La cama vacía

Los usos y las leyes de nuestro país no están acostumbrados a rendir cuentas públicas de cómo está el señor Presidente...

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Félix Cortés Camarillo 04/12/2013 02:00
La cama vacía

Bueno, pues resulta que Andrés Manuel López Obrador no puede estar hoy para ponerle un cerco al edificio del Senado de la República, en rechazo de la inevitable reforma en energéticos, y para exigir que, una vez aprobada ella, sea sometida en un futuro a un plebiscito. No puede don Andrés Manuel rodear la dizque Cámara alta, en primer lugar, porque ya se le adelantó el gobierno, armando un muro berlinesco de planchas de acero, que no solamente circunda ese elefante blanco que anida a nuestros senadores, sino que se ha hecho extensivo al Monumento a la Revolución y otros reductos de los tolerados y apapachados maestros, coordinados para romper el orden y la calma de la capital del país y minar la gobernabilidad de México. Pero no se puede sitiar lo que sitiado ya está.

En segundo lugar, y es de lamentarse, no puede encabezar el acto porque reposa luego de una cirugía emergente vía cateterismo, en un hospital del sur de la ciudad. Ha trascendido, y es loable, que su estado de salud le permitirá abandonar el sanatorio en cuatro días, lo que indica una recuperación muy buena para un sesentón. Ojalá que su plena recuperación sea pronta y él pueda seguir aportando, a través del liderazgo que sin duda ejerce, opciones a la acción política de nuestro país.

Pero el colapso de la salud de López Obrador, como hace meses la operación a la tiroides del presidente Enrique Peña Nieto, vuelve a poner sobre la mesa la importancia que permanentemente tiene y que sólo circunstancialmente evidencia la salud de los hombres públicos: creciente en la proporción de su poder e influencia.

La historia política de la humanidad abunda en casos en que la salud de un prominente personaje modifica de manera esencial el curso de las cosas. No me refiero a los trastornos violentos, como el atentado contra Ferdinand d’Este, en Sarajevo, o a la muerte de Colosio, en Lomas Taurinas. Me refiero a que usualmente, asumimos que los líderes de todo tipo son inmortales, están hechos de otra materia y sus cuerpos y sus mentes no se sujetan a las leyes de la química y la física que nos rigen a todos. Generalmente, eso nos lleva a que la ausencia intempestiva de un líder coja a sus seguidores sin un repuesto. En el caso de los gobiernos, ese hecho suele conducir a sospechas gratuitas: la juramentación de Lyndon B. Johnson como presidente de Estados Unidos a bordo del Air Force One estaba prevista en los protocolos pragmáticos de ese país; necesitado como estaba de sospechosos, hizo al vicepresidente blanco de sus pensamientos.

López Obrador se va a poner bien. Peña Nieto goza de una evidente buena salud. Pero, en el caso del primer mandatario, los usos y las leyes de nuestro país no están acostumbrados a rendir cuentas públicas de cómo está el señor Presidente, qué le aqueja, cómo está su salud. La experiencia reciente con Vicente Fox solamente acudió a especulaciones que acabaron confirmándose sobre el desequilibrio emocional del Presidente de México y su dependencia a ciertos fármacos. En Estados Unidos, si Obama o Clinton se operan una callosidad, el asunto es público y no causa rumor alguno. Nuestra secrecía tradicional evita una conducta así.

El hecho de que el mal de López Obrador se haya sabido con rapidez y que se haya proporcionado información suficiente, da una voz de aliento para que la salud privada de nuestros hombres públicos sea conocida.

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