Quítese de ahí, mi padre

La política es algo tan serio e importante que no debiéramos dejar a los políticos que se hagan cargo de ella.

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Félix Cortés Camarillo 22/01/2014 04:06
Quítese de ahí, mi padre

El peculiar estilo de hacer política que se practica en México, ha propiciado con singular frecuencia la entusiasta representación espontánea de sainetes lamentables, comedietas ruines, óperas bufas y hasta tragedias cuasi helénicas.

No es un dato para celebrar. Los griegos nos dijeron que la política es la sublimación de la actividad humana. Platón afirma que uno de los castigos por rehusarnos a participar en la política es terminar gobernados por nuestros inferiores. La política es algo tan serio e importante que no debiéramos dejar a los políticos que se hagan cargo de ella. Especialmente no a sus partidos políticos.

De manera particular, en los últimos 50 años el deterioro del oficio político se ha agravado en las áreas principales de su frustración: la corrupción y la ineficiencia, que termina siendo una forma de corrupción. El partido tradicional del poder en México ha logrado permear sus prácticas turbias e ilegales a las otras dos organizaciones fuertes de la política, una, identificada tradicionalmente con la derecha y, la otra, que se atribuye sin mérito alguno la titularidad de la izquierda.

Izquierda y derecha en México tienen una digna trayectoria de lucha política desde la oposición. Perseguida la una y desdeñada la otra, el PC, PSUM y el PAN demostraron durante decenios ser partidos políticos más consistentes que el PRI: ellos sí tenían una ideología definida y firme, un programa y un proyecto. El PRI se había sacado el poder en la piñata que la Revolución Mexicana destrozó a batazos fieros.

En los últimos 40 años, a partir de la reforma política que inventó Jesús Reyes Heroles, la oposición recibió una inyección de recursos y posibilidades. Decenas, si no centenares de oportunistas de la política se pusieron a aprovecharlas. Unos fueron a engrosar el padrón enclenque del PAN, otros fueron apoderándose de los grupos dispersos de la izquierda. En ambos casos no se trataba de hacer política, sino de agandayar posiciones y dinero.

En estos días, el PAN ha expuesto sus vergüenzas de una manera desastrosa a raíz de la lucha intestina por la sucesión en la dirigencia nacional del partido. Se filtra información sobre las prácticas de chantaje y rapiña con recursos públicos, se interceptan llamadas telefónicas de prominentes panistas denostando e insultando sus compañeros de partido. Los protagonistas airados se quejan de espionaje ilegal. La dirigencia actual recurre a todas las triquiñuelas para perpetuarse en el poder.

La gran lección de todo es que durante su paso por el poder omnímodo que da la Presidencia de la República en este país, el PAN le aprendió todas las mañas al PRI, las perfeccionó y las llevó a práctica virtuosa. No solamente demostraron poder ser igual de corruptos que los priístas o igual de ineficientes. Probaron que podían superarlos en ambas materias. Todo esto mientras el gran titiritero de este gran guiñol, Felipe Calderón Hinojosa, “el hijo desobediente”, regresa al país luego de su relajada estadía en Harvard, un año de activismo a distancia.
Y, a lo que se ve, viene más bravo que un león.

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