Putín

El movimiento olímpico y sus proclamados ideales están sufriendo, ya, en Sochi, por la actitud del Presidente ruso.

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Félix Cortés Camarillo 20/01/2014 01:40
Putín

El que no hace lo que quiere, puto.

Puto se nace, puto se muere.

Molotov, Puto, 1997

 

Nunca lo pregunté, nadie me lo explicó, pero tampoco era necesario. Está claro que el movimiento en favor de los derechos de homosexuales, lesbianas, transexuales, etcétera, tiene como símbolo una banda, bandera, estandarte multicolor, que expresa el credo y la vocación del respeto a la diversidad. Si hubiera sido posible, incluiría todos los colores del espectro, del infrarrojo al ultravioleta. El sentido es el mismo.

Lo menciono porque el otro día, en el bello resort de Krasnaya Polyana, cerca de Sochi, le hicieron una pregunta obligada a Vladimir Putin, el zar de la Federación Rusa: uno de los jóvenes “voluntarios”, seleccionados para atender deportistas y visitantes en los Juegos Olímpicos de Invierno del 7 al 23 de febrero próximo en ese sitio, preguntó cándidamente por qué, si en Rusia detestan a los homosexuales, el uniforme que estos jóvenes han de llevar tiene la bandera del movimiento gay.

Putin no hizo alusión a que las franjas multicolores de ese uniforme son las de los aros del movimiento olímpico, que en esencia llaman también a la convivencia en la diversidad, y no al de los “desviados”. Dijo, sin embargo, que en Rusia, a diferencia de otros países —y mencionó estados de la Unión Americana—, la homosexualidad no está prohibida. Lo que es perseguido es su apología y su exégesis. En otras palabras, dijo que los homosexuales podían hacer lo que quisieran pero que dejaran en paz a los niños rusos, y que no hicieran propaganda gay.

Los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi estaban ya amenazados, y lo siguen estando, por la posibilidad de atentados terroristas como los realizados hace unas semanas en Volgogrado y la provincia de Stavropol. Los frecuentes pronunciamientos homofóbicos de Putin plantean una amenaza de otra índole. En la comunidad olímpica que irá a Sochi habrá lesbianas y homosexuales; puede ser que suban al podio a recibir medallas. Puede ser que saquen sus emblemas en ese momento, como lo hicieron las panteras negras de México 68, y Putin no es el tolerante Díaz Ordaz, pese a la fama de éste.

Pero más allá del escándalo, la actitud discriminatoria del zar ruso es contraria al exageradamente elogiado ideario, tolerante e incluyente del Barón de Coubertin: los Juegos Olímpicos actuales distan del idílico sueño de generoso fomento al deporte amateur. No obstante, en los Juegos Olímpicos persiste el mito de la convivencia de todas las naciones, independientemente de sus credos, razas, regímenes políticos o, se infiere, preferencias sexuales de sus súbditos.

La contaminación política en los Juegos Olímpicos tiene tradición en Moscú. Los juegos de verano en 1980 fueron boicoteados por Estados Unidos y países que quisieron secundar su condena a la invasión de Afganistán por la Unión Soviética: solamente 80 delegaciones de las 147 posibles fueron a Moscú, y el balance final de medallas fue naturalmente: URSS en primer lugar, República Democrática Alemana en segundo y Bulgaria en tercero. Digamos que fue una reunión familiar.

Aun en el caso deseable de que los terroristas chechenos no hagan a los atletas y turistas víctimas inocentes de su lucha llevada por caminos equívocos, el movimiento olímpico y sus proclamados ideales están sufriendo, ya, en Sochi, por la actitud del Presidente ruso. Uno no puede dejar de pensar que dentro del disfraz de un homófobo rabioso hay un homosexual en potencia, cuyo único defecto es la negación. O, como canta Molotov : “que muy machín, ¿no? Marica, nena, más bien putín, ¿no?”.

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