adivinatorias no están en el palmarés de este escribidor. Sin embargo, apuesta todo su conocimiento cancionero contra lo que quieran poner, a que no habrá uno solo de los funcionarios del Metro, de la administración de Marcelo Ebrard, del proyecto de la Línea 12, o de otra instancia de quienes se dedican a gastarse —y robarse— el dinero que pagamos en impuestos los que pagamos impuestos, que resulte responsable del inmenso gasto inútil de la Línea 12 del Metro. De la misma manera que nadie sabe, nadie supo del destino de los dineros robados por la Estela de Luz, del fraude con la venta de ferrocarriles nacionales de México, de los negocios de los hermanos Bribiesca Sahagún... (aquí puede usted agregar lo que le plazca; más bien lo que le enoja).

El asunto es de navegación. A diferencia de su epítome naval, la corrupción mexicana es un barco inmenso que no puede, por ningún motivo, naufragar. Seguirá siempre a flote, por más hoyos que se hagan a su línea de flotación. Y la orquesta seguirá tocando, consciente de que el barco no se va a hundir.

Y si la canción se les ha parecido larga, volveremos a empezar.

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