Cuando finalice el campeonato, por favor no lo olvide, los problemas lo estarán esperando

Los países atrasados políticamente como México, desde hace muchos años convirtieron el deporte en un arma de propaganda.

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Ángel Verdugo 13/06/2014 00:00
Cuando finalice el campeonato, por favor no lo olvide, los problemas lo estarán esperando

Ayer empezó el Campeonato en Brasil; hoy, la patria se bate en defensa de su honor y de hoy abollado orgullo. Jugará contra un pequeño país africano, cuyas calificaciones en el Índice de Desarrollo Humano más reciente (2013) de la ONU, lo ubican en el lugar 150 (Chile ocupa el 40, y México el 61).

México —una verdadera potencia frente a ese pequeño y atrasado país en casi todos los aspectos—, deberá esforzarse —dicen los especialistas que de futbol lo saben todo—, para alzarse con la victoria.

¿Lo logrará? No tengo la menor idea y tampoco interés en averiguarlo; por mí, la Selección Grande (así la llaman los panegiristas dedicados a embrutecer a la población, y manipularla mediante la promoción rayana en la ofensa de ese espectáculo chafa y barato en el que han convertido ese dizque deporte) puede perder, ganar o empatar.

México celebró los Juegos Olímpicos correspondientes a la XIX Olimpíada en 1968, y dos campeonatos mundiales de futbol en los años 1970 y 1986. ¿Qué efectos positivos tuvieron esas celebraciones en el deporte mexicano? ¿Acaso lo invertido y el interés generado entre la población durante esos tres acontecimientos, elevaron el nivel de participación de los mexicanos en algunos deportes olímpicos, y la calidad del futbol que aquí se práctica mejoró?

No, por el contrario, la burocracia del deporte es más corrupta hoy que en aquellos años, y los resultados desastrosos alcanzados desde entonces así lo demuestran. Salvo las individualidades que surgen y alcanzan el éxito por sus méritos y esfuerzo personal, lo demás está para llorar.

En el futbol, las cosas no varían mucho; ahí, la voracidad de los que en él participan y la complicidad de comentaristas sin honradez intelectual que contribuyen a difundir una imagen alejada de nuestra realidad deportiva, han logrado éxitos en el embrutecimiento colectivo.

Los países atrasados políticamente como México, desde hace muchos años convirtieron el deporte —y los éxitos alcanzados en ésta o aquella rama por sus nacionales—, en un arma de propaganda. Ayer fueron los países socialistas los que pretendieron convencer al mundo del éxito inevitable del socialismo a punta de medallas olímpicas y triunfos en otros deportes. Hoy, de aquellas luces sólo quedan las sombras de dos dictaduras que siguen con lo mismo: la República Popular China, y en menor medida, Cuba.

Nosotros, desde los triunfos del general Mariles asesinado en una celda en una prisión en París, las medallas de Joaquín Capilla y las de Ana Gabriela Guevara —quien exhibe en el Senado sus limitaciones intelectuales que le impiden incluso leer correctamente— entre otros casos; las glorias de Raúl Macías, de Rubén Olivares y los éxitos del piloto Pérez pasando por uno que otro triunfo de quienes no trascienden la fugacidad de la premiación, hemos intentado llevar popularidad al gobierno en turno aprovechados, burdamente, de los éxitos de aquellas individualidades.

Al final, siempre regresamos a la realidad de nuestros problemas; por encima de la manipulación perversa de los éxitos de éste o de aquel, el despertar es doloroso. Una vez que termina la borrachera deportiva, la cruda dura un buen tiempo; pretender paliarla con la verborrea de los merolicos que inundan los espacios mediáticos, es infructuoso. 

Hoy no será la excepción; disfrute pues los partidos y prepárese para el despertar; cuando lo haga, los problemas estarán esperándolo.

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