Hay personas de personas

El dueño compró los últimos boletos de buena fe para que el dinero se completara...

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Anna Bolena Meléndez 02/06/2014 00:05
Hay personas de personas

Una empresa decide hacer una rifa de un carro para regalar a alguno de los empleados el fin de año pasado.

El dueño de dicho emporio llega a la rifa y compra los tres últimos boletos que faltaron por vender.

Comienza la rifa y el boleto ganador es el del dueño/jefe de la empresa. Los empleados se fueron furiosos, no les pareció justo.

Y entonces uno se pregunta: ¿Qué es lo correcto?

Por un lado la rifa fue justa —o por lo menos pensemos eso por salud mental—, pero por otro lado fue hecha para los empleados, no para que el dueño participara; dueño que, sépase como datos anexos, no le cabe un billete más en sus cuentas de banco.

Entonces,  comienza la discusión de lo que es justo y lo que no es justo, pero es que lo justo tiene cara de perro y lo injusto no se puede calificar con una vara tan estricta.

El dueño compró los últimos boletos de buena fe, para que no quedaran esos tres boletos y que el dinero se completara. Si es que la rifa fue justa, pues entonces se lo gana quien se lo ganó, ¿fue el dueño? Pues ¡vaya la suerte! Pero así fue.

Por otro lado, al dueño no le hace falta un carro de diez mil dólares —que bien se puede sacar del bolsillo izquierdo— mientras que a los empleados les podría hacer una gran diferencia.

¿Yo qué hubiera hecho siendo la dueña millonaria que se gana un carro de una rifa de sus empleados? Pido que lo rifen de nuevo. Yo no lo necesito y es algo que mi empresa, en todo caso, compró para rifarlo entre mis empleados no para mí.

¿Justo o injusto? Uno no tiene la verdad absoluta para juzgar, pero esto me remite a muchas situaciones a las que uno se enfrenta y bien podría pasar de injusto, de pasado de lanza, de abusivo.

Lo mejor es vivir la vida lo más éticamente posible, intentando que lo que sea que uno haga se haga desde lo que la justicia le significa a cada quien. Todos podemos juzgar las acciones del de al lado, al final de día todos somos tan diferentes que nuestras acciones y reacciones siempre serán diferentes y como somos incapaces de guardar silencio, juzgaremos lo que sea que haga el otro.

Actuar como nos gustaría que los demás actuaran con nosotros es una buena medida. Ahí entra la conciencia hablando de frente y sin tapujos y por lo regular tiene la respuesta acertada.

Así que, mis estimado@s Ciril@s, lo mejor es, como dice el viejo adagio, “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”. Mientras cada quien actúe como su propia conciencia le dicte que es lo correcto, los juicios externos no afectan, pues uno hizo lo que para sí era lo correcto y lo importante es tener la conciencia tranquila.

No olvidemos que cuando actuamos mal, siempre queda Ciril@ intern@ alegando y cuestionando nuestros comportamientos, y esa conciencia que nunca se calla, sí que es nuestro peor —o mejor— juez.

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