¿Seguirá esto por siempre? ¿Lo aguantará el país? Lo dudo mucho

Hay países donde está penado interrumpir las labores del Legislativo.

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Ángel Verdugo 06/12/2013 00:00
¿Seguirá esto por siempre? ¿Lo aguantará el país? Lo dudo mucho

Lo que hemos visto en nuestro país los últimos 12 meses —en lo que se refiere a la gobernación—, estoy casi seguro que no se registra en país alguno. Le pido por favor, si dudare de lo que afirmo, revise lo que otros gobiernos han hecho en fechas recientes en materia de protestas de grupos diversos.

Hay algunos donde está penado interrumpir las labores del Poder Legislativo, como es el caso de España. En Madrid, de darse la eventualidad de que los manifestantes —mediante bloqueos o un cerco como el que aquí mantienen grupos de manipulados por quienes han hecho de la protesta un pingüe negocio—, la policía utiliza los recursos con que cuenta para desalojarlos y permitir a los diputados trabajar con normalidad. 

Hagamos ahora un recorrido por algunos países y responda usted en consciencia, cuál sería la actuación del gobernante de darse en cada uno de ellos, lo visto y sufrido en varias ciudades del país los últimos 12 meses. Para hacer fácil la comparación con lo que aquí ocurre, los países que revisaremos son todos ellos, democracias.

¿Concibe usted que en Alemania, Francia, Reino Unido, España, Suiza, Noruega, Dinamarca o Suecia, sus autoridades federales o locales permitirían a grupos de manifestantes —por las razones que fueren—, causar destrozos a bienes públicos y privados e impedir el libre tránsito en la total impunidad?

¿Es posible pensar siquiera, que la policía a nadie detendría? ¿Concibe usted que los detenidos, saldrían en unas horas como si nada hubieran hecho, bajo el amparo de una modificación “a modo” de la ley correspondiente?

Vayamos ahora a nuestro continente. ¿Lo visto y sufrido aquí durante meses, lo verían y sufrirían canadienses, habitantes de Estados Unidos, chilenos, costarricenses, peruanos o brasileños?

En menos que cantare un gallo, sin que alguien cuestionare la actuación de la autoridad o los acusare de represores, el orden sería restablecido y la policía pondría ante la autoridad judicial a los delincuentes detenidos.

¿Por qué entonces, aquí sí los manifestantes pueden hacer lo que se les antoje? ¿Por qué razón, los protestantes pueden destrozar —con la peor y más ofensiva impunidad de su lado—, bienes públicos y privados?

¿Acaso somos, en verdad, el único país democrático del planeta? ¿En verdad nos hemos creído eso de que como tenemos un gobierno fuerte —tanto en el orden federal como en el Distrito Federal y las 31 entidades federativas—, éste actúa con la tolerancia que le hemos visto la cual, si fuéremos objetivos, deberíamos aceptar que raya en la complicidad?

La vida hoy, aun cuando lo que digo enseguida lo juzgue usted una obviedad, no es posible llevarla de manera civilizada con los criterios y visión de hace cien años. La complejidad urbana y las exigencias de una convivencia civilizada en las actuales condiciones, exige una forma diferente de manejar las protestas.

Esto, no sólo para darles a aquéllas el respeto que la ley otorga a toda forma de disidencia y manifestación de las mismas sino también, para que el resto de la población no vea conculcados sus legítimos derechos que esa misma ley le otorga.

Ante el nivel de descrédito al que grupos minúsculos han llevado a la autoridad —sin que ésta haya hecho respetar la ley como es su obligación—, es obligado preguntarnos y preguntar a los gobernantes que han abdicado de su obligación de restablecer el orden y la legalidad perdida: ¿Seguirán así por siempre? ¿Lo aguantará el país?

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