No hay duda, no queremos hacer las cosas bien; ¿por qué? ¿Sólo por la cultura de la corrupción?

No hay país o sociedad que en determinado momento no haya enfrentado lo que nosotros tenemos al frente.

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Ángel Verdugo 29/08/2014 00:00
No hay duda, no queremos hacer las cosas bien; ¿por qué? ¿Sólo por la cultura de la corrupción?

¿Por qué las cosas no salen como se nos dice van salir? ¿Por qué la economía se aleja de los pronósticos que año con año son elaborados? ¿Qué hay en las estructuras económicas, que imposibilitan la concreción de lo anunciado? ¿Qué explica las conductas de no pocos, frente a la educación que el Estado imparte? ¿Qué pensamos acerca de cómo y con qué viviremos mañana?

Las preguntas podrían continuar más allá del espacio de esta colaboración y las respuestas, objetivas y elaboradas sin temor a incomodar a los que por todo se ofenden, escasearían; al final, siempre es lo mismo, muchas preguntas y poquísimas respuestas las cuales, lejos en verdad de serlo, son simples rodeos y evasivas ante una realidad que no queremos ver, menos reconocer.

¿Por qué no queremos hacer las cosas responsablemente? ¿Por qué hemos preferido la ruta de la simulación, de decir y hacer como que estamos bien y mañana estaremos mejor? ¿Qué explica esta conducta, no sólo de políticos sino de casi toda la sociedad mexicana?

La situación del país —hoy en día—, es crítica por decir lo menos; ante lo hecho en materia legislativa estos últimos meses, bien haríamos en preguntar si estaremos dispuestos a proceder en sentido opuesto a lo que dejan ver los tres primeros párrafos y, en caso de ser afirmativa la respuesta, ¿cuáles serían los incentivos que nos impulsarían a romper con la inercia de los decenios anteriores para hacer, ahora sí, las cosas bien? Es más, ¿hay en los tiempos que corren, estímulos efectivos para proceder de otra manera?

Lo que enfrentamos hoy no es, en modo alguno, algo extraordinario; en decenas de países se ha visto lo mismo. No hay país o sociedad alguna, que en determinado momento de su historia no haya debido enfrentar lo que nosotros tenemos al frente. Mucho bien nos haría entender este hecho, y analizar lo que aquéllos hicieron para enfrentar y resolver un problema, que aquí y ahora nos parece insalvable por ser resultado de nuestra cultura.

¿Cómo juzgar lo que parece venírsenos encima? ¿En verdad es algo cultural como señaló el Presidente? ¿Acaso es un problema de sistema, de la nula aplicación de la ley y la impunidad resultante, como le refutaría el joven Krauze, avecindado en Los Ángeles como nos hizo saber? ¿Nos estaría permitido afirmar —y sería correcto lo que dijéremos—, que lo que explica nuestra corrupción, el desprecio de la ley y la honradez y el escarnio que de ellos hacemos, es una combinación de las dos posiciones?

Dejemos a los científicos sociales determinar las razones que explicarían nuestra profunda y arraigada corrupción, y vayamos a lo práctico e inmediato; frente a la coyuntura —que me atrevería a calificar de histórica—, ¿haremos lo que debemos, llevar a feliz término lo legislado en materia educativa y energética, por citar dos de las reformas que hoy son motivo de euforia desenfrenada?

¿Por qué no analizar con la debida seriedad, lo que hizo la clase política de éste o aquel país cuando enfrentó lo mismo que nosotros hoy? ¿Nos atreveríamos a hacer lo que hicieron para enfrentar y resolver el problema que les significaba, una corrupción igual o peor que la nuestra?

Aunque sea una sola vez, ¿por qué no dejar de lado lo superficial y frívolo y responder las preguntas del párrafo anterior? ¿Por qué no preguntar y resolver, si con corruptos al frente del esfuerzo acabaremos con la corrupción?

Esas son preguntas; lo demás, literatura barata.

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