De nombre Joaquín Murrieta

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Félix Cortés Camarillo 05/03/2014 01:25
De nombre Joaquín Murrieta

Hasta Walt Disney nos contó la historia de Robin Hood, pero  no todas las historias de bandidos son tan idílicas.

Joaquín Murrieta, presunto soldado chileno del presidente Bulnes, trajo asolada a la alta California, a mediados del siglo XIX, como jefe de la banda de los cinco Joaquines, después de conocer discriminación y explotación por parte de los mineros chinos en la fiebre del oro. A Jesús Malverde se le conoce menos, aunque se le venera más; ni siquiera su lugar y fecha de origen es tan claro como el de Heraclio Bernal, lector de Bakunin y Marx, inspiración de Pancho Villa y autor de una de las versiones de la frase “todas las riquezas son producto del robo, y los ricos ladrones”. Nació en San Ignacio, Sinaloa, un 28 de junio de 1855. Jesús Arriaga, veracruzano él, robaba a los ricos y repartía el producto a los humildes, vestido con la elegancia de los “rotos” de entonces; de ahí  el apodo de Chucho.

La fascinación que estos mexicanos del siglo antepasado ejercen todavía, nace de un patrón constante y de tono telenovelero: un muchacho de origen humilde, que circunstancialmente sufre y enfrenta a la injusticia social, y se convierte en delincuente al entender que sólo así se puede hacer la ansiada riqueza grande. Eventualmente, “salpica” con sus ganancias a los pobres que le circundan, le ayudan, le sirven y le admiran. Como a El Chapo Guzmán en Culiacán, Sinaloa, donde centenas de hombres y mujeres, acompañados de niños de brazos, han marchado estos días por la arteria principal de la ciudad, unos pidiendo su excarcelación, todos rechazando que no sea extraditado.

Líbreme Dios —y el procurador Murillo Karam— de hacer apología del delito. Guzmán Loera tiene amplias y diversas cuentas con la justicia, y como cualquier hijo de exprimera dama, debe pagar por aquellas que se les comprueben. O que ya se les comprobaron. Que pague todo aquel que deba.

En Desde la Fe. Semanario Católico de Información y Formación, al redactor se le fueron las cabras al monte al escribir sobre estas marchas sinaloenses que indignan al procurador de la República. Equivocado en el verbo, el redactor escribe: “Causa admiración la convocatoria para marchar a favor del delincuente y exigir su excarcelación”. Salta a la palestra la, ella sí, admirada María Moliner, afirmando: “admirar. Experimentar hacia algo o alguien un sentimiento de gran estimación...”. Seguramente el autor no quiso escribir lo que escribió. Pero sigue en sus andanzas: “¿Quiénes estuvieron detrás de la marcha? ¿Quiénes fueron comprados por el dinero de El Chapo para apoyar la narcomarcha?”

Me queda claro que los que desfilaron  en Culiacán, de La Lomita a Catedral, ejercieron su derecho constitucional a manifestarse, como lo hacen un día sí y otro, también frente a mi oficina, los del SME, la Coordinadora, los panchosvillas y similares, escoltados cuidadosamente por la policía del DF para que nadie los toque ni con el pétalo de una mentada de madre. Igualmente creo que algunas de esas personas fueron llevadas por esa ciega admiración que provocan a veces los bandidos, por ejemplo, algunos políticos. Cierto es también que muchas fueron convocadas por el embrujo de algún estipendio, en efectivo o en especie.Pero si me preguntan, desde la fe, quiénes estuvieron detrás de la marcha, yo puedo contestar que detrás, al frente y a los lados estuvo la policía. Vestida de azul, con chalecos antibalas y portando armas de uso exclusivo de los narcos.

No solamente eso: disparando —afortunadamente al aire— sus robustas armas automáticas frente a hombres, mujeres y niños de brazos, cuyo único armamento eran cartulinas, mantas, cuidadosa y onerosamente impresas, y acaso una camiseta y una torta, seguramente de callo de hacha.

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