Amor de la calle

En esta columna todos los acusados son inocentes mientras no se demuestre su culpabilidad.

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Félix Cortés Camarillo 19/02/2014 03:41
Amor de la calle

Yo, en mi niñez, boleaba en El Trébol.

Nunca supe el origen del nombre. Era un barrio sórdido del noreste de mi ciudad, que los periódicos llamaban la zona de tolerancia; mi abuela, el barrio de las putas, y mi padre, la zona roja. Recuerdo el lugar vívidamente con sus casitas estrechas y de un cuarto, sus calles sin pavimentar, sus cantinas en las esquinas donde una pieza de baile acompañado costaba veinte centavos, mi cuota por lustrar un par, con enjabonada, tinte y rechinido de la pana incluidos.

Yo prefería caminar hasta allá o llegar en camión, antes que quedarme a esperar clientes en la peluquería de Mena; en El Trébol cada boleada me redituaba por lo menos un peso entero por tres razones: los clientes andaban alcohólicamente generosos, y el mocoso merecía más que un veinte;  el polvo de las calles —en su caso, lodo— obligaba a una limpieza antes de entrar al “cuarto”. Tercero, las que ahora se llaman sexoservidoras tienen latente —casi siempre patente— un instinto maternal e inducían la propina. Sí, el oficio de bolero debe ser tan antiguo como los zapatos.

Desde que yo tengo recuerdo de esta ciudad —y de todas las ciudades en las que he estado— el colectivo está en mi memoria por los lugares en donde el pecado deja de ser placer para convertirse en negocio. El lugar en donde mujeres tristes de la vida alegre se apostan en las esquinas lo más provocativamente desvestidas que se pueda, y el clima lo permita, a ofrecer eso que llaman amor rápido a cambio de eso que llaman dinero fácil. En la Ciudad de México era el parque de La Lama, por el apellido de sus dueños, que luego se asociaron a un asturiano para que edificara el World Trade Center; el Viaducto Tlalpan con sus mínimos e incómodos hotelitos en la acera poniente, y siempre las calles de Sullivan. La otra mañana me encontré sorprendiendo a unas rollizas matronas prostitutas en la acera del Museo de San Carlos y eso fue, para mí, sorpresa.

Pero Sullivan es otra historia: siempre ha estado ahí. Como el oficio de bolero.

Lo que también ha estado ahí, permanentemente, es nuestro fingido asombro. Cíclicamente descubrimos que hay suripantas, que cobran por acostarse con los hombres, que ocupan los hotelitos del vecindario, y, claro, que sufren y son explotadas por antiguos novios, pasajeros amantes y —sobre todo— protectoras madres sustitutas que les administran, les dominan, les quitan los hijos, les roban el dinero, les golpean y eventualmente les matan a la menor insurgencia. Y, ¿no sabíamos esto desde hace más de 50 años? ¿Cuántas mujeres seducidas, pobres, ignorantes, en lo mejor de su juventud no trotaron esas calles, se acostaron con 30 hombres distintos cada noche y entregaron la paga a quien tenía su vida en las manos? ¿Cuántos delegados, inspectores, oficiales, agentes, ministerios públicos, jueces, bebieron de las fuentes puercas de esos dineros del “amor” vendido?

La única novedad, tal vez, es que ahora sabemos que una de esas presuntas madrotas asumía el papel de protectora de las sexoservidoras; era recibida por legisladores, autoridades municipales y —but of course— defensores de los derechos humanos. Dícese de María Alejandra Gil Cuervo que hasta en Los Pinos estuvo y que es presidente de la Asociación Pro Apoyo a Sexoservidoras, A.C .  Su principal competidor es Reynaldo Esquivel, El Konkistador, quien domina el territorio de esa impoluta delegación desde la presumible comodidad de una cárcel mexicana, que para todo hay.

Contrario a los usos y costumbres del sistema jurídico mexicano, en esta columna todos los acusados son inocentes mientras no se demuestre su culpabilidad. Este escribidor está seguro de que en éste, como en otros casos, los culpables de proxenetismo, explotación, maltrato y trata de personas terminarán con sus huesos en la cárcel, como siempre ha sido.

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