Putas, ladrones, valor añadido y redistribución

El mal, cualquiera que sea su definición, es parte de la producción de bienes y servicios de una sociedad

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Columnista invitado Global 30/03/2014 00:07
Putas, ladrones, valor añadido y redistribución

Hace años invitaron a un profesor de economía a una Cumbre Iberoamericana, en Santiago de Chile. Le encomendaron hablarle a un grupo selecto de periodistas sobre delincuencia y economía. Podría haberles hablado sobre lo malvados que son los criminales, del enorme daño que le hacen a la sociedad. Hubiera salido a hombros. Pero el orador no tenía credenciales de cura ni de filósofo. Sólo era un doctor en economía.

Les resumió el curso básico de economía del crimen. Desde una perspectiva económica, hay delitos que generan valor agregado y otros que son redistributivos pero no generan valor añadido. Ilustró los primeros con la industria de las drogas y la prostitución, allí donde es delito y no existe coerción. Entre los segundos están el robo y el secuestro. Los periodistas estaban estupefactos y espantados ante la noción de que existiese redistribución y valor añadido en el crimen.

Se extendió en su reflexión tratando de generar comprensión. Tomen el precio por servicio de un prostituto. Réstenle el coste de los condones, la amortización del tanga, de la cama, del látigo, del teléfono y de cualquier otro instrumento utilizado para llevar a buen puerto la transacción. Lo que les queda, el valor añadido por un servicio sexual, un servicio personal tan inconfundible como un corte de pelo o el cuidado de niños cuando no es producido interna y gratuitamente por la familia.

Continuó: ahora imaginen que yo tengo cinco dólares y 25, Sergio Ramírez, el exvicepresidente sandinista que estaba a su derecha. Eso es una determinada distribución de riqueza en esta sociedad ficticia de dos. Ahora sigan imaginando que le robo la cartera y saco diez dólares. Al final del día, tendremos 15 dólares cada uno. Es otra distribución de riqueza, distinta de la inicial. Así que el robo ha generado redistribución. Pero no genera valor añadido. Sigue existiendo la misma riqueza en la sociedad de dos: 30 dólares.

En el fondo, reproducía la tipología económica de delitos consensuados (o sin víctimas) y delitos coactivos. La prostitución y el robo resultarían ser en el ámbito legal, como el supermercado, y el sistema público de reparto de pensiones, respectivamente. En los primeros de cada pareja se intercambian de buen grado bienes o servicios generando valor agregado. En los segundos se saca coactivamente el dinero del bolsillo de unos para meterlo en los de otros: de los asalariados hacia los pensionistas, en el sistema de pensiones.

No obtuvo ningún tipo de simpatía adicional de parte de su auditorio, exaltado por una presentación que cuestionaba lo que parecían principios morales compartidos. Un exdirector del diario español El País, que paradójicamente escribe libros de economía, exclamó que era el discurso más aberrante que había oído en años.

Años después, la Oficina Estadística de las Comunidades Europeas (Eurostat), que promueve la armonización de los métodos estadísticos de los estados miembros, acogió el criterio económico por encima del moral o del legal. Obligó a sus contrapartes nacionales a que incluyan en sus datos oficiales del Producto Interior Bruto (PIB) la economía informal o directamente ilegal si genera valor añadido. Así que, a partir de 2016, la prostitución y la industria de las drogas se contabilizarán en toda la UE como parte de la economía y aparecerán en las cifras, esas que sirven para medir si hay crisis o expansión. Los ladrones y los secuestradores no se incorporarán al PIB. Ellos sólo redistribuyen riqueza.

No es una decisión venial ni que haya estado exenta de crítica. Pero al final, ha triunfado el sentido de la justicia frente a criterios morales o legales. Sí, de la justicia social. Gran parte de las aportaciones y del reparto de fondos en la Unión Europea se realizan en función del PIB de cada país. Una mejor contabilización de toda la economía, no sólo de la parte que a la mayoría le parezca apropiada o la que esté exenta del Código Penal, hará más equitativa la actividad del sector público. Sería injusto que estados más ricos y especializados en actividades ilegales generadoras de renta tuviesen que contribuir menos al tesoro común y recibiesen más fondos que aquellos más pobres pero con una especialización más legal o socialmente aceptada.

De hecho, no es una revolución estadística, sino que es el resultado de una homogeneización estadística paneuropea. Partes de la economía informal o ilegal ya se contabilizaban en algunos países. En todos, la análoga Encuesta de Población Activa, que mide la ocupación y el desempleo y cuyos datos se incorporan al PIB, pregunta a los encuestados si trabajan o no, no si lo hacen legal o ilegalmente. La Encuesta de Presupuestos Familiares, que mide el gasto de las familias, no excluye consumo en función de límites sociales o legales. En los Países Bajos, todo el segmento minorista de la venta de cannabis ya estaba incluido. En España, los clubes de alterne o puticlubs, en el lenguaje coloquial, son sociedades legalmente constituidas que pagan impuestos y que presentan sus cuentas en el Registro Mercantil.

Thomas Carlyle, un ensayista británico del siglo XVIII, escribió que “un hombre (sic) prudente no mira a las estadísticas con el objetivo de conocer, sino para evitar la ignorancia en la que se mueve”. Las nuevas estadísticas del PIB en la UE harán a todos menos ignorantes, incluidos a periodistas espantados y a otros empresarios de la moralidad, que habrá que suponer que dejarán de publicar, repicar o utilizar las cifras del PIB en la UE, porque no se ajustan a sus criterios morales.

El mal, cualquiera que sea su definición, es parte de la producción de bienes y servicios de una sociedad. No desaparece simplemente porque se cierren los ojos, se desee fervientemente y se critique con la máxima intensidad. Y eso lo saben bien los aficionados del Real Madrid, que quisieran ver desaparecer los goles fruto de penalties injustos de esa estadística llamada marcador final, que sirve para repartir puntos.

*Profesor asociado de Economía Aplicada en la Universidad Autónoma de Madrid.
Consultor de la Oficina de las Naciones Unidas sobre Drogas y Delincuencia.

carlos.resa@uam.es

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