Tras de grilla, lo presume

Ser marraneado es ser explotado por su pareja, algunas salen hasta con depa.

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Anna Bolena Meléndez 05/02/2014 00:00
Tras de grilla, lo presume

Me encontré una sobreviviente de una especie que creí en extinción, no porque ya no existan mujeres que lo hagan, sino porque nunca había conocido a una que se llenara la boca de hacerlo. Mejor dicho: tras de todo, lo presume.

Ahí les va la historia:  yo casual con una amiga, echando chisme de ese bueno y rico en el que sale a flote el pasado y en el que alguna despistada (guapísima siempre) da cacao para pegarle una buena bitcheada. No es nada personal, no hay nada de divertido en una reunión de amigas si uno no practica el deporte de bitchear (bitchear: dícese del divertido hábito de criticar a una vieja porque te arde que está más buena que tú). Pero eso no es lo que importa, lo que importa es que en un momento de nuestro bitcheo, una voz aguda y bastante perturbadora gritó en nuestra dirección. Era una conocida de mi amiga que se acercó a saludar fingiendo que le daba mucho gusto verla, la típica que cuando te volteas te bitchea a ti  (¡cálmate!).

Así, por educación, mi amiga le dijo que si no quería tomarse algo mientras su cita llegaba, yo confieso que a mi me dio un poco de osito que nos vieran con ella que, muy oronda, fue acomodando su gran cabús en la silla contigua.

Charla de rigor “¿cómo estás?, yo muy bien, ¿qué más de ti?” etc. Y fue cuando, esta Sandungüera va sacando su arsenal que agradecí como material para mi columna. “Fíjate que tengo nuevo novio”, dijo ella, con una sonrisa retorcida que obligó a mi amiga a preguntarle: “¿Por qué esa cara?” A lo que la mujer contestó: “Bueno, no novio, marrano”. En mi pueblo, ser marraneado es ser explotado por su pareja. O sea, la vieja le da sexo, el hombre le da comodidades, regalos, dinero. Algunas salen hasta con depa, todo depende del marrano y del expertise de la marraneadora en cuestión.

Esta mujer lo aceptó con tal desfachatez que no pude evitar reírme, el vino casi se me sale por las fosas nasales. “Es broma, obvio”, aseguré muy convencida, la mujer se rió, miró mi anillo de casada y me dijo: “No, mi reina, pero entiendo por qué lo dices”, no pude creer su respuesta, tanto que no pude ni articular, la mujer siguió, “yo no me caso porque todos los hombres tienen un límite, a todos, eventualmente se les acaba el dinero, bueno, por lo menos los que se dejan marranear, mientras que, marraneando a diferentes, uno puede hacer una pequeña fortuna”. Le volví a preguntar si era broma. Mi amiga me miró tan aturdida como yo, pero al ver el potencial de esta bizarra mujer para darme material, decidí jugar su juego.

Así, la mujer perdió el poco pudor que le quedaba y al son de dos copas de vino confesó que vivir de los hombres es el mejor negocio que ha tenido, y que si a eso le mete el factor hijo, el negocio es aún mejor, el problema —chequen por favor el descaro— es que meterle factor hijo es quitarle tiempo de valor para conocer hombres de billetera carnuda y, peor aún, afectarle su cuerpo repleto de silicona, “que mi trabajo me ha costado conseguir”.

¡Wow! Me pellizqué a ver si de pura casualidad estaba soñando. Oficialmente estaba viviendo una escena que ni para escribir una circunstancia fársica se me habría ocurrido. Esta mujer, con las kikas prácticamente de fuera, las nalgas forradas en un jean brasileño, extensiones hasta la cintura y labios atiborrados de colágeno, no reparaba en aceptar que a los hombres hay que utilizarlos para lo que sirven, ellos quieren sexo, que paguen por una mujer como ella.

La chica se levantó cuando a nuestra mesa llegó su acompañante o “víctima” ¡oh my Dog!, un hombre rayando en los cincuenta que lo primero que hizo fue ponerle la mano casi en la nalga y al que ella se refirió como “papi”. Se despidió de nosotras y se fueron a una mesa desde donde pudimos observar que pidieron una botella de Dom Perignon.

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