Cuando las bromas se convirtieron en excusas

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Anna Bolena Meléndez 30/01/2014 00:00
Cuando las bromas se convirtieron  en excusas

Yo casual, en un bar tomándome una copa mientras esperaba a una amiga que no demoraría en llegar. En la barra, justo en las sillas contiguas a mí, dos chavillas de no más de 23 años escuchaban a su amiga, de la misma edad, contarles por qué no volvió a salir con Cirilo, cuando su noviazgo de un mes iba viento en popa.

Aquí su servidora que ha desarrollado oídos biónicos para poder enterarse de cuanto drama sucede a su alrededor y así poder llenar de historias este espacio diario, no hizo más que parar oreja con atención:

Normal, Cirilo conoció a Cirila, se gustaron, empezaron a salir. Ella, como chavita bien que es, no tuvo sexo con él hasta las dos semanas de citas consecutivas, cuando le pidió que fueran exclusivos y ella no sólo aceptó sino que por fin le dio la pruebita de amor (muy ochentas de mi parte utilizar esa frase, muy ochentas de parte de Cirilo caer tan bajo como cayó).

Tras otras dos semanas de tener sexo en cuanto motel existe, Cirilo, aún jadeante tras un reciente orgasmo, le dijo que iban a tener que dejarse de ver tanto porque comenzaba a experimentar miedo. Sí, el muy cavernícola le aplicó la excusa más barata de la historia de las excusas para mandarla a la goma.

¿Qué hicieron las amigas de Cirila al escuchar tal historia retorcida? Comenzaron a decirle un millón de argumentos insulsos que casi inmaculaban al infeliz ese que, la verdad sea dicha, se tiró a Cirila y cuando se hartó de ella la desechó. “Seguro te va a volver a llamar”, “así son los hombres, cuando sienten que algo va en serio, se malviajan”, “a lo mejor después de hacer el amor contigo se dio cuenta de lo fuerte que sentía y por eso se freakeó”.

En mi fantasía, me levanté de mi silla, me acerqué a Cirila y compañía y les dije “¡no sean idiotas, por amor a los gummy bears rojos, pero en qué planeta viven!”. En mi fantasía también cacheteaba a las amigas y sustraía a la Cirila del ex miedoso de semejante nido de víboras tontas y la llevaba de mi lado de la barra a que se bebiera un martini y me escuchara atentamente: no existe tal cosa como miedo a enamorarse, esa excusa es peor que “no eres tú soy yo”. La realidad detrás del “miedo” de Cirilo, no es más que el tipo se quería meter en tus pantalones y sabía que para eso tenía que darte un poquito de azúcar, hizo lo que tenía que hacer, obtuvo lo que quería y luego te mandó a la goma.

Lo que pasa es que como ya en el pasado me he querido creer la muy, muy, y me he inmiscuido en conversaciones que no son de mi incumbencia para desplegar mi “sabiduría emocional” y me ha ido como a los perros en misa, pues más bien me quedé haciendo coraje sola desde mi lado de la barra, escuchando a las bobazas de las amigas dándole todas las herramientas para no caer en cuenta que cayó en una broma práctica de Cupido.

De repente, y debo decir que no lo vi venir, comenzaron las cataratas del Niágara a  fluir por los ojitos de Cirila, cuando confesó que mientras hacían “el amor” ella, en un ataque de conexión absoluta le dijo “te amo” ¡Te amo! ¡OMG! ¡Pero quién aconseja a esta niña! Oficialmente esa mujer tiene las peores amigas de la historia y no solo eso, en qué mundo vive que no se da cuenta que Cirilo lo que hizo fue salir corriendo, que si ese momento hubiera sido una escena de una película animada, Cirilo habría salido por la puerta dejando un hueco con la forma de su cuerpo a manera de escape.

Obvio, la chica no podía ser tan idiota como las mismas amigas y confesó, también, que ella creía que por eso habían salido así las cosas, porque sí le dio miedo, pero no de lo que él sintiera por ella, sino de lo que ella sentía por él.

Por lo menos un poco de sensatez había llegado a esa conversación. La experiencia me dejó tres enseñanzas: la primera, que cuando uno tiene veintitantos sigue siendo muy ingenuo aunque se sienta muy maduro. La segunda, que por más que te quieras engañar tú siempre sabrás la respuesta y, tres,  que para sobrevivir la selva de la soltería necesitas buenas amigas y no dos peleles que saquen conjeturas idiotas.

Entonces llegó mi amiga y tuve que dejar de chismear.

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