Visión de Alfonso Reyes

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César Benedicto Callejas 06/04/2014 01:48
Visión de Alfonso Reyes

El año próximo se cumplirán 100 años de la llegada de Alfonso Reyes a España. Hablar de un autor de manera impersonal y fría, queriendo ser imparcial, es un mito inocente. Sólo puede hablarse de autores y de libros leídos, más allá de ese extremo, todo es especulación e insomnio. Al leer, el hombre se apodera del libro, lo hace suyo y lo integra a su pensamiento como una textura indiscernible del color de su propia piel, o lo lleva como herencia preciosa que alcanza para dar sentido a la realidad y que concede claves para entender y desmenuzar el mundo en que se vive.  Eso es lo que me sucedió leyendo a Alfonso Reyes. No puedo hablar sino del Reyes que he vivido, del que se me apareció al final de los días de la adolescencia, esa época en que, como él mismo dice, “nos suicidamos o nos redimimos y de la que llevamos siempre huellas de lágrimas en las mejillas”.

En un momento en que nadie es lo suficientemente fuerte para enfrentar el mundo sin andaderas y cada uno busca un modelo al cual aproximarse, mediante tentativas y orientaciones, cuando se van perdiendo uno a uno los respetos y los elementos intocables, cuando casi todo se ha reducido a las ruinas que tomará el resto de la vida reconstruir, la lectura de Reyes resistió lo que muchas otras instituciones no pudieron soportar: el despertar de la razón curiosa, la confusión de los valores y la aparición de la esperanza ante las ilimitadas posibilidades perdidas.

En Reyes encontré una literatura apegada a la tierra como a la razón. No una explicación sistemática del mundo; después de todo, Reyes, hijo de su tiempo, no creía en los antiguos edificios filosóficos que tenían un cajoncito para cada categoría de la realidad o que estaban animados por una sola idea universal que se manifestaba a través de la historia. Reyes, más bien, es el hombre que no se deja matar de bala perdida y que sabe que si en la naturaleza nada se encuentra en estado puro, mucho menos en la cultura —fino universo de lo humano —.

Indulgente con la vida como sólo puede serlo quien sufriéndola la ha gozado, se aventuró en los placeres de la temporalidad; su coquetería es proverbial y su hálito de conquistador pernea sus letras. Muerto ya su padre y exiliado en los aciagos días de su primer Madrid, confiaba a sus libros, exento de ironía: “Ganaba poco, pero era lo bastante para sentirme rico cuando por unos cuantos reales compraba mi saco de patatas. Y me sentía aún más rico porque hacía lo que yo quería, escribía sobre lo que yo deseaba, y encima de eso me pagaban”.

Reyes supo dividir con inteligencia el mundo de lo público del mundo de lo privado, no por nada es en él recurrente la cita de Calderón, “debajo de mi manto al rey mato”. La suya es, por fuerza, una biografía de la inteligencia; lo demás está cubierto por una trama de recuerdos y olvidos magistralmente trenzados. En Reyes, la cultura no es ausencia de pudor, mojigatería o queja, es una más de las necesidades fundamentales del hombre.

Su culto por Goethe, Calderón, Mallarmé o los griegos sólo es igualado por su respeto a la palabra o, mejor aún, por el idioma castellano. El español de Alfonso Reyes no parece anticuado porque es preciso y está labrado para comunicar. En algunos párrafos de juventud es inevitable encontrar un gusto casi barroco en las construcciones y en la elección de las palabras, hecho que sólo una crítica prejuiciada puede ver como defecto, pues es señal de una mano que se adecua a los instrumentos de su oficio, y la apetencia por el barroco es casi una señal de mexicanidad. Tal vez ése sea el secreto más íntimo de la prosa reyesiana, su larga marcha hacia la lisura y la llaneza, si no fuera tan chocante para don Alfonso la palabra, me atrevería a decir la pureza, como si el arte no fuera la escritura sino la lectura, pues es siempre literatura en movimiento, evolucionando, aún en sus últimos escritos; una prosa que avanza yendo y viniendo, aprendiendo de los escritores de las cuatro esquinas del mundo y de sí misma, girando a veces sobre su propio eje como volviendo a dibujar líneas que pudieran quedar más perfectamente trazadas, una marcha artística e intelectual que va adelante, no a paso de desfile o de procesión, sino siempre a paso de danza.

Alfonso Reyes resuelve su vida en dos extremos complementarios y al mismo tiempo unitarios.  Por un lado, la acción que lo lleva a caminos como la diplomacia y el gobierno de instituciones culturales. Acción que, en contacto con la pluma, lo llevan a declararse frente a don Manuel Azaña, voluntario en Madrid y, por otro lado, la creación literaria, que tiene su línea de fuego en la narrativa y el ensayo, pero tiene su corazón en la poesía, lo dice él mismo en verso: “Voz de mis quietas alucinaciones, callado eco de mi pensamiento: tú parlas y tú ríes y tú pones golondrinas de notas en el viento”.

                *Profesor investigador. UNAM

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