Que veinte años no es nada

Ya son 20 años transcurridos desde que el subtomandante Marcos esgrimió el tema del atraso indígena en Chiapas para su farsa mediática. Pero el abandono de nuestros indios no tiene 20 años ni se da solamente en el sureste mexicano.

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Félix Cortés Camarillo 27/12/2013 00:50
Que veinte años no es nada

Están por cumplirse 20 años del teatral levantamiento del llamado Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas que, por cierto, no ha retirado su declaración de guerra al Ejército mexicano. A propósito de la efeméride cercana, Leticia Robles de la Posa dio a conocer ayer en Excélsior un Programa de Derechos Indígenas, a echarse a andar por el gobierno el año próximo, que es la semana que viene, consistente en lo esencial en asignar una serie de partidas a tareas específicas de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas.

En pocas palabras, que los dineros dedicados a ayudar a nuestros indios marginados tendrán nombre y apellido: 80 mil pesos por familia desplazada para adquirir tierras, materiales para hacer una casa o insumos para producir; 175 mil pesos por proyecto para gestoría en conflictos agrarios; 200 mil pesos por proyecto para defensoría y litigios en materia penal y civil; 75 mil pesos por proyecto para capacitación y difusión en materia de derechos indígenas. Un millón 700 mil pesos para abrir y mantener casas de la mujer indígena. Sí, es cierto: pueden acabar como las casas del agrarista que había por doquier y servían para nada; los defensores se pueden clavar la lana, los coyotes esquilmarán los 80 mil para el solar y los mercaderes encarecerán los ladrillos y las láminas, pero ¡algo hay que hacer para pasar de la retórica a la acción en todas partes!

Particularmente en el tema indígena.

La reportera hace hincapié en los 20 años transcurridos desde que el subtomandante Marcos —dice subtomandante— esgrimió el tema del atraso indígena en Chiapas para su farsa mediática. Pero el abandono de nuestros indios no tiene 20 años ni se da solamente en el sureste mexicano. Nuestros indios tienen siglos de abandono, en lo que no han recibido más que discursos, conmiseración, limosna y desprecio.

Es que con toda la buena intención que anime este programa, y todo el éxito que pueda tener en la consecución de sus metas, siempre nos quedaremos cortos. Porque no se trata solamente de ponerle un abogado que hable su lengua a cada indígena mal juzgado en tribunales penales o mercantiles, o darles curso de macramé a sus mujeres analfabetas que saben bordar y tejer mejor que cualquier hilandera de Vermeer. El asunto es integral y magno, precisamente por el retraso que registra en su atención. Y saltan de inmediato las palabras salud, educación, trabajo, vivienda. Y, sobre todo, lo que más le hemos escamoteado a los indígenas mexicanos, en la sierra de Chihuahua, la Selva Lacandona, la Región Mixteca o el Valle del Mezquital: trato digno.

Y, si se puede, darles lo que más necesitan estos programas de apoyo: supervisión. Evitar a toda costa que la endemia de la corrupción llegue a esos fondos, que si se les califica de escuálidos o de robustos, siempre serán insuficientes para dar un abono en la cuenta que tenemos los mexicanos como deudores hacia nuestros indígenas: no creo que saldarla sea realmente posible.

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