Rectificación

El liberal de hoy fue un hombre de izquierda; allí está Conversación en la catedral para recordar sus posturas. Evolucionó. Esa orgullosa participación política llevó a Mario Vargas Llosa a su fallido intento por llegar a la Presidencia de Perú.

COMPARTIR 
Federico Reyes Heroles 03/12/2013 02:13
Rectificación

Se estrechan las manos. Los rostros son afables. Uno es el Presidente de México, el otro uno de los más brillantes novelistas del mundo. Están en la residencia oficial del titular del Ejecutivo mexicano. La diferencia de edades —tres décadas— no es obstáculo para la conversación. Las notas sobre el encuentro mencionan los temas tratados: el futuro de Latinoamérica, punto de encuentro natural, la Alianza del Pacífico, las reformas en curso. Que un Presidente reciba a un gran escritor no es siempre algo trascendente para la vida pública. Pero el encuentro entre Peña Nieto y Vargas Llosa tiene muchas connotaciones.

La vida me ha dado la oportunidad de toparme con el escritor peruano en varias ocasiones. Es un conversador embrujante —con frecuencia detrás de todo gran narrador está esa otra faceta— pero hay más. Vargas Llosa no separa su mundo literario de su posicionamiento político. El encuentro fue, sobre todo, un acto político. Hoy Vargas Llosa es gran paladín de un liberalismo moderno, comprometido y actuante. Hace unos años fue a Venezuela a decir allí lo que pensaba del régimen de Chávez. En su literatura —desde muy joven— se plasma ese rasgo. La fiesta del chivo es una genial denuncia de uno de los peores engendros dictatoriales del continente: Rafael Leónidas Trujillo. En El sueño del celta, Vargas Llosa desnuda los horrores de la explotación del caucho, primero en el Congo, y también en la amazonia peruana.

Pero el liberal de hoy fue un hombre de izquierda; allí está Conversación en la catedral para recordar sus posturas. Evolucionó. Esa orgullosa participación política lo llevó a su fallido intento por llegar a la Presidencia de Perú, experiencia que le sirvió para una nueva denuncia por escrito, Como pez en el agua. Peña Nieto estrechaba así la mano del literato, premio Nobel, la del escritor comprometido, la del latinoamericano destacado, la del ahora liberal y la del político que no da tregua. Pero además estaba el capítulo mexicano de Vargas Llosa. La noche de un jueves de septiembre de 1990, en el foro El Siglo XX: La Experiencia de la Libertad, convocado por otro gran liberal, Octavio Paz, organizado por la revista Vuelta y por Televisa, Vargas Llosa soltó una bomba: “La dictadura perfecta no es el comunismo. No es la URSS. No es Fidel Castro. La dictadura perfecta es México”. Enrique Krauze presidía la mesa.

La ametralladora siguió. Al referirse al PRI, lanzó: “Yo no creo que haya en América Latina ningún caso de sistema de dictadura que haya reclutado tan eficientemente al medio intelectual, sobornándole de una manera muy sutil”. El remate fue brutal: “Tan es una dictadura, que todas las dictaduras latinoamericanas, desde que yo tengo uso de razón, han tratado de crear algo equivalente al PRI”. Octavio Paz trató después de matizar: “Lo de México no es una dictadura, es un sistema hegemónico de dominación, donde no han existido dictaduras militares... Esta es una distinción fundamental y esencial”. El revuelo involucró a García Márquez, Fuentes, Mutis, Saramago y a Eugenio Trías, quien calificó a Paz y a Semprún, por su defensa de los mercados, de “viejas máquinas estropeadas”. La “dictadura perfecta” se quedaría por años retumbando en la mente de millones.

México ha cambiado mucho desde entonces. Ahí esta la interminable modernización de nuestro andamiaje electoral que posibilita la participación de decenas de millones de votantes cada tres años; una competencia política que ha facilitado la alternancia municipal en casi todo el territorio, en dos tercios de las gubernaturas y en la propia Presidencia en dos ocasiones; una apertura económica consistente que en los últimos 30 años convirtió a México en una de las economías más abiertas del orbe; una auténtica explosión de la opinión pública como nuevo gran actor; la multiplicación de opciones informativas, que se verá acentuada con la nueva ley de telecomunicaciones; un avance innegable en la cultura de los derechos humanos y la transparencia y muchos otros cambios. Por eso, poco antes de visitar al presidente Peña, y con la honestidad intelectual que lo caracteriza, Vargas Llosa rectificó: “México no es la dictadura perfecta que dije”. Su declaración se perdió en el torbellino noticioso.

No todo es viento a favor. Enrique Krauze nos recuerda en un excelente artículo, México: peligros de una casa dividida (El País, 30-11-2013), las tensiones entre las dirigencias nacionales y la calle, que las acciones modernizadoras han provocado en México desde fines del siglo XVIII. Las actuales tensiones por la reforma educativa y la energética, principalmente nos hablan de su calado y no son excepción. Lo mismo ocurrió con el TLC en el 93; hoy pocos se cuestionan sus beneficios. Cambiar agita.

La imagen de esas manos sacudiéndose nos habla de la integridad de un gran intelectual y de los retos para transformar a México. No, no era una dictadura perfecta e inmutable. Al igual que Vargas Llosa, México evolucionó. La rectificación lo honra.

                *Escritor

Comparte esta entrada

Comentarios