El ausente

El asesinato de Colosio fue la circunstancia fatal que cambió los destinos no solamente de nuestra realidad política sino del mismo PRI.

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Félix Cortés Camarillo 06/03/2014 01:04
El ausente

Llamarle sana distancia a la relación que tuvo Ernesto Zedillo con el partido que lo llevó a la Presidencia de la República es negar burdamente la evidencia de que el hombre poco tuvo que ver realmente con una militancia política determinada. El asesinato de Luis Donaldo Colosio fue la circunstancia fatal que cambió los destinos no solamente de nuestra realidad política sino del mismo Partido Revolucionario Institucional que, aunque sus dirigentes quisieran, ya no volverá a ser el mismo. De hecho, todos los partidos políticos mexicanos han dejado de ser siquiera sombra de lo que fueron.

A 20 años de distancia y celebrando sus 85, el partido tricolor demostró su proclividad al olvido. Si bien rindió homenaje a su fundador, Plutarco Elías Calles, tuvo el buen cuidado de omitir el nombre de Colosio en la celebración, así fuera por lo menos en la lista de su martirologio. Un asunto que puede parecer trivial, pero que no lo es.

Mucho menos lo es el enjundioso orgullo de ser priista que el presidente Peña Nieto subrayó en su discurso. Es el retorno del que andaba ausente, el primer priista del país. Para que no quede duda del protagonismo que ya ejerce, Peña Nieto se integra al Consejo Nacional del partido que es, en el papel, quien determina los destinos del PRI. Cualquier semejanza con los regímenes soviéticos en los que el jefe del Ejecutivo era a la vez presidente del gobierno, jefe de las Fuerzas Armadas y primer secretario del comité central del partido comunista, debe ser mera coincidencia.

Está película ya la vimos en varias versiones. Las finanzas de México se manejan en Los Pinos, le dejó claro en mayo de 1973 Luis Echeverría a Hugo B. Margáin cuando el secretario de Hacienda quiso oponerse a las finanzas populistas. La presidencia de Peña Nieto no es solamente el regreso del PRI a Los Pinos; es el resurgimiento de un concepto centralista, consolidado y vertical del presidencialismo tradicional que a Zedillo no sedujo.

El acuerdo hacendario que pretende mitigar los dolores de la injusta reforma tributaria que ya hace estragos en la economía de los mexicanos, parece ser una meliflua concesión a nuestras llagas. No habrá nuevos impuestos hasta el último día del mandato del actual Presidente ni se modificarán las tasas tributarias, salvo excepciones catastróficas de la macroeconomía, imprevisibles e independientes de nuestra voluntad. ¿Qué no era esa facultad privilegio del Legislativo? Y, lo que es más importante: si la nueva estructura administrativa y fiscal de Pemex, que nadie nos ha dicho cómo será, va a disminuir la aportación enorme que la petrolera hace al erario, y al mismo tiempo el ingreso fiscal solamente se elevará gracias al doloroso impuesto a las bebidas azucaradas y a las botanas fritas, ¿de dónde obtendrá el Estado recursos para llevar al cabo los proyectos de apoyo social, servicio universal de salud, protección al desempleo y destrabe de los sistemas de pensiones?

Los empleos que el país necesita para recuperar alguna esperanza no se podrán generar mientras no se libere el gasto público ni se resuelva la quiebra de las tres principales empresas constructoras de vivienda del país. Si ya llegó el que andaba ausente y ese no perdona nada, es de esperarse que un Presidente orgullosamente priista retorne a las prácticas de sus antecesores haciendo derrama de recursos que den trabajo a los millones de mexicanos que se mueren de ganas de pagarle al fisco impuestos por sus ingresos. Para todos es gratificante que se denuncie a los pillos y eventualmente se les persiga y se les decomisen los enormes envíos de mineral de hierro de contrabando. Pero eso no alimenta.

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