Es cierto, lo nuestro es el antepasado; ni siquiera el pasado

Deberían preguntarse de dónde proviene una buena parte de la carne de cerdo.

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Ángel Verdugo 23/05/2014 00:00
Es cierto, lo nuestro es el antepasado; ni siquiera el pasado

Leer algunas de las opiniones que genera comentar acerca de los problemas cuya visión y explicación está profundamente arraigada en nuestra mentalidad, es como entrar al túnel del tiempo para trasladarnos a las épocas cuando definimos aquéllas.

Al menos eso pasa —es mi opinión la cual, no me queda la menor duda, muchos no comparten—, cuando trato dos temas: el campo mexicano y lo relacionado con la expropiación de los activos de las compañías petroleras en 1938 (No la del petróleo; por favor, lean siquiera la Constitución).

En el caso del campo mexicano y el desastre en el que lo hemos convertido como consecuencia del pésimo y absurdo planteamiento original en el artículo 27 constitucional, y la corrupción y demagogia que como política pública central en materia agraria desarrolló y aplicó el presidente Cárdenas, las cosas llegan hoy a niveles de insania.

Hoy, cuando los cambios profundos que han sufrido las actividades agrícolas, forestales, ganaderas y agroindustriales en el mundo están a la vista de todos en un espacio tan educativo como en un supermercado, en sus departamentos de frutas y verduras, en los de carnes frías y quesos así como en la carnicería del mismo, es de locos leer la acusación que me lanzan en el sentido de que quiero recrear los latifundios porfiristas.

Por otra parte, para los que reniegan de los autoservicios y acuden a los “mercados sobre ruedas” o remedos de tianguis que proliferan en el país, y a “los días de plaza” en miles de pequeñas poblaciones del país, deberían preguntarse de dónde proviene una buena parte de la carne de cerdo con la cual se elaboran las “carnitas estilo Michoacán” que devoran o “la pancita” sabatina o dominical para curarse la cruda, para que empiecen a darse cuenta de lo que somos en materia de producción de alimentos.

Por si faltare algo, investiguen la procedencia del maíz de las tortillas con las que acompañan la pancita; también, para seguirle en esto del desastre del campo mexicano, averigüen de dónde importamos los granos y las pastas de oleaginosas utilizadas en la elaboración del alimento de los cerdos que aquí producimos, de las gallinas ponedoras y del pollo de engorda que producen el huevo para plato que consumimos y del pollito con mole con el que festejamos en las grandes ocasiones.

En vez de andar profiriendo tonterías como ésa de que quiero revivir los latifundios porfiristas, deberían informarse acerca de las dimensiones de las explotaciones agrícolas en decenas de países en diversas regiones del mundo.

Ya entrados en gasto en esto de la falta de información de la realidad de nuestro campo, ¿por qué no se preguntan el porqué del absurdo que significa, que una empresa puede poseer una operación porcícola con capacidad para decenas de miles de vientres, granjas avícolas con millones de ponedoras e instalaciones para producir pollo de engorda cuya capacidad es de millones de “pollos al ciclo” y —ahí está lo absurdo del asunto—, esa empresa no puede poseer tierra para producir granos, y sus socios no pueden ser propietarios de más de 100 hectáreas de riego?

Para completar este apretado recorrido en materia del campo, les pido a esos que todo lo ignoran de él y sin embargo opinan, averigüen cuántos países en América Latina tienen en su legislación los límites absurdos que tiene la nuestra en cuanto a la cantidad de tierra que puede poseer un individuo.

Por favor, entiendan, el mundo ya cambió; nosotros, aún no.

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