Patriotismo económico

Estados Unidos, con fama de tener una de las economías más abiertas, tiene una Comisión de Inversiones Extranjeras...

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Enrique Del Val Blanco 17/05/2014 01:04
Patriotismo económico

En este mundo globalizado, en el que cada día es mayor la interrelación de todos los factores económicos, se está imponiendo un “patriotismo económico” —principalmente en los países desarrollados—, como lo definió el ministro de Economía de Francia, al indicar que era el final del laissez-faire cuando, el pasado 14 de mayo, el primer ministro Manuel Valls firmó el decreto “relativo a las inversiones extranjeras sujetas a la previa autorización”, para proteger a decenas de empresas francesas de posibles adquisiciones por extranjeros, incorporando además otras ramas de la economía a esa protección, concretamente transportes, energía, agua, salud y telecomunicaciones, al declararlas “estratégicas”.

Los franceses tienen fama de envolverse en la bandera, como cuando inversionistas extranjeros intentaron adquirir la empresa de alimentación Danone y también la declararon estratégica.

Actualmente, combaten la pretendida compra de la firma de ingeniería Alstom por parte de la estadunidense General Electric. Para oponerse, están poniendo todo tipo de condiciones a la adquisición.

Estados Unidos, con fama de tener una de las economías más abiertas, tiene una Comisión de Inversiones Extranjeras (CFIUS, por sus siglas en inglés), en la que participan más de 10 agencias, empezando por los departamentos de la Defensa y el Tesoro, que juzgan si se otorga o no la autorización a dichas inversiones, cuidando que no afecten “la seguridad nacional” o “las infraestructuras cruciales o fundamentales” del país, sin aclarar cuáles son éstas. Sin embargo, a pesar de que esa Comisión puede dar su visto bueno, los inversionistas extranjeros pueden enfrentar protestas de parte del Congreso norteamericano o de la sociedad, mismas que aunque no tengan valor legal, sí poseen valor político. El mejor ejemplo de ello fue en 2006, cuando el gobierno de Dubái, a través de una de sus empresas, trató de comprar seis terminales portuarias en Nueva York, y fue tal el escándalo que finalmente Dubái canceló la adquisición.

En Inglaterra, en las últimas semanas, se está librando otra batalla proteccionista, ya que la estadunidense Pfizer ha manifestado sus intenciones de adquirir la segunda farmacéutica del Reino Unido, la conocida AstraZeneca. El caso ha llegado hasta la Cámara de los Comunes y ha generado críticas muy graves hacia el primer ministro David Cameron, a quien el partido de oposición le ha acusado de ser un “porrista” de los americanos.

La oferta de Pfizer a considerar por los socios de la empresa inglesa, en el papel, es muy conveniente, ya que garantiza que seguirán las fábricas existentes en Inglaterra e incluso concluirán un campus que AstraZeneca construye para investigación en la Universidad de Cambridge, además de que todas las operaciones de Europa se harán desde Londres. Por supuesto que en el papel todo pinta muy bonito, pero los ingleses recuerdan la compra que hizo la también norteamericana Kraft Foods de la fabricante de chocolates inglesa Cadbury, con el compromiso de no cerrar una fábrica y a los pocos meses la cerró.

Lo que sin embargo no dicen es que más que tratarse de una compra estratégica para Pfizer, se trata de una compra para evadir impuestos, cosa nada rara en las empresas privadas, ya que en Estados Unidos los impuestos sobre las utilidades de las empresas en cualquier parte del mundo son de 35%. Por ello, a muchas les conviene comprar firmas extranjeras donde los impuestos pueden llegar a ser la mitad de lo que les cobra el fisco americano.

Los medios de comunicación informan que las firmas estadunidenses han acumulado cerca de dos trillones de dólares en utilidades fuera de su país y, por supuesto, quieren pagar lo menos en impuestos.

Por un lado se demuestra la mentira de varios países desarrollados en cuanto a la libertad de mercado y comercio, por el otro, la avaricia de las empresas por ganar lo más posible, más allá del “patriotismo económico” que, muchas veces, interesadamente, defienden los políticos de esos países.

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