Lo evidente invisible

Sin profesar ninguna religión quiero suponer que una forma de rendir homenaje al Creador, a Dios en sus múltiples versiones, es respetando todas las expresiones de la vida. Quienes agreden a los seres vivos atentan en contra del Dios de Víctor Hugo.

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Federico Reyes Heroles 15/04/2014 00:45
Lo evidente invisible

No profeso ninguna religión. De todas las definiciones de Dios con las que me he topado me quedo con una: “Lo evidente invisible”. Ese Dios de Víctor Hugo me aparece en el firmamento, en un atardecer, en la Luna ahora en plenitud, en la belleza de las plantas repletas de sabiduría, en todos los animales, en el mar y sus profundidades. Qué decir del diseño de los seres vivos, de las aves, de los equinos, de los canes a punto de pensar, de los felinos. Del ser humano cada vez sabemos más de sus delicadísimos mecanismos. Ese Dios de Víctor Hugo se me aparece en todas partes, en la vida como una maravilla que tratamos de descifrar todos los días sabiendo que es una tarea infinita. La Creación o el Creador, ese origen primigenio del todo ha sido y es punto de partida de bellas especulaciones. El agua para Tales, el motor increado para Aristóteles. Especulamos pues intuimos los límites de la razón.

Sin profesar ninguna religión quiero suponer que una forma de rendir homenaje al Creador, a Dios en sus múltiples versiones, es respetando todas las expresiones de la vida. Quienes agreden a los seres vivos, por supuesto a los humanos, pero también a un perro o matan aves por diversión, atentan en contra del Dios de Víctor Hugo, agreden a las creaciones de Dios. Uno supondría entonces que los países con extendidas y fuertes expresiones religiosas debieran ser también aquellos en los que predomine el aprecio por la vida. La ruta de razonamiento ha producido líneas muy sugerentes, pues sin duda parte de eso que llamamos civilización se expresa en la forma como el ser humano se vincula con su entorno. Recomiendo dos textos, el de J. Donald Hughes La ecología en las civilizaciones antiguas, y Colapso de Jared Diamond.

La tesis se ratifica, el conocimiento y respeto hacia el entorno, hacia la vida, expresan el grado de civilidad de una sociedad. Observen el paisaje que rodea al Partenón, nos pide Hughes, quien destaca la expresión griega oikouméne, el hogar de toda la humanidad. La portada del libro de Diamond es Edzná, el bellísimo centro ceremonial maya en Campeche. Los dos coinciden: cuando una cultura no sabe leer y cuidar su entorno se provoca el colapso. Vayamos al caso mexicano. Cuando Humboldt cruzó por lo que hoy es Chilpancingo registró al sitio como uno de los más verdes y ricos de lo que ahora llamamos flora y fauna. Tiene todo para serlo. Al igual que en Jalapa, la cercanía con la costa le proporciona baños de humedad que propician el crecimiento de oyameles, encinos y otras variedades de las cuales todavía quedan rastros en Agua de Obispo.

Chilpancingo es sólo un ejemplo de la brutal destrucción de la cual somos responsables los mexicanos. Las columnas de humo que se levantan en esta época por todo el territorio nacional y que terminan conformando una nata que cubre al país hasta que llegan las lluvias, son ya una tradición. Los incendios forestales se cuentan por miles y, la gran mayoría —¿más de 90%?— son el resultado de acciones humanas. Los cálculos varían, pero la cifra de deforestación anual ronda el medio millón de hectáreas. México es un país con una clara vocación forestal, más de 20% del territorio tiene esa fortuna. Además, la suavidad de nuestros inviernos, en comparación con los países septentrionales, facilita el crecimiento —hasta cinco veces más rápido— de muy diferentes variedades de árboles. Somos una de las naciones más biodiversas y, a la par, más destructoras. Las afrentas son generales, en todo el país, y también muy concretas.

Hemos sido incapaces de controlar la tala clandestina a unos cuantos kilómetros de la capital de la República, en las Lagunas de Zempoala. También en la zona donde hiberna la mariposa Monarca, de la cual tanto nos ufanamos. Pátzcuaro y Chapala son símbolos de una destrucción que lleva décadas y que el Estado mexicano pareciera incapaz de detener. Qué decir del sistema lacustre de Cuatro Ciénegas, admirado por los biólogos de todo el mundo y que nosotros dejamos morir día a día. La absurda legislación que federaliza los cauces de los ríos ha propiciado que se conviertan en basureros donde la irresponsabilidad es gratuita. Navegar por el Cañón del Sumidero entre cientos de toneladas de basura es un espectáculo deprimente. El muérdago en la Ciudad de México está matando a cientos de miles de árboles en pleno Paseo de la Reforma o en la colonia Roma, por todas partes, sin que haya reacción ciudadana y menos de las autoridades.

Los ejemplos son múltiples, playas que son la envidia de muchos países contaminadas o invadidas por caballos y cuatrimotos que circulan a gran velocidad poniendo en peligro la vida de los bañistas —muchos de ellos niños—, como ocurre en el Revolcadero, y la autoridad brilla por su ausencia. Por cierto, cruzan frente a los letreros de la Profepa donde se enuncia el precepto que prohíbe tales actividades. México ha prosperado en muchos sentidos, pero en nuestra relación con nuestro único hogar algo está muy mal. ¿De qué sirve tanto fervor religioso si no respetamos la vida, si no respetamos a las creaciones de lo evidente invisible?

                *Escritor

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