Un ballo in maschera

En 1994, México despertó con la noticia de un levantamiento armado y un nuevo personaje de la iconografía mediática: Marcos.

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Félix Cortés Camarillo 30/12/2013 00:00
Un ballo in maschera

La ópera de Guisseppe Verdi comenzó llamándose La Vendetta y era sobre el complot para asesinar al rey Gustavo III de Suecia por un lío de faldas. Por la censura, tuvo que llamarse Un baile de máscaras, ambientada frecuentemente en Boston.

Sucede así con las maromas de la historia. En 1994, México despertó al Año Nuevo con la noticia de un levantamiento armado en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, y un nuevo personaje de la iconografía mediática: Marcos. A lo largo de estos años ha quedado perfectamente claro que lo que fue una manifestación tal vez espontánea de un problema ancestral se convirtió en un circo mediático merecedor de portadas de revistas europeas, un interés temporal por la problemática indígena mexicana, un padroteo político de todos los que pudieron meterle mano al asunto y un subterfugio más para seguir olvidando a los olvidados, los indios de México.

Veinte años después, los indios mayas de Chiapas siguen sufriendo la misma miseria, injusticia, explotación, alcoholismo, ignorancia y desprecio que sufrían en 1994 y han sufrido durante los cinco siglos anteriores. La única diferencia, si la hay, es que ya salieron en los periódicos y la televisión del mundo entero y que Marcos ha vendido impresa su efigie en camisetas.

Los gobiernos sucesivos de Zedillo, Fox y Calderón desaprovecharon la oportunidad que la exposición —puesta de moda— de la pobreza chiapaneca les daba para hacerse cargo de un lastre histórico; además de significarse por el tantas veces y en todos los tonos proclamado interés por la justicia social, hubieran proporcionado, seguramente sin darse cuenta, bases para el desarrollo económico de una amplia zona de nuestro país, de abundante riqueza natural.

Marcos, tolerado por el sistema como un atractivo turístico más, especialmente después de su caravana escénica llamada “la otra campaña”, bajo el patrocinio de los gobiernos federal, estatales y municipales, sigue por ahí como objeto nostálgico. No se debe descartar que en un intento de ahogado trate de ocupar espacios televisivos y notas periodísticas con algún mensaje supuestamente poético o alguna acción supuestamente militar. Los mexicanos, acostumbrados como estamos a cinco cuerpos decapitados aquí, 12 acribillados allá y diez fosas clandestinas acullá, estamos curados de espanto.

Los que se empeñan en no aprender la lección son los señores que nos gobiernan. En lugar de arremangarse las camisas y meter las manos en la problemática de un buen porcentaje de la población, siguen fingiendo que no existe. En el año 2000, según datos del INEGI, arriba de seis millones de personas mayores de cinco años; 7.1% de la población de hace trece años. Más de seis millones de mexicanos que andan por ahí, pidiendo limosna en las esquinas, vendiendo chicles, maltratados y olvidados.

El fracaso de Marcos y su pequeña o grande gavilla es irrelevante, en este baile de máscaras en el que a Rafael Sebastián Guillén no le sirvió de mucho su paliacate; es un fracaso escénico solamente. Lo único que su ópera bufa, nos embarra en la cara, es el fracaso del resto del país en la atención de nuestros indios. El fracaso de los que, como toda la clase media, ante los fenómenos de injusticia sólo sabemos expresar lástima, y el fracaso de las autoridades que hacen de manifiesto, como siempre, indolencia.

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