Un sentido sin sentido

A mí pocas veces me ha fallado mi sexto sentido, y no sólo me refiero a infidelidades.

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Anna Bolena Meléndez 15/05/2014 00:00
Un sentido sin sentido

¿Que si de verdad creo que las mujeres tenemos un sexto sentido que nos ayuda, en mucha parte, a darnos cuenta de las infidelidades?, me preguntó un Cirilo escéptico en el tema, no sólo de las infidelidades sino del sexto sentido en general.

“Híjole, Cirilo, te metiste en camisa de ocho varas”, fue lo único que pensé, porque mira que preguntarme a mí, una fanática de mi propio sexto sentido y del de mis allegadas, pues es meterse en problemas.

¡Suerte la mía! Cuando me encontré intentándole explicar lo que me parece un tanto inexplicable, porque eso es el sexto sentido: es intangible, para muchos improbable, para otros inentendible. Y es que cómo hacerlo entender si uno nada más no encuentra la forma de comenzar a explicarlo.

El sexto sentido es como una punzada que se siente. No, no es una punzada física, es como a nivel de energía. Se siente en el estómago, generando vacío, un poco parecido a las llamadas mariposas en el estómago, que no son más que ansiedad por amor. Bueno, pues es algo así, pero se puede sentir hasta cuando se trata de un mal presentimiento o “un pálpito”, como decían las abuelas.

Ese sexto sentido nos sirve para muchas cosas, entre ellas, para oler nuestro entorno. Cuando sentimos la amenaza de otra hembra merodeando a lo que ya le hicimos pipí nosotras primero, pues esa alarmita se prende haciendo que la loba interna saque su nariz poderosa y ¡tómela! Cachamos en una curva a Cirilo con las manos en la masa.

Eso sí, como toda tecnología genética ancestral, puede tener sus fallas y no falta la Cirila que tiene un corto en la alarma y se le prende a cada rato, cuando ni hembra ni merodeo.

A mí pocas veces me ha fallado mi sexto sentido, y no sólo me refiero a infidelidades, sino a la vida en general. Estoy segura de que a muchas mujeres les pasa lo mismo, y es que va de lo más básico (que algunos hombres también sienten), como “siento que se me olvidó algo” y sales de tu casa y no sabes qué carajos es, pero lo sientes, algo se te olvidó. Más tarde te das cuenta de que tenías razón.

Bueno, pues el sexto sentido es muy parecido a ese “siento que se me olvidó algo”, sólo que se transforma en cosas tan profundas, que un hombre común nos podría tachar de brujas.

Ese sexto sentido se potencia cuando nos convertimos en madres, porque es  nuestra naturaleza hablando, toda la sabiduría ancestral que nuestras hembras antepasadas nos transmitieron a manera de conocimientos cósmicos a través del cordón umbilical por generaciones y generaciones.

Ese sexto sentido existe, porque se siente y muchas veces es más atinado que los otros cinco. Porque la vista falla, el olfato se desgasta, el gusto es relativo, el oído se pierde y el tacto es subjetivo, pero ese sentido que ni nombre tiene es el que no sólo no falla sino que, con el tiempo y la experiencia, se va agudizando tanto que, antes de chocarte con una pared porque no la viste, presentiste un muro.

Durante nuestra vida, las mujeres vamos aprendiendo a usar ese sexto sentido, vamos conociendo cómo escucharlo, cómo sentirlo y, mejor aún, cómo interpretarlo. La vida se encarga de obligarnos a confiar más en él, cuando nos reafirma que lo que sentíamos era verdad, que no era imaginación o paranoia.

Desde la vibra de alguien, ese “no sé, pero esa persona no me gusta”, hasta el terror de una madre cuando sabe que algo le pasó a un hijo. Ese es el sexto sentido, anunciando todo tipo de cosas a maneras de pálpitos, de presentimientos, de premoniciones que llegan directamente desde el inconsciente y se instalan en el consciente, generando esa casi certidumbre de algo que, tangiblemente, no tienes idea.

Ese es el sexto sentido; el sentido sin el menor sentido.

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