La toronja

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Dore Ferriz 04/05/2014 00:00
La toronja

México es el tercer país del mundo en producir toronjas. Una fruta menos ácida que el limón y más amarga que la naranja. Su tonalidad rosada es producto de su contenido en licopeno. Un potente antioxidante conocido en el mundo de la ciencia por sus propiedades anticancerígenas, especialmente en la próstata.

Las semillas de pummelo procedentes de Asia fueron introducidas en Barbados por el capitán inglés Philip Shaddock en 1649, aunque no se tuvieron referencias de esta fruta hasta 1823. Patrick Browne, médico y botánico irlandés, la bautizó como “la fruta prohibida”. Muchas referencias dejan este dato a la deriva. Pero en realidad se debe a que en Jamaica las cosechas eran tan abundantes, que el país en lugar de llamarse Jamaica se pudo haber llamado “Toronja” (lo digo de broma). Muchos árboles se tuvieron que talar para abrirle paso a otras siembras. También se me hace interesante mencionar que en inglés se dice grapefruit por su su capacidad de fructificar en racimos, como la vid.

Como pueden ver, se trata de un alimento bastante nuevo para el consumo humano. No estamos hablando de la papa o la calabaza que su consumo está registrado en museos arqueológicos.  Sin embargo, su ingesta se popularizó en 1970. Se inventaron “la dieta de la toronja”. ¡Qué buena idea! Millones de personas la consumieron bajo la esperanza de perder 4,5 kg en diez días. ¡La fe fue tal, que hasta la fecha se consumé por las mismas razones! Pero hoy se sabe que la única manera de establecer un peso saludable es bajo una alimentación variada, natural, equilibrada, medida, de la mano de la actividad física y hasta de la meditación.

Aun así, la toronja posee innumerables cualidades medicinales. Diversos estudios epidemiológicos sugieren que una elevada ingesta de frutas y verduras, incluida la toronja, contribuyen a reducir el riesgo de padecer enfermedades de corazón.

Los jugos cítricos, especialmente el de toronja y naranja, son fuentes importantes de flavonoides, folato y vitamina C. Por lo que ha sido considerada en muchos estudios por favorecer en la salud cardiovascular. Con esto, también me refiero a problemas de hipertensión, coagulación, reducción de colesterol y todo lo que tenga que ver con el periférico sanguíneo.

El efecto beneficioso se debe en parte a componentes fitoquímicos, tales como los flavonoides (sustancia antioxidante), que se sabe que inhiben la oxidación del llamado” mal colesterol” (LDL-c), reduciendo de este modo el riesgo de que éste se deposite en las paredes de los vasos sanguíneos.

Por otro lado, la vitamina C y los betacarotenos presentes en cantidades elevadas en el su jugo actúan también como potentes antioxidantes. Mucho se cree que alivia los resfriados. En realidad, la vitamina C forma una proteína importante utilizada para producir la piel, los tendones, los ligamentos y los vasos sanguíneos. Sana heridas y formar tejido cicatricial. También repara y mantiene el cartílago, los huesos y los dientes.

Su contenido en ácido fólico ayuda a reducir los niveles de homocisteína. Un intermediario en el metabolismo proteico que se sabe implicado como factor de riesgo en enfermedades cardiovasculares.

Su contenido en pectina ayuda a depurar el hígado. La pectina está considerada por muchos especialistas como un tipo de fibra. ¡Y es que su función es idéntica, no le aporta ningún nutriente a nuestro cuerpo, pero se encarga de eliminar los residuos y toxinas que se encuentran en nuestro organismo. Igualmente, tiene un papel importante en la eliminación del colesterol nocivo. Concretamente actúa absorbiendo los jugos segregados por el hígado y la vesícula, mientras hacemos la digestión. Estos jugos se forman a partir de las reservas de colesterol del cuerpo, de manera que si la pectina los absorbe, el organismo tendrá que generar más y las reservas disminuirán.

El exceso hasta en la virtud... En el caso de la toronja puede interferir con la acción de algunos medicamentos. Porque el jugo aumenta la absorción del fármaco en el torrente sanguíneo. Entonces existe la posibilidad de que la medicina permanezca en el organismo, lo que aumenta el riesgo de daño hepático y muscular, que pueden provocar insuficiencia renal.

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