20 Años del TLCAN: Una perspectiva de izquierda

El reto es repensar el Tratado sin mermar sus importantes beneficios.

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Columnista invitado Global 02/01/2014 00:39
20 Años del TLCAN: Una perspectiva de izquierda

Agustín Barrios Gómez*

Según una versión extraoficial que circulaba a principios de los años 90, todo empezó en 1989 después del primer viaje del presidente Carlos Salinas a Europa. Acababa de caer el Muro de Berlín y había euforia porque parecía que el antagonismo ideológico que mantenía al mundo a un paso del Armagedón nuclear se derrumbaba y porque los países del este finalmente serían libres.

El problema para México es que el optimismo no lo incluía en su mira. Durante su visita a las capitales europeas, Salinas se percató de que México no generaba interés. Ideológicamente, según el académico de moda en aquel momento, Francis Fukuyama, el modelo de la izquierda había sido derrotado y el libre mercado había triunfado, por lo que la “tercera vía” que México había buscado históricamente, se tornaba irrelevante. En consecuencia, el pensar del momento arrojaba a que el país tendría que buscar su suerte con el temido vecino del norte en un esquema de integración económica.

Para la izquierda nacionalista mexicana la propuesta de unificación comercial con su enemigo histórico constituía una traición a México. Además, la izquierda estaba enfrentada con el gobierno por la sospecha generalizada de fraude electoral perpetrado en el 88 cuando el entonces secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, declaró que “se cayó el sistema” de cómputo de votos justo cuando Cuauhtémoc Cárdenas iba ganando.

Pero la vigencia del sistema presidencialista, bajo el cual no cabía duda de que se aprobaría el Tratado en nuestro Congreso, significaba que la batalla en contra del TLCAN no se iba a dar en México, por lo que se llevó a Washington por intelectuales como Jorge Castañeda y otros representantes de la sociedad civil. Ahí, más que tratar de convencer a los congresistas estadunidenses de que su modelo económico estaba equivocado, argumentaron que aprobar el TLCAN sería darle un “segundo aire” a la llamada dictadura perfecta del PRI.

Al final, pudo más la visión del presidente texano George Bush, y de su sucesor demócrata, Bill Clinton, quien veía su apoyo al TLCAN como parte de su estrategia de imagen de modernizador. Si bien los legisladores estadunidenses percibían el riesgo de perpetuar al PRI en el poder al ratificar el Tratado, también estaban conscientes del riesgo de fomentar la inestabilidad y el antagonismo hacia EU a lo largo de cinco mil kilómetros de frontera. Aún para muchos congresistas estadunidenses antipriistas, era más importante la estabilidad del continente, por lo que el histórico tratado fue aprobado el 17 de noviembre de 1993 para su entrada en vigor 39 días después.

Por su parte, Salinas supo vender a un México que avanzaba hacia el pleno desarrollo económico; un socio comercial clave dentro de América del Norte. Encabezó lo que probablemente haya sido el esfuerzo de promoción más exitoso de la historia moderna de México, cabildeando fuertemente al Congreso estadunidense por primera vez y alineando a los intereses económicos de aquel país para que ejercieran presión por su lado.

Pero el teatro salinista se vino abajo, en parte, el día de la entrada en vigor del TLCAN, el primero de enero de 1994, con la rebelión zapatista en Chiapas. Resulta que, más allá de la retórica política, México estaba (y está) severamente dividido entre los que se benefician de la globalización y quienes se sienten víctimas de la misma. La izquierda se sentía reivindicada: era lo que siempre había dicho. México no podía decirse un país en pleno desarrollo mientras existiera una tremenda pobreza generalizada y, más que tratados comerciales, México requería (y requiere) la tan anhelada justicia social.

Hoy el panorama sigue igual de complejo. Además de estar dividido económicamente, México está dividido geográficamente. En el norte las actitudes contrarias al NAFTA, por sus siglas en inglés, son ilógicas. En el sur, el Tratado trajo amenazas para el campo y pocos empleos formales. Además, los beneficios reales de tener acceso a bienes de mejor precio y calidad que vienen con el comercio internacional no inspiran movimientos sociales a favor del mercado.

Sin embargo, la apertura mexicana afianzó cambios en el país. Hoy la crítica al TLCAN se centra en la falta de ímpetu de integración, no en su demasía. Cuestionamos por qué el tercer y más importante factor de producción, la mano de obra, no está regulada como lo están el tránsito de bienes y capital. Ante la crisis humanitaria que viven casi siete millones de connacionales indocumentados en EU, resulta una omisión vergonzosa que se trate mejor a nuestras exportaciones que a nuestra gente.

El reto para la izquierda mexicana y, de hecho, para todo México, es repensar el TLCAN sin mermar sus importantes beneficios. El reto es crear las condiciones para que las bondades de la globalización se extiendan a los sectores de la sociedad más marginados. Incluidos deben de estar los migrantes residentes en EU, no nada más para el bien de México, sino para el bien de Estados Unidos. Saber comunicar esto es fundamental para el éxito de las relaciones en el América del Norte del siglo 21. Pero para eso no sirven los discursos extremos: el de la justificación a ultranza de la derecha capitalista que con arrogancia ignora la realidad de la miseria, y el de la izquierda contestataria dispuesta a sacrificarlo todo en el altar de su indignación.

Porque finalmente el éxito en la tercera década de la era del NAFTA depende de nosotros. Ya sabemos que los mexicanos trabajamos más que nuestros competidores en otros países de la OCDE. Lo que falta es el andamiaje institucional y de desarrollo humano para que ese trabajo genere la riqueza que tanto urge para resolver el problema de la pobreza en nuestro país. Sólo así se podrá considerar al TLCAN como un éxito. Mientras esto no suceda, seguirá siendo un factor más que, aunque beneficia a muchos, también genera divisiones en un país ya de por sí peligrosamente polarizado.

 

* Agustín Barrios Gómez es diputado del PRD por Miguel Hidalgo, DF, e integrante de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados.

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