Nosotras, las mujeres

Encontrar especímenes 
tan iracundos y rabiosos como el que hoy quiere dominar al mundo no ha sido cosa extraña en nuestras vidas, aunque en verdad nunca hemos enfrentado a nadie 
con tanto poder. Pero no olvidemos que tenemos derechos y la mejor manera de oponerse a estos tipos ha sido en nuestra historia con palabras que recuerden y sostengan la dignidad humana. Sabemos que 
al señor eso no le causa ni el menor de los fruncimientos de ceja, pero nos da fuerza para seguir en la batalla 
y, además, construye alianzas.

Toparse en la vida con mujeres y hombres que sólo piensan, sienten y duermen con el pronombre personal en primera persona del singular: “yo, mi, me, conmigo misma/o” también es frecuente y sabemos que es imposible intentar transitar ni el más mínimo de los acuerdos, por lo que lo único que nos queda es hacer bien lo que cada persona tiene que hacer, y olvidar al narciso, que, como en la mitología griega, enamorado de su propia imagen, se tirará al agua, se ahogará y se convertirá en la flor que lleva su nombre. Es de dudar que Trump pueda convertirse alguna vez en flor, pero no, que enamorado de sí mismo como está, acabe convertido en el hazmerreír del mundo entero y será a través de las que él mismo considera sus grandes enemigas, las palabras, difundidas a través de todo tipo de medios. Ya sabemos, “el pez (y otras especies) por su propia boca muere”.

Las mujeres tenemos el saber, y sabemos de buena tinta que no somos esa costilla inútil de ese Adán soñado por algún personaje en tiempos muy remotos, y que, en todo caso, si creemos en esa historia, creamos en Lilith. Esa que dicen fue hecha del mismo barro, primera esposa que lo abandonó por autoritario y que ha tenido muchas hijas libres.

Y ahora más, gracias a esa puerta que ilumina los cerebros: la escolarización que, a pesar de sus errores, logró la alfabetización que ha continuado democratizando el conocimiento y nos permitió dejar de lado las escobas, para buscar la brújula de la sabiduría y poder decidir sobre nuestras vidas. Y hoy, aliados a nuestras causas se cuentan por miles en las iglesias de todas las religiones. Por cierto, la católica tiene mucho que demostrar en estas trumpulencias a favor de las y los migrantes de cualquier país y en cualquier lugar.

León Felipe canta: “Siempre habrá nieve altanera que vista el monte de armiño y agua humilde que trabaje en la presa del molino. Y siempre habrá un sol también, un sol verdugo y amigo que trueque en llanto la nieve y en nube el agua del río”. Hasta la nieve se derrite con la luminosidad y el calor de las verdades. La lógica comercial, cual nube fresca, es aliada también. Por eso, la muy femenina virtud de la prudencia debe aparecer en nuestro horizonte. Es fortaleza ante la historia y ante el tener muy claro que lo que priva entre las y los humanos son los intereses.

Bien dicen que “no hay mal que por bien no venga” y ese tipo está dando una lección alrevesada, mostrando con su actuar lo que desde hace siglos hemos denunciado: la absoluta inutilidad de la violencia. Lástima que en el mundo la discriminación y la brutalidad contra nosotras siguen siendo un valor social, cultural y educativo muy extendido y, sobre todo, normalizado en todos los ámbitos (familia, medios de comunicación, mundo laboral, justicia). Nelson Mandela lo dijo bien clarito: “Aprendí que el coraje no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. Es valiente quien conquista sus propios miedos”.

Sabemos “resistir”. Resistir a lo que nos aprisiona, a los prejuicios, a los juicios precipitados, a la necedad de negar nuestra humanidad y, por ende, nuestros derechos. Y también sonreír, pues en la vida hay millones y millones de cuestiones más, de personas, de cosas, de situaciones, de palabras que permiten la alegría.

La cultura china, tan ancestral, tan temida y admirada, tiene un proverbio: “En la vida hay tres cosas que no vuelven atrás: la flecha lanzada, la palabra pronunciada y la oportunidad perdida”. ¡No perdamos la oportunidad para seguir sosteniendo la dignidad y la alegría!

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